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atrás - OS CUENTO - 01/09/09


 

No es fácil hablar de ti ahora que te has ido para siempre. Han pasado tantas cosas, querida mía. Envejecí, volví a mi país. ¿Sabes? Me casé y tengo hijas, niñas como tú. Sonrisas parecidas, el mismo brillo en los ojos de quien es joven y nunca hizo el mal. No sé si nos ves desde donde estás. Si es así, disculpa mi indiscreción por decir quién eras y pintar tu retrato, a trazos gruesos claro, porque el artista es callejero.

Me acuerdo muy bien del día en que nos conocimos. Concluida la adolescencia, como un puzzle recién completado: un cuadro de piezas perfectas, encajadas las unas en las otras. Eso eras tú. Mirada sin sombras, sonrisa sin ironía. No venías sola, claro. Igual que una princesa, traías tu corte, tu familia, adorada por los adultos que veían en ti la viva imagen de la gracia. Lo eras.

Entretanto me vi obligado a mantener conversaciones serias. A hablar de cánceres de cerebro, de sus hábitos y manías. Escribí a la universidad para garantizarte la ayuda médica. Para convencer a profesores de que tu corazón valía por veinte. Que disculpasen los fallos y las faltas, que aquella niñita estaba enferma.

Te portaste bien en la primera etapa. El tumor se retiró, puede que avergonzado de tu juventud y tu belleza. Pero quedó a la espera, el muy bandido. Y tú te distrajiste, hija mía. No nos podemos distraer. Y surgió de nuevo el muy canalla, haciendo jugarretas, sacando un palmo de narices. Y avanzó un poco más. Se instaló en ti como en su casa. Invadió. Juro que no le di permiso. Le grité: ‘¡Fuera! ¡Fuera!’ Lo espanté con todas mis fuerzas. Pero el malvado se rió de mí, me hizo cortes de manga y me enseñó los dientes.

Hay cosas que no se hacen a quien tiene 20 años. Sin embargo, flor, las reglas decían que tenías la edad, que podías escoger, que sabías decidir. Me gustabas tanto. Y te ofrecí dos venenos. Quiero decir dos tratamientos. Juré que con las medicinas vivirías dos años más y que después les dirías adiós a las playas, a tus perros, a los enamorados. Un tratamiento arriesgado con continuos venenos y bebedizos: cal en las venas, ácidos en la sangre, pinchazos de un huso de madrastra, manzanos con gusano… porque las dañinas hierbas que crecían en ti tenían la fuerza del infierno. Te entregaba a las brujas, a madrastras verdugos y, si salías incólume, como la princesa en los cuentos de hadas, aparecerías vestida de novia, bailando valses con quien quisieras. La alternativa dudosa era el trasplante. Y nadie sabíamos lo que pasaría.

Te fuiste a pensar y buscaste consejo entre tus amigos. Fuiste a bailar con los delfines, que se transformaron (como en la Cenicienta) en coches y caballos, suaves y dóciles porque las calles de agua no producen traqueteos. Dijiste que sí, que eras niña y que de tu lado estarían hadas y duendes, caballeros andantes de reluciente armadura. Fe, amor, y esperanza. Que no habría maleficios capaces de traspasar esos muros, y menos tu alegría.

Incliné la cabeza y obedecí. En tus venas inyecté potasa y zumo de ortigas. Quimioterapia. Ácidos y musgo. Saliva de cobra, baba de rabia. Y esperé tu regreso. No te va a gustar que cuente esto. Pero la verdad es que ya no estabas guapa. Te hinchaste, te deformaste. Ampollas reventaban, caían mechones. Tu piel, tan clara, se llenó de manchas, pústulas, y costras. De vez en cuando me mirabas y sonreías. Me quedé en esta orilla haciéndote gestos para que volvieras. Pero no volviste. Te habían quemado las amarras, querida mía, y la corriente era fuerte. Te fuiste para siempre, a la deriva.

Si todo esto ya lo sabes, te pido disculpas por aburrirte. Fui a tu entierro pero de nuevo llegué tarde, la procesión ya había salido. Tus apenados padres abandonaron el cortejo para abrazarme. Tus queridos padres. Y sin rencor –imagínate–, sin una palabra o un gesto que me acusase de inútil. No sé cómo, pero lo sabían (tú se lo habrías dicho) que este desgraciado –un hombre destruido, peón de la nada– había hecho lo mejor que sabía. O quizá adivinaron que, de poder volver atrás, de poder regresar, me habrías dado un beso antes de partir para que yo se lo dijera a ellos. Pero no había habido beso.

Fue bonita la ceremonia. Estabas dentro de una caja azul más pequeña de lo normal. Te habías encogido. Azul, supongo, porque ese era el color de tus ojos y el color del mar. Tu padre, imagínate, había pintado durante la noche en tu féretro los delfines que tanto te gustaban. Saltaban felices. A tu lado rompían las olas y sonreían, solo para ti, con la sonrisa enigmática de la Gioconda. Me di cuenta entonces de que estabas otra vez  guapa, de que el mar y el cielo son una misma cosa, y de que eras feliz.

Lloré tanto, Jennifer, tanto. Mira si lloré que tus padres sintieron pena de mí. ¡De verdad! Me cogieron del brazo, me besaron la cara, me consolaron. Y yo, querida mía, perdido. Perdido de dolor y de remordimiento. Y de añoranza. No sé si sabes lo que es un pozo. Un pozo es el infierno. Donde yo estaba. La oscuridad y la ausencia de aire. Necesito el sol para gozar de la vida. Tus padres, apenados, me sostenían en pie y recogían trocitos de mí, esparcidos sobre las piedras de la iglesia.

Querida mía, si sabes todo esto y te estoy aburriendo, perdóname.

(Nuno Lobo Antunes, Lo Siento Mucho, Aguilar, Madrid 2009, p. 45)