Un campeón de golf da consejos para la vida desde su juego. (Severiano Ballesteros, Las Claves del Golf para la Vida, La Esfera de los Libros, Madrid 2006).
35. Supongamos que estás en el hoyo 5 de un campo de golf en el que se juega un torneo importante. ¿En qué piensas?: ¿en cómo lucirá la mención de este torneo en tu palmarés?, ¿en qué récord puedes batir si logras jugar varios torneos más en esta misma temporada? No, en nada de eso. Piensas en el próximo golpe. Antes de entrar a jugar has planeado ganar y hasta puedes imaginarte recibiendo el trofeo y asistiendo a la gala que sigue a la última jornada del juego. Pero en el momento en que estás a punto de ensayar tu swing, no piensas en otra cosa más que en el próximo golpe, que debe ser adecuado a la estrategia que te has planteado para ese hoyo en particular. El próximo golpe es un eslabón de una cadena que alcanza su perfección cuantos menos eslabones tiene. Pero entonces debes jugar, no puedes pensar en otra cosa más que en ese golpe. Tu agenda se vuelve muy restringida en ese momento, muy pequeña. Con este ejemplo quiero decir que la única manera de cosechar triunfos internacionales y lograr una trayectoria destacada consiste en pensar intensamente (pero económicamente) en el paso siguiente. Nada más. Solo se llega a la cima poco a poco a poco, golpe a golpe.
38. Lo que significa el éxito en el deporte no se diferencia en nada de lo que es el éxito en cualquier actividad de la vida: un sereno placer. El día que descubrimos que jugamos con sereno placer sin prisas, que el resultado de lo que hacemos parece una continuidad misma de lo que pensamos, entonces habremos tenido éxito. El mejor jugador del mundo es el que juega más tranquilo y experimenta mayor alegría al hacerlo.
59. ESTAR PRESENTE [Título de capítulo]
61. St Andrews en Escocia es el campo de golf más antiguo y prestigioso del mundo, donde un campeón de golf se convierte en un maestro reconocible en la historia. En 1984 me tocó jugar allí, en The Home of Golf, como es llamado St Andrews con absoluta justicia. No fue un torneo sencillo. Mi última y única oportunidad fue el hoyo 18 si conseguía un birdie [uno bajo par del hoyo]. Cientos de millones de personas estaban viendo la televisión con atención; los presentes, alrededor de 50.000 aficionados. No podía engañarme: todo dependía de mí en aquel instante.
Ahí estaba yo, con la bola a cuatro metros del hoyo. Me agaché, verifiqué la dirección, comprobé las irregularidades del green en ese lugar, y estuve tentado de acordarme de mi infancia, de cómo aprendí a jugar, de los torneos como caddy, mi debut como profesional, mi carrera. Pero ninguno de esos recuerdos iba a contestarme nada en ese momento, no me servirían. Tampoco podía ponerme a imaginar qué significaría para mí ganar el segundo British Open; ya había pensado en eso antes de entrar al campo, pero en ese momento no era un pensamiento para nada motivador, sino todo lo contrario, una presión que agarrotaría mis miembros.
Decidí abrir mis sentidos. Escuché el rumor del viento en el lugar, incluso pude reconocer los sonidos del mar cercano. Pude oler la amada fragancia del césped cortado con cuidado de artesano, mezclado con el olor salobre de la costa, muy parecido al de mi niñez. Encontraba un parentesco sensorial entre ese campo y el Real Golf de Vedreña donde nací. Me froté las manos, para incrementar la sensibilidad de mis dedos: aquel sería el golpe más difícil de mi vida, sobre todo por las consecuencias. Pero no, debía evitar el recuerdo y la proyección de un futuro que me traía mucha curiosidad. La única manera de acertar el putt era concentrarme en la bola, su recurrido ideal, el ruido redondo y glorioso que hace cuando cae en el hoyo.
Pues bien, lo que siguió apenas lo recuerdo. Me puse de pie, acomodé las piernas de acuerdo a lo que el instinto y la experiencia me pidieron, y tras un vaivén de práctica pequé a la bola… que fue obediente, como sobre un carril, hacia el hoyo. Ya podía celebrarlo: había ganado el British Open de St Andrews en el último hoyo.
No existe para mí una manera de jugar al golf que no sea “la mejor manera de jugar el golf” que permitan mi estado y mi práctica en ese momento. A lo que vayas, hazlo a fondo.
79. Cada hombre –pensador, deportista, artista o simple trabajador–, tiene el derecho y el deber de alcanzar su excelencia.
87. “Cuanto más practico, más suerte tengo.” Gary Player.
138. Uno de esos amigos que el deporte me ha acercado es el gran jugador argentino Roberto De Vicenio. El buen Roberto, además de su componente virtuoso para el golf, es una persona de gran bondad. Una anécdota reveladora de su personalidad:
Después de ganar un torneo, se dirigía hacia el aparcamiento con el cheque del que se había hecho acreedor. De improviso, una mujer con aire de desesperación se acercó a su coche y le dijo que su único hijo se estaba muriendo de una enfermedad terrible. Al pequeño solo podía salvarlo una costosa operación que ella no estaba en condiciones de afrontar. No tuvo que esforzarse demasiado, porque Roberto le endosó al instante el cheque que acababa de ganar y se lo dio.
Un amigo que se enteró del incidente le informó: “Lamento decirte que esa señora es un fraude. La hemos visto varias veces por esa zona, y se ha aprovechado de varias personas que, como tú, la creyeron.”
“¿Entonces el niño no se está muriendo?”
“Por supuesto que no.”
Y De Vicenzio pensó en voz alta, visiblemente aliviado: “Pues es la mejor noticia que he oído hoy.”