[Lucy Edge es una espabilada muchacha británica que, después de pasarse diez años trabajando en una empresa de publicidad en Inglaterra, decidió irse por su cuenta a la India en la búsqueda de un guru, una experiencia, una doctrina, una asociación, una comunidad, una escritura, una tradición que la llevara a encontrar el sentido de la vida, su propia identidad, la perfección del cuerpo, la liberación del espíritu, la iluminación de la mente, y la última felicidad cósmica. Recorrió norte y sur, este y oeste del subcontinente en tren y autobús, acudió a maestros, se inscribió en cursos, estudió Yoga, meditó, contempló, se estiró, se encogió, se retorció, abrió chakras, despertó kundalinis, demostró ásanas, practicó pranayam, inspiró, espiró, cerró los ojos, los abrió, se sentó en loto, se puso cabeza abajo, se tumbó, juntó las manos, saludó al sol, se vistió de naranja, …… y después de todo sacó la consecuencia que voy a contar aquí al final, no sin antes recoger algunas instantáneas de sus experiencias tan simpáticas como divertidas.]
“Había una variedad desbordante de ofertas de yoga. ¿Cuál tomar? Era muy confuso. ¿El camino real y científico del Raja Yoga con el professor Desikachar en Chennai? ¿El camino del auto-conocimiento o Gnana Yoga en Tiruvanammalai? ¿El Bhakti Yoga, camino de amor y devoción con la Madre de los Abrazos en los manglares de Kerala? ¿El Yoga Integral de Sri Aurobindo en Auroville? ¿El Tantra que diviniza al cuerpo como el templo sagrado del placer con Osho en Pune? ¿La precisión del Iyengar Yoga, también en Pune? ¿El Ashtanga Yoga en Mysore o el Sivananda Yoga en Kérala? Esos sitios dibujaban el mapa entero de la India. ¿A dónde debería ir yo, norte, sur, este, oeste? (Yoga School Dropout, p. 22)
[Ella se dedica a probarlos todos, comenzando por Mysore:]
Ahí, delante de mí, estaban veinte o más de la gente guapa por todas partes, arropados sobre almohadones, arropados sobre colchones en el suelo, y arropados unos sobre otros. Un camarero atosigado, que era el único que tenía signos de movimiento, se abalanzaba a un lado y a otro a través de las puertas de la cocina de donde se escapaba periódicamente el olor a ajo y a cilantro.
Con una sonrisa desvaída observe la escena mientras apretaba mi recién comprado ejemplar de “Las Sutras de Patánjali” contra el pecho. Me sentí súbitamente sobrecogida. Me había imaginado este momento hacía mucho tiempo, mi primer encuentro con estudiantes de yoga en Mysore; pero… ¿dónde me sentaba ahora? Todos parecían tan entrelazados. No conseguí elaborar un camino rápido para añadirme a aquella masa de spaghetti humano, y vagué un poco por el borde, junto a un grupo de separados, sentados contra la pared ante una mesa larga con restos de tortas de pan y té de menta.
‘¿Quieres sentarte aquí?’ me preguntó una chica con piel bronceada y largo pelo rubio.
‘Gracias, me encantaría’, respondí agradecida.
Intenté copiar su postura de loto –tobillos encaramados sin esfuerzo sobre los muslos– pero mis caderas y mis rodillas me fallaban en el momento crucial de los 45 grados. Tuve que abandonar el intento y sentarme sencillamente con las piernas cruzadas y los pies y los tobillos fijos en el suelo. Les eché mi chal por encima para disimular la vergonzosa postura.
‘Yo soy Lisa, de Suecia’, dijo una rubia con un perfecto acento inglés y una cálida sonrisa.
‘Yo soy Lucy. He llegado hoy mismo. De Londres.’
‘Namasté, Lucy. Bienvenida a Mysore.’ Lisa levantó las manos en postura de oración e inclinó la cabeza.
Yo estaba ansiosa por establecer contacto con esos espíritus hermanos, y pregunté:
‘Me encanta tu chal; ¿dónde lo compraste?’
‘Oh, muchas gracias, Lucy. ¿Sabes? Antes de venir aquí estuve en Dharamshala, ya sabes donde está, y un hombre santo allí me leyó el aura y vio su color y me dijo que este chal hacía juego perfecto con ella. Las vibraciones violeta me abren la chakra de la coronilla y protegen mi cuerpo energético. ¿Y qué te ha traído a ti a la India, Lucy?
‘Creo que fue un Boeing siete-cuatro-siete. Fue un viaje largo –a Bombay y luego a Bangalore y finalmente aquí. ¿Y qué me dices tú, Shanti?’
‘Yo estoy aquí para estudiar Ashtanga Yoga con el guru. Mi mamá estuvo aquí cuando estaba embarazada de mí, aunque no lo sabía, haciendo todos esos ejercicios cabeza abajo y pies arriba sobre una mano y luego la otra, el del pavo real, cuerpo horizontal sobre una mano en el suelo. Bastante peligroso, si te lo piensas, y podía haberme perdido, pero el resultado fue que yo me enamoré del Yoga desde esas posturas de mi madre conmigo dentro. Llevo el Yoga en la sangre.
Shanti sonrió, y con la compostura de una bailarina desplegó sus piernas despacio hasta los 180 grados manteniendo su espalda perfectamente tiesa. Dobló los tobillos y los dedos del pie y aterrizó lentamente sobre el suelo con un toque alegre de las campanillas de plata en el rico ornamento de sus pies. (p. 2)
Yo apenas podía esperar. En menos de un mes tendría yo un cuerpo de spaghetti con todos los poderes inherentes a tal condición. Claro que no resultó precisamente así. El único sitio en el que conseguí la sincronicidad fue en la piscina. En la línea de tomar el sol junto al agua sí conseguí alinear mi toalla paralela a todas las demás sin esfuerzo.
Pero de vuelta a la esterilla del yoga, mis problemas se multiplicaban. Por mucho que lo intentase, no lograba crear suficiente fuego agni para levantar la serpiente kundalini de la energía desde la base de mi columna vertebral, todas y cada una de mis chakras permanecían decididamente cerradas por defunción, y yo no podía contar más de tres respiraciones sin ponerme a pensar qué teníamos para cenar. En mis ejercicios de Ha-Tha Yoga no conseguí enlazar y eventualmente unificar el ha del sol con el tha de la luna con la energía del canal sushnuma en mi espina dorsal para lograr la iluminación instantánea. Me recordaron que en el Bhagavad Guita el Señor dice que solo pueden practicar el Yoga en esta vida los que ya lo han practicado en alguna vida anterior; pero si así era, mi cuerpo se había olvidado. Además, ¿cómo es que es necesario haber practicado en una vida anterior, si esto siempre supone haber practicado en otra vida anterior? ¿Dónde empieza un honrado principiante? (p. 15)
[Ahora viene, entre todas sus escuelas y maestros, la mejor experiencia de todo su viaje por el Yoga, que además coincide con mi aprecio for Sri Raman Maharsi de Tiruvanammalai como un verdadero santo aunque nunca salió de su pueblo en el sur de la India en su búsqueda consagrada por la única y definitiva pregunta, ¿Quién soy yo?]
Así fue como, en la presencia de un Santo que llevaba ya más de sesenta años muerto, me senté y me pregunté a mí misma, ¿Quién soy yo? Decidí que yo no era ese escozor en mi garganta que notaba en cuanto me decían que me callase. Ni era yo esa primera cana que me había visto en el espejo esa mañana. Ni la edad que tengo ahora, porque en un segundo tendré más, y hace un segundo tenía menos. Yo no era mi cuerpo porque, según los médicos, se ha renovado por completo en los últimos siete años, y si todo va bien se renovará también en los próximos siete. Entonces, si yo no era ninguna de estas cosas, ¿quién era yo? ¿Quizá mis pensamientos? ¿Mis esperanzas? Pero mis esperanzas también cambiaban constantemente. ¿Quizá era yo mis miedos?
No. Mis miedos también cambiaban. Caí en la cuenta que si mis esperanzas y mis miedos y mi cuerpo estaban cambiando constantemente, también cambiaba todo el mundo a mi alrededor. Nada era lo mismo ni por un minuto, excepto –y esta era la esencia de las enseñanzas de Ramana Maharshi, y de hecho de todo el Yoga– nada era lo mismo excepto el Ser Eterno que permanece eternamente igual. En ese momento comencé a caer, o a volar, dejando todo detrás, dejando mi propio ser detrás, quedando como pura existencia, conciencia, y, sí, felicidad. Tenía gracia que no estaba yo sentada en la cima de una montaña como siempre me había imaginado que estaría cuando llegase a este estado. Un poco raro, divertido, quizá también loco.
Al volver a la superficie volvieron también las dudas. ¿Era eso de verdad el Gnana Yoga? Yo había estado consciente de mi respiración y eso se suponía que no debía pasar. Me había sentido fuera del tiempo, pero cuando miré al reloj solo habían pasado unos minutos. Bueno, ¿qué importaba? Se llame como se llame, y haya durado lo que haya durado, yo había sentido algo muy profundo en un sitio en el que no me habían cobrado ni una rupia y por la memoria de un hombre que había muerto hacía mucho tiempo. (p. 265)
[Después de recorrer todos los principales centros de yoga con experiencias siempre divertidas y siempre sinceras, llega a su conclusión final:]
Era hora de acabar. La búsqueda había acabado. La revolución interior que yo buscaba no iba a venir por matricularme en otra escuela de yoga, ni por comprar más camisetas con las letras OM, o libros de yoga, o certificados con orla dorada. Lo que tenía que hacer era cambiar mi perspectiva. Quizá si yo podía aceptarme tal y como soy y dejar de tratar de ser extraordinaria, dejar de ser una Diosa del Yoga, haría algún progreso. Me llamó la atención que la mayor parte de la gente que me inspiró en la India eran gente ‘ordinaria’, camareros, empleados del tren, funcionarios del gobierno, sastres, masajistas, maestros.
De hecho, parecería que cuanto la gente se acerca más a la Experiencia del Ser, más ordinaria parece. Pensando en esta gente ordinaria encontré que la razón que a todos ellos los hacía fuente de inspiración era que su práctica del yoga se extendía más allá de los límites de su esterilla. Veían al Yoga como una manera de ser, un estado de la mente, una actitud ante la vida, y tomaban al mundo entero por su escuela. El Yoga era para todos ellos ‘una manera armoniosa de vivir’, no un logro físico aislado – sabían que todo lo que tenían que hacer era mirar hacia dentro. La Iluminación no era un trofeo para levantarlo en un momento de triunfo, más bien se trataba de aumentar los momentos de ver con claridad y escoger con sabiduría en la vida diaria. Ninguno de ellos quería tener un cuerpo Yoga de esos que aparecen en los calendarios. Ninguno de ellos parecía interesado en equilibrarse sobre una mano con pies en alto al borde de una roca sobre el abismo. Para ellos Yoga no era un gran tema de conversación, a no ser que un occidental preguntase sobre ello. Era algo ordinario –respirar, meditar, y quizá alguna sencilla inclinación al sol. Se practicaba sin ceremonia, no en una clase numerosa bajo la instrucción de un maestro internacionalmente conocido, sino en casa –tranquilamente, sin armar jaleo. Lo que en realidad distinguía a esta gente ‘ordinaria’ era su capacidad para celebrar lo ordinario, encontrar placer en la vida diaria, admirarse por cosas pequeñas. Su felicidad estaba aquí y ahora, en este lugar, sea el que fuere este lugar.
Si el ser ‘ordinario’ daba esta felicidad, esta satisfacción, yo me apuntaba. Ya era hora de descartar los grandes fines que no me estaban llevando a ninguna parte, y comenzar con cosas pequeñas. De aquí en adelante dejaría de tratar de salir en titulares –la inmersión en la felicidad cósmica, la búsqueda del cuerpo perfecto, el reclutamiento de una banda de seguidores– y decididamente dejaría de tratar de hacer el pino que dolía mucho. En vez de eso, me concentraría en la letra menuda –tratando simplemente de aumentar los momentos de ver claro y escoger sabiamente en la vida diaria, como lo hacían mis gurus ‘ordinarios’.
En todos sentidos y a todo propósito yo había fracasado en mi búsqueda –pero no me sentía fracasada. De hecho estaba feliz y optimista. El fracaso me había liberado. Había renunciado a la perfección, y no me sentía obligada a obedecer las órdenes de mi ego. Cancelé las restantes escuelas de mi lista –ya tenía todo lo que quería, y no necesitaba ir más de tiendas– y me dispuse a volver a Londres. Por fin había entrado en contacto con mi guru interior. El que te dice que estés contento con lo que eres. El que te dice que la felicidad está siempre a nuestra disposición si sabemos mirar dentro de nosotros mismos. El que dice que hay perfección en la imperfección. El que se queda contigo siempre.” (p. 309)