Veo por vuestras reacciones a páginas anteriores que el complejo de culpa, que ya no tienen los jóvenes, sí tuvo importancia para generaciones anteriores. Yo he citado experiencias de varias personas sacadas de autobiografías que he leído, y alguien me ha enviado una más que reproduzco aquí:
“Los domingos de los años cuarenta eran unos domingos muy largos, muy tristes, con lluvia y cine malo. El domingo por la mañana nos quedábamos en la cama un ratito más, sin ir al colegio, o nos hacían madrugar para ir a la iglesia a confesar y comulgar. También podía suceder que hubiésemos confesado el día anterior, en la tarde del sábado, y entonces nos despertábamos, el domingo por la mañana, sobresaltados, temiendo haber pecado durante la noche, en sueños, o haber bebido agua, o haber dado una mala contestación.
Habían pasado muchas horas desde la confesión y no era seguro que la gracia de la absolución permaneciese todavía impoluta en nosotros. A lo mejor íbamos a comulgar en pecado, con lo cual ese pecadillo, seguramente pequeño, se iba a convertir en grave, en pecado mortal, porque la culpa tiene una dialéctica muy particular y siempre progresiva. La culpa es siempre mayor que el culpable, puede más que él, le envuelve, y el niño que no ha querido comerse la sopa puede acabar sintiéndose un endriago de los infiernos, porque su inapetencia ha hecho llorar a la abuelita.
Si uno pensaba mucho en su pecado –cualquier pecado, una distracción o una patada–, la culpa se iba haciendo muy grande solo por pensar en ella. Si uno lo dejaba estar, un día nos lo recordaba alguien –el padre, la madre, el confesor, el maestro– y ocurría que la culpa olvidada había crecido en nuestro pecho débil como una planta monstruosa y letal. De modo que el domingo, que era el día del Señor, era también, por eso mismo, un día muy delicado en el que uno acababa sintiéndose en pecado mortal por una u otra razón.”
(Francisco Umbral, Memorias de un chico de derechas, p. 28
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