Contrataron a un grupo de nativos para ir a trabajar a la ciudad. Les prepararon alojamiento en el segundo piso de una casa. Ellos pidieron que, por favor, les dejasen vivir en el piso de abajo. En el segundo piso perdían el contacto con la tierra, y no sabían vivir.
¿Qué hubieran dicho si los hubieran aposentado en el piso veinte de un rascacielos? ¿Qué hubieran sentido al verse rodeados por todas partes de hierro y cemento en caparazón inflexible de aislamiento insonorizado? ¿Cómo hubieran respirado, comido, y dormido separados del suelo por el armazón extraño de vigas y escaleras y techos y ascensores? ¿Cómo hubieran vivido sin tierra?
Para el aborigen la madre tierra sigue siendo madre. Necesita su proximidad, su contacto, su regazo para sentirse seguro y querido mientras explora la vida. Sus pies descalzos sobre el terreno vivo son diálogo constante de información dada y recibida, de mensajes intercambiados, de cariño sentido. Sentarse bajo un árbol es intimidad reposada. Tumbarse sobre la hierba es nirvana. Los olores y sonidos del campo, los perfumes del aire y los juegos de la brisa, el color paralelo de la mies madura, la guardia erguida de los árboles, el correr del agua en limpieza salvaje. Todo un mundo de sensaciones y vivencias sanas y directas que limpian el cuerpo y alegran el alma. Vida cercana a la madre tierra. Perderla es quedarse huérfanos. Y la hemos perdido.
Ya ni vemos la tierra. La hemos recubierto de un caparazón de asfalto y cemento a lo largo y a lo ancho de todos los espacios en que vivimos. Nos alejamos de su superficie. Y cuando el cemento nos parece áspero en nuestros pisos, ponemos alfombras encima para engañar a nuestros pies. Capa sobre capa. Exilio forzado. Orfandad impuesta. Hemos perdido el parentesco, hemos perdido el contacto, hemos perdido el lenguaje. Ya no nos hablamos con nuestra madre. El morse delicado que marcaban los pies descalzos sobre la piel viva del planeta, ha quedado olvidado al ser reemplazado por los taconazos militares de nuestros zapatos rígidos contra los adoquines. El andar ya no es conversar, es herir. Y al herir, nos herimos. Nos duelen los pies.
Para recuperar la tierra tenemos que “salir” al campo. Aun entonces es la carretera, el coche, el restaurante, y el albergue. Y el equipo de excursión y los calcetines gruesos y las botas de astronauta profesional. Hay que “protegerse” en la aventura. Toda protección es aislamiento. Y todo aislamiento es pérdida. Quizá no podamos volver a la inocencia aborigen. Pero al menos podemos apreciarla abiertamente y envidiarla secretamente. Admiro a mis hermanos de la tierra que tan pronto reaccionaron contra un segundo piso porque los privaba de su cercanía esencial a sus raíces. Al menos me alegra el incidente. Quisiera aprender de ellos su sensibilidad ante todo lo que es naturaleza. Aprender a amar la tierra. A llamarla madre. Quizá incluso a preferir un piso bajo y recelar de ascensores. Cuanto más abajo, mejor.
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