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atrás - OS CUENTO - 01/08/07

Descubrir belleza es alegría en la vida. Mientras sigamos descubriendo belleza seguiremos viviendo. Acabo de descubrir una fuga de Mozart. Y me ha regocijado el alma. Siempre habíamos dicho que las fugas había que dejárselas a Bach. A él le salían de los dedos con solo sentarse al teclado. La maestría de “El Clave Bien Temperado” que estudié al piano de joven me marcó estéticamente de por vida con la avalancha de sus preludios, la variedad de sus fugas, la inocencia de sus temas, la expectativa de su eco, la sorpresa de su reaparición, las divagaciones de sus correrías, la sonoridad de su armonía, la plenitud de su final. Nadie podía imitar aquello. En clase de música se nos decía oficialmente que Beethoven, con toda su genialidad, nunca consiguió escribir una fuga notable. Lo intentó virilmente en su sonata para piano Hammer-Klavier, pero en la partitura la llama “Fuga a tre voci con alcune licenze”, con lo cual él mismo confiesa no estar muy seguro de lo que ha escrito. Solo a tres voces y con licencias. La fuga no es su taza de té. Y para Mozart menos aún. Su carácter juguetón y melódico no parece encajar con la seriedad, la rigidez, el formalismo, el formulismo, el escolasticismo de la fuga clásica. Hay que dejársela a Juan Sebastián. (Uno de los recuerdos más bellos de mi vida es haber tocado en mi juventud el preludio y fuga para órgano en La Menor de Juan Sebastián Bach en un órgano Cavaillé-Coll –que son al órgano lo que el Stradivarius es al violín– en el Santuario de Nuestra Señora de la Antigua de Orduña. De allí al cielo.)

Y aquí viene la sorpresa. Oyendo distraídamente un CD de piezas poco conocidas de Mozart mientras trabajaba en el ordenador se me aguzan de repente las orejas, se me ponen de punta, se me paraliza el pensamiento, se cierra todo otro objeto de atención y me surge en la mente la llamada imperativa: ¡Pero si eso es una fuga! ¡Una fuga de Mozart! Y una fuga bellísima. Típica, canónica, escultórica, magnífica, con su tema inicial tentador, su desarrollo de niño bien educado, su jugar al escondite del motivo entre las voces, sus risas, sus escapadas, sus travesuras, sus aventuras, su vuelta al principio cuando llega al final, su sentido de satisfacción cuando se ha dicho todo lo que se tenía que decir y se ha acabado sencillamente cuando se tenía que acabar. Profundidad de Bach en pentagrama de Mozart. Increíblemente bello.

Miro referencias para adentrarme en el misterio. Se trata, incomprensiblemente, de una obra extrañamente escrita por Mozart “para órgano mecánico”, es decir, para un reloj de juguete que repetía mecánicamente la música al dar la hora sin intervención del organista. Todo un encargo para un genio. Mozart andaba mal de dinero, como con frecuencia en su vida, y para ganar algún dinero se prestaba a composiciones como esta “Fantasía en Fa Menor” que lleva el número de catálogo K. 608. Se conserva una carta de Mozart a su esposa Constanze desde Frankfurt el 3 octubre 1790, en la que se sincera acerca de esta pieza inusual: “Me he decidido a escribir inmediatamente el Adagio para el relojero para poder poner unos pocos ducados en la mano de mi querida mujercita. Pero es una obra tan odiosa que me hace sentirme triste y no puedo concluirla. Arremeto con ella todos los días, pero tengo que dejarla porque me aburre. Y desde luego la dejaría si no tuviese esa importante razón para seguir con ella. Espero obligarme a acabarla, aunque sea poco a poco.” Obra maestra a regañadientes. Si así escribía Mozart cuando no sentía inspiración se explica lo que fue cuando la sentía. 

Y una curiosidad histórica. A Beethoven le gustaba tanto esta pieza de Mozart que se la copió de su propia mano. ¡Vaya con el órgano mecánico!

El encuentro con Mozart me ha recordado un cuento que yo mismo escribí hace tiempo, y es como sigue. Siempre nos queda algo por descubrir.

Las estrellas celebraban su asamblea solemne, y cada una sacaba a relucir (como saben hacer relucir las estrellas) sus propios méritos en la creación y en la vida del hombre y la mujer sobre la tierra, rey y reina de la creación. La estrella polar demostró como ayudaba a los hombres a fijar el norte de sus caminos y de sus mapas; el sol (que al fin y al cabo es una estrella) describió el calor, la luz, la vida que hacía llegar a todos los hombres y mujeres de la tierra; una estrella poco conocida reveló que ella fue la que confirmó la teoría de Einstein cuando pasó oportunamente tras el sol durante un eclipse ya que se pudo comprobar que la trayectoria de la luz se curvaba por la atracción de la gravedad del sol que fue la prueba convincente, y con ello hizo un gran servicio a la ciencia; y otras mencionaron los astrónomos y científicos que habían hecho famosos y los descubrimientos a que habían dado lugar, y revelaron los nombres que a ellas les habían puesto en los manuales de astronomía de la tierra: Sirio, Aldebarán, Betelgeuse, Alfa Centauri. Cada cual tenía su nombre, y cada una tenía algo que contar, rivalizando entre sí en fama y esplendor.

Solo una pequeña estrella, remota y escondida, permanecía callada en la asamblea celestial. No se le ocurría nada que decir. Cuando le llegó el turno y hubo de hablar, confesó que ella nada había hecho por el cosmos o por el género humano, y que los hombres y  mujeres de la tierra ni siquiera la conocían, pues aún no la habían descubierto. Las demás estrellas se rieron de ella y la tacharon de inútil, perezosa e indigna de ocupar un sitio en el firmamento. Las estrellas están para alegrar el cielo, y ¿de qué sirve una estrella que no solo no se ve sino que ni siquiera se sabe que existe?

La pequeña estrella escuchaba todos los reproches que le dirigían sus hermanas, y algo se le ocurrió mientras hablaban, y lo dijo al final: “¿Quién sabe?”, dijo parpadeando suavemente como saben parpadear las estrellas, “a lo mejor yo también estoy contribuyendo, a mi manera, al progreso y bienestar de hombres y mujeres en la lejana tierra. Es verdad que no me conocen, pero ellos no son tontos, y sus cálculos les dicen que para explicar el curso de otras estrellas y cuerpos celestes que conocen, tiene que haber todavía alguna otra estrella que con su atracción gravitatoria explique las desviaciones en los caminos de las demás. Por eso continúan estudiando y observando y buscando, y con ello avanza su ciencia y continúa despierto su interés.”

Las otras estrellas se habían callado mientras hablaba, y ella tomó ánimos con su silencio y añadió algo al final que hizo pensar a todas: “No es que yo quiera anteponerme a nadie, y tenéis mucho mérito todas con lo que habéis hecho por los hombres y mujeres de la tierra; pero creo que yo también les estoy prestando un servicio importante: que sepan que aún les quedan estrellas por descubrir.”

Mucho debo a todas las estrellas que han aparecido en mi firmamento a través de los años de mi vida. Pero quizá a la que más deba es a esa pequeña estrella, remota y traviesa, alegre y humilde, anónima y querida, que sigue jugando al escondite con la lente de mi telescopio. Y sigo buscando.

(Salió el Sembrador, p. 13)

[Lucy Edge es una espabilada muchacha británica que, después de pasarse diez años trabajando en una empresa de publicidad en Inglaterra, decidió irse por su cuenta a la India en la búsqueda de un guru, una experiencia, una doctrina, una asociación, una comunidad, una escritura, una tradición que la llevara a encontrar el sentido de la vida, su propia identidad, la perfección del cuerpo, la liberación del espíritu, la iluminación de la mente, y la última felicidad cósmica. Recorrió norte y sur, este y oeste del subcontinente en tren y autobús, acudió a maestros, se inscribió en cursos, estudió Yoga, meditó, contempló, se estiró, se encogió, se retorció, abrió chakras, despertó kundalinis, demostró ásanas, practicó pranayam, inspiró, espiró, cerró los ojos, los abrió, se sentó en loto, se puso cabeza abajo, se tumbó, juntó las manos, saludó al sol, se vistió de naranja, …… y después de todo sacó la consecuencia que voy a contar aquí al final, no sin antes recoger algunas instantáneas de sus experiencias tan simpáticas como divertidas.]

“Había una variedad desbordante de ofertas de yoga. ¿Cuál tomar? Era muy confuso. ¿El camino real y científico del Raja Yoga con el professor Desikachar en Chennai? ¿El camino del auto-conocimiento o Gnana Yoga en Tiruvanammalai? ¿El Bhakti Yoga, camino de amor y devoción con la Madre de los Abrazos en los manglares de Kerala? ¿El Yoga Integral de Sri Aurobindo en Auroville? ¿El Tantra que diviniza al cuerpo como el templo sagrado del placer con Osho en Pune? ¿La precisión del Iyengar Yoga, también en Pune? ¿El Ashtanga Yoga en Mysore o el Sivananda Yoga en Kérala? Esos sitios dibujaban el mapa entero de la India. ¿A dónde debería ir yo, norte, sur, este, oeste? (Yoga School Dropout, p. 22)

[Ella se dedica a probarlos todos, comenzando por Mysore:]

Ahí, delante de mí, estaban veinte o más de la gente guapa por todas partes, arropados sobre almohadones, arropados sobre colchones en el suelo, y arropados unos sobre otros. Un camarero atosigado, que era el único que tenía signos de movimiento, se abalanzaba a un  lado y a otro a través de las puertas de la cocina de donde se escapaba periódicamente el olor a ajo y a cilantro.

Con una sonrisa desvaída observe la escena mientras apretaba mi recién comprado ejemplar de “Las Sutras de Patánjali” contra el pecho. Me sentí súbitamente sobrecogida. Me había imaginado este momento hacía mucho tiempo, mi primer encuentro con estudiantes de yoga en Mysore; pero… ¿dónde me sentaba ahora? Todos parecían tan entrelazados. No conseguí elaborar un camino rápido para añadirme a aquella masa de spaghetti humano, y vagué un poco por el borde, junto a un grupo de separados, sentados contra la pared ante una mesa larga con restos de tortas de pan y té de menta.
‘¿Quieres sentarte aquí?’ me preguntó una chica con piel bronceada y largo pelo rubio.
‘Gracias, me encantaría’, respondí agradecida.
Intenté copiar su postura de loto –tobillos encaramados sin esfuerzo sobre los muslos– pero mis caderas y mis rodillas me fallaban en el momento crucial de los 45 grados. Tuve que abandonar el intento y sentarme sencillamente con las piernas cruzadas y los pies y los tobillos fijos en el suelo. Les eché mi chal por encima para disimular la vergonzosa postura.  
‘Yo soy Lisa, de Suecia’, dijo una rubia con un perfecto acento inglés y una cálida sonrisa.
‘Yo soy Lucy. He llegado hoy mismo. De Londres.’
‘Namasté, Lucy. Bienvenida a Mysore.’ Lisa levantó las manos en postura de oración e inclinó la cabeza.
Yo estaba ansiosa por establecer contacto con esos espíritus hermanos, y pregunté:
‘Me encanta tu chal; ¿dónde lo compraste?’
‘Oh, muchas gracias, Lucy. ¿Sabes? Antes de venir aquí estuve en Dharamshala, ya sabes donde está, y un hombre santo allí me leyó el aura y vio su color y me dijo que este chal hacía juego perfecto con ella. Las vibraciones violeta me abren la chakra de la coronilla y protegen mi cuerpo energético. ¿Y qué te ha traído a ti a la India, Lucy?
‘Creo que fue un Boeing siete-cuatro-siete. Fue un viaje largo –a Bombay y luego a Bangalore y finalmente aquí. ¿Y qué me dices tú, Shanti?’
‘Yo estoy aquí para estudiar Ashtanga Yoga con el guru. Mi mamá estuvo aquí cuando estaba embarazada de mí, aunque no lo sabía, haciendo todos esos ejercicios cabeza abajo y pies arriba sobre una mano y luego la otra, el del pavo real, cuerpo horizontal sobre una mano en el suelo. Bastante peligroso, si te lo piensas, y podía haberme perdido, pero el resultado fue que yo me enamoré del Yoga desde esas posturas de mi madre conmigo dentro. Llevo el Yoga en la sangre.

Shanti sonrió, y con la compostura de una bailarina desplegó sus piernas despacio hasta los 180 grados manteniendo su espalda perfectamente tiesa. Dobló los tobillos y los dedos del pie y aterrizó lentamente sobre el suelo con un toque alegre de las campanillas de plata en el rico ornamento de sus pies. (p. 2)

Yo apenas podía esperar. En menos de un mes tendría yo un cuerpo de spaghetti con todos los poderes inherentes a tal condición. Claro que no resultó precisamente así. El único sitio en el que conseguí la sincronicidad fue en la piscina. En la línea de tomar el sol junto al agua sí conseguí alinear mi toalla paralela a todas las demás sin esfuerzo.

Pero de vuelta a la esterilla del yoga, mis problemas se multiplicaban. Por mucho que lo intentase, no lograba crear suficiente fuego agni para levantar la serpiente kundalini de la energía desde la base de mi columna vertebral, todas y cada una de mis chakras permanecían decididamente cerradas por defunción, y yo no podía contar más de tres respiraciones sin ponerme a pensar qué teníamos para cenar. En mis ejercicios de Ha-Tha Yoga no conseguí enlazar y eventualmente unificar el ha del sol con el tha de la luna con la energía del canal sushnuma en mi espina dorsal para lograr la iluminación instantánea. Me recordaron que en el Bhagavad Guita el Señor dice que solo pueden practicar el Yoga en esta vida los que ya lo han practicado en alguna vida anterior; pero si así era, mi cuerpo se había olvidado. Además, ¿cómo es que es necesario haber practicado en una vida anterior, si esto siempre supone haber practicado en otra vida anterior? ¿Dónde empieza un honrado principiante? (p. 15)

[Ahora viene, entre todas sus escuelas y maestros, la mejor experiencia de todo su viaje por el Yoga, que además coincide con mi aprecio for Sri Raman Maharsi de Tiruvanammalai como un verdadero santo aunque nunca salió de su pueblo en el sur de la India en su búsqueda consagrada por la única y definitiva pregunta, ¿Quién soy yo?]

Así fue como, en la presencia de un Santo que llevaba ya más de sesenta años muerto, me senté y me pregunté a mí misma, ¿Quién soy yo?  Decidí que yo no era ese escozor en mi garganta que notaba en cuanto me decían que me callase. Ni era yo esa primera cana que me había visto en el espejo esa mañana. Ni la edad que tengo ahora, porque en un segundo tendré más, y hace un segundo tenía menos. Yo no era mi cuerpo porque, según los médicos, se ha renovado por completo en los últimos siete años, y si todo va bien se renovará también en los próximos siete. Entonces, si yo no era ninguna de estas cosas, ¿quién era yo? ¿Quizá mis pensamientos? ¿Mis esperanzas? Pero mis esperanzas también cambiaban constantemente. ¿Quizá era yo mis miedos?

No. Mis miedos también cambiaban. Caí en la cuenta que si mis esperanzas y mis miedos y mi cuerpo estaban cambiando constantemente, también cambiaba todo el mundo a mi alrededor. Nada era lo mismo ni por un minuto, excepto –y esta era la esencia de las enseñanzas de Ramana Maharshi, y de hecho de todo el Yoga– nada era lo mismo excepto el Ser Eterno que permanece eternamente igual. En ese momento comencé a caer, o a volar, dejando todo detrás, dejando mi propio ser detrás, quedando como pura existencia, conciencia, y, sí, felicidad. Tenía gracia que no estaba yo sentada en la cima de una montaña como siempre me había imaginado que estaría cuando llegase a este estado. Un poco raro, divertido, quizá también loco.

Al volver a la superficie volvieron también las dudas. ¿Era eso de verdad el Gnana Yoga? Yo había estado consciente de mi respiración y eso se suponía que no debía pasar. Me había sentido fuera del tiempo, pero cuando miré al reloj solo habían pasado unos minutos. Bueno, ¿qué importaba? Se llame como se llame, y haya durado lo que haya durado, yo había sentido algo muy profundo en un sitio en el que no me habían cobrado ni una rupia y por la memoria de un hombre que había muerto hacía mucho tiempo. (p. 265)

[Después de recorrer todos los principales centros de yoga con experiencias siempre divertidas y siempre sinceras, llega a su conclusión final:]

Era hora de acabar. La búsqueda había acabado. La revolución interior que yo buscaba no iba a venir por matricularme en otra escuela de yoga, ni por comprar más camisetas con las letras OM, o libros de yoga, o certificados con orla dorada. Lo que tenía que hacer era cambiar mi perspectiva. Quizá si yo podía aceptarme tal y como soy y dejar de tratar de ser extraordinaria, dejar de ser una Diosa del Yoga, haría algún progreso. Me llamó la atención que la mayor parte de la gente que me inspiró en la India eran gente ‘ordinaria’, camareros, empleados del tren, funcionarios del gobierno, sastres, masajistas, maestros.

De hecho, parecería que cuanto la gente se acerca más a la Experiencia del Ser, más ordinaria parece. Pensando en esta gente ordinaria encontré que la razón que a todos ellos los hacía fuente de inspiración era que su práctica del yoga se extendía más allá de los límites de su esterilla. Veían al Yoga como una manera de ser, un estado de la mente, una actitud ante la vida, y tomaban al mundo entero por su escuela. El Yoga era para todos ellos ‘una manera armoniosa de vivir’, no un logro físico aislado – sabían que todo lo que tenían que hacer era mirar hacia dentro. La Iluminación no era un trofeo para levantarlo en un momento de triunfo, más bien se trataba de aumentar los momentos de ver con claridad y escoger con sabiduría en la vida diaria. Ninguno de ellos quería tener un cuerpo Yoga de esos que aparecen en los calendarios. Ninguno de ellos parecía interesado en equilibrarse sobre una mano con pies en alto al borde de una roca sobre el abismo. Para ellos Yoga no era un gran tema de conversación, a no ser que un occidental preguntase sobre ello. Era algo ordinario –respirar, meditar, y quizá alguna sencilla inclinación al sol. Se practicaba sin ceremonia, no en una clase numerosa bajo la instrucción de un maestro internacionalmente conocido, sino en casa –tranquilamente, sin armar jaleo. Lo que en realidad distinguía a esta gente ‘ordinaria’ era su capacidad para celebrar lo ordinario, encontrar placer en la vida diaria, admirarse por cosas pequeñas. Su felicidad estaba aquí y ahora, en este lugar, sea el que fuere este lugar.

Si el ser ‘ordinario’ daba esta felicidad, esta satisfacción, yo me apuntaba. Ya era hora de descartar los grandes fines que no me estaban llevando a ninguna parte, y comenzar con cosas pequeñas. De aquí en adelante dejaría de tratar de salir en titulares –la inmersión en la felicidad cósmica, la búsqueda del cuerpo perfecto, el reclutamiento de una banda de seguidores– y decididamente dejaría de tratar de hacer el pino que dolía mucho. En vez de eso, me concentraría en la letra menuda –tratando simplemente de aumentar los momentos de ver claro y escoger sabiamente en la vida diaria, como lo hacían mis gurus ‘ordinarios’.

En todos sentidos y a todo propósito yo había fracasado en mi búsqueda –pero no me sentía fracasada. De hecho estaba feliz y optimista. El fracaso me había liberado. Había renunciado a la perfección, y no me sentía obligada a obedecer las órdenes de mi ego. Cancelé las restantes escuelas de mi lista –ya tenía todo lo que quería, y no necesitaba ir más de tiendas– y me dispuse a volver a Londres. Por fin había entrado en contacto con mi guru interior. El que te dice que estés contento con lo que eres. El que te dice que la felicidad está siempre a nuestra disposición si sabemos mirar dentro de nosotros mismos. El que dice que hay perfección en la imperfección. El que se queda contigo siempre.” (p. 309)