“Acampa el ángel de Yahvé en torno a los que le temen, y los libra.” (Salmo 33:8)
El ángel acampa. Permanece, vigila, protege. Él es el guardián de noche y el acompañante de día. Siempre acechan peligros, preocupan amenazas, asaltan dudas. Por eso siempre está él alerta, dispuesto a dar la alarma, a despertar al campamento, a rechazar al enemigo. Por eso puedo dormir yo en paz.
A veces despierto inquieto bajo temores inciertos, que agrandan las sombras del día con ansiedades nocturnas. ¿Estoy haciendo bien lo que hago? ¿Acabaré el trabajo a tiempo? ¿Me saldrá todo bien? ¿No debería hacer aceptado lo que rechacé o rechazado lo que acepté? ¿Hice bien en meterme en eso? ¿Estoy a tiempo de salirme? ¿Tendré inspiración para seguir? ¿Tendré fuerzas para acabar? ¿No es ya hora de dejar tanto trajín y retirarme y descansar? ¿Hasta cuándo voy a seguir preocupándome del mundo entero que no tiene remedio y está peor ahora que cuando yo entré en él? ¿Para qué he de seguir contestando preguntas que no tienen respuesta y estudiando problemas que no tienen solución? ¿No es inútil todo lo que he hecho? ¿Y no es estúpido empeñarme en hacer lo que de nada sirve? La avalancha de las dudas hace presa fácil de la imaginación indefensa en el desamparo nocturno. Terrores de campamento en el silencio de la oscuridad.
Durante el día el mismo trabajo incesante y el sucederse de las ocupaciones distrae la mente, aleja las preocupaciones y frena el pensar. Pero la soledad de la noche me deja indefenso ante el ataque consolidado de todas mis dudas y miedos y complejos y timideces. El enemigo astuto ataca en la oscuridad cuando un ruido parece una tormenta y una sombra parece un ejército. Cuñas de angustia en lo que debería ser descanso necesario. ¿Quién me ayudará?
Me ayuda la compañía del ángel que acampa a mi lado. Me ayuda a pensar en él, saberlo cerca, sentir su presencia. Él vela en torno a mi campamento, y así sé que mis temores son infundados, que mis dudas son falsas, que mis preocupaciones son imaginarias. No ha habido ataque de enemigos ni alarma justificada. El campamento está en paz. El ángel vigila. Es verdad que la vida es peligro, que el camino es arduo, que hay que dar la cara y hay que enfrentarse a la realidad; pero también es verdad que hoy no fue peor que ayer, y mañana no será peor que hoy. Si hasta aquí he llegado, adelante seguiré, y si estos años he vivido, los que me queden viviré; y lo que viva he de vivir con ilusión y con energía y con valentía y con fe. Que se marchen los fantasmas de la noche. Me doy media vuelta en la cama y sigo durmiendo hasta la luz del día. El ángel del Señor vela sobre el campamento.
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