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Vicente Ferrer, que acaba de fallecer, fue compañero de clase mío en el seminario de los jesuitas de Pune en la India. Ya desde entonces se veían sus dos grandes características: su interés por ayudar a los pobres, y su carisma para atraer gente a trabajar por ellos. En las primeras Navidades organizó toda una campaña en el seminario. Todos recibíamos christmas de felicitación de Navidad de todo el mundo, y él pensó en reciclarlos y venderlos. Reunió voluntarios para despegar el papel interior del christmas donde vienen las firmas, cambiarlo limpiamente por uno nuevo, buscar sobres del tamaño correspondiente, y venderlos a librerías que él ya había contactado para sacar dinero para los pobres. Así empezó.
Los estudios de los sacerdotes jesuitas tienen dos versiones. El curso largo, para los más listos, y el curso corto para los menos. Los que aprueban el curso largo son ‘profesos’ y los que fallan cualquier examen y pasan al curso corto son ‘coadjutores espirituales’, que son plenamente sacerdotes y plenamente religiosos pero, como su nombre indica, son ‘ayudantes’ de los profesos. Esa distinción ya no nos gusta, pero antes se le daba importancia, y viene del mismo san Ignacio. Algunas veces las monjas, al pedir un capellán o un director de ejercicios jesuita, especificaban que fuera de los ‘profesos’. Entonces les contábamos el chiste de aquella monja que le preguntó a un jesuita cual era la diferencia entre el curso largo y el curso corto entre nosotros, y él le contestó: ‘La misma que entre unos pantalones largos y unos cortos. Los dos cubren lo esencial.’ Hoy ya no nos gusta hablar de ‘profesos’ o no. Vicente Ferrer iba, desde luego, por el curso largo, pero no le interesaban las teorías por muy teológicas que fueran, y pidió voluntariamente y obtuvo el permiso para pasarse por su cuenta del curso largo al curso corto. Eso le dejaba más tiempo para dedicarse a actividades por los pobres ya desde entonces. Es el único caso que conozco de haberse pasado al curso breve por cuenta propia. Listo que era.
Un examen importante para todos era el de las confesiones. Tres profesores en el tribunal se ‘confesaban’ en público con el candidato con los pecados más complicados del mundo, y este había de resolverlos satisfactoriamente. El libro de texto era el manual de teología moral Genicot-Salmans, del que nos daban una copia a cada uno. Ferrer perdió la suya, y me pidió la mía prestada. Me dijo me la pedía a mí porque, conociéndome, se imaginaba que yo ya me lo habría estudiado. Buen conocedor de hombres que era. Le presté el libro y me prometió me lo devolvería después de los exámenes. Nunca me lo devolvió. Seguro que perdió mi copia como había perdido la suya. Dudo incluso si la leyó. Pero pasó el examen a la primera.
Él comenzó su trabajo por los pobres como sacerdote jesuita desde una parroquia. Los hindúes se le opusieron pronto. La razón de su oposición era que en la India los misioneros cristianos han usado las obras de caridad como manera de hacer conversiones, y eso les desagrada a los hindúes. Ferrer dejó el sacerdocio para poder seguir trabajando en su labor. El papa actual ha prohibido usar la caridad para hacer proselitismo, pero su mandato ha llegado tarde y muchos no le han hecho caso. La Madre Teresa fue modelo en servir a todos sin bautizar a ninguno, pero fue una excepción. En la India se usa la triste frase ‘cristianos de arroz’. Eso nos ha hecho daño. Vicente Ferrer y la Madre Teresa se han ganado justamente el aprecio del mundo por no haber usado la caridad para el proselitismo. Las palabras del papa:
“La caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. […] Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia.” (Dios es amor, 31, c)
Personalidades de todo el mundo han honrado su memoria. Excepto autoridades eclesiásticas. Y murió sacerdote, pues el sacerdocio no se pierde nunca. En la India se le ha llamado siempre el Padre Ferrer, y con ese nombre han dado los periódicos de allí la noticia de su muerte: Father Ferrer.
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[Me han invitado a enviar un mensaje a la Convención Mundial de Jainistas 2009 en Los Ángeles del 2 al 5 de julio, y esto es lo que les he escrito:]
Me siento honrado por la invitación a enviar un mensaje a mis amigos jainistas reunidos en Los Ángeles, y lo hago de corazón. Tanto más cuanto que el tema de la Convención –Ecología Jainista– es importante para hoy.
El jainismo tiene tres títulos para reclamar su presencia en el mundo religioso de nuestros días.
1. La no violencia es su primer principio, y es la primera necesidad de una sociedad herida por guerras, terrorismo, violencia callejera. El cese de toda violencia de mente, palabra, y obra. Mahatma Gandhi no era jainista, pero lo era su aya, quien le inculcó esa actitud desde pequeño. Y de mayor Gandhi logró conseguir la independencia de La Joya de la Corona del Imperio Británico sin una guerra de independencia, primera vez que una colonia llevaba a cabo tal hazaña de paz en la historia.
2. La parábola de los ocho ciegos y el elefante, presente en todas las literaturas, es de origen jainista. Ocho ciegos son llevados a ‘ver’ por primera vez a un elefante y describirlo luego, y dicen por turno que es como una manguera, columna, concha, puñal, soplillo, cuerda, pared, techo, según han palpado su trompa, pata, uña, colmillo, oreja, cola, lado, vientre. Así es como las diferentes culturas, y en particular las diferentes religiones, deben conocerse, entenderse, aceptarse, y completarse para que nuestra civilización sobreviva.
3. Lo más interesante del jainismo con respecto a la ecología es que los elementos materiales, la tierra, el agua, el aire, el fuego, son dotados de vida, solo que tienen un solo sentido (el tacto) mientras que los humanos tenemos cinco. Son seres con vida y sentimiento. La creación entera está viva, y eso conlleva respeto y veneración que es la base para la mejor ecología en la teoría y en la práctica. Esto es lo característico del jainismo.
El respeto a la vida, en consecuencia, se debe extender a lo que en el occidente llamamos seres materiales mientras que el jainismo los considera también con alma. Los monjes y monjas jainistas muestran este respeto de varias maneras delicadas que a nosotros nos recuerdan al menos esta actitud fundamental. Llevan un pequeño trapo blanco delante de la boca y colgado de las orejas. Los guías turísticos les dicen a los turistas que ven a tales monjes que es para no tragar insectos al andar, pero eso no es así. La verdadera razón no es esa, ya que los monjes y monjas jainistas no son tan torpes como para ir papando moscas por la calle. El trapito blanco ante la boca es para proteger al aire, al Hermano Aire podíamos decir con san Francisco de Asís, del impacto de nuestro lenguaje con sus ‘pes’ y ‘bes’ que lo hieren como un puñal, y de la contaminación de nuestro aliento. Los monjes cubren los grifos de su uso con un paño blanco, que tampoco es para filtrar el agua como popularmente se cree, ya que el agua de la municipalidad ya es perfectamente potable, sino para frenar su caída del grifo a la base de porcelana y que el agua no se haga daño al chocar con ella. También andan siempre descalzos, y eso no es por pobreza religiosa sino para no hacerle daño a la tierra al andar. Y al fuego lo saludan siempre que han de encender o apagar una vela o una luz juntando las manos ante el pecho e inclinando la cabeza. Culto ecológico del Aire, Agua, Tierra, y Fuego. Yo he presenciado todo esto y me he sentido inspirado por el profundo sentido de estos gestos sencillos.
Estos ejemplos nos presentan una imagen ecológica ideal, y nos recuerdan en la práctica nuestro deber a la naturaleza. Reverencia a los elementos, y luego, debidamente, según subimos por la escala de los seres, a los seres con más de un sentido, las plantas, vegetales, árboles, animales, humanos. Ecología universal que todo lo abraza. La Tierra está viva. La tradición jainista puede ayudarnos y animarnos a vivir más ecológicamente. Que esta Convención Mundial de Jainistas nos inspire en esta tarea.
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Un día un pueblerino fue a la villa de Khelm a visitar al rabino y le dijo:
-Rebbe, desde siempre he oído hablar del Talmud, pero nunca he comprendido exactamente qué es.
-Escucha con atención. Dos ladrones se meten en una casa por la chimenea y llegan al salón, el primero con la cara totalmente tiznada de hollín, y el segundo no. ¿Cuál de los dos irá a lavarse?
-El que tiene la cara sucia.
-No. El ladrón que tiene la cara tiznada de hollín ve a su compañero que tiene la cara limpia. Se imagina que la suya también está limpia, y no se lava. En cambio el otro que tiene la cara limpia ve a su compañero con la cara tiznada de hollín. Se imagina que la suya estará igual, e irá a lavarse.
-Entonces el sucio no se lava, y el limpio se lava.
-No. Al revés. El sucio se lava porque tiene la cara sucia, y el limpio también se lava porque ve al sucio lavarse la cara.
-Es decir, que se lavan los dos.
-No. No se lava ninguno. El de la cara de hollín ve a su compañero limpio, y no se lava; y el de la cara limpia, ve a su compañero sucio, pero como el compañero no va a lavarse, él tampoco se lava.
-No se lavan ninguno de los dos.
-No. Y no comprenderás nunca el Talmud.
-Hemos agotado las cuatro posibilidades.
-Sí, pero ¿cómo puedes imaginarte que dos ladrones bajan por una chimenea llena de hollín y solo uno se mancha la cara?
(Ben Zimet, Cuentos del pueblo judío, Sígueme, Salamanca 2002.)
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