carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES ---  
 
atrás - OS CUENTO - 01/06/09


 

Un amigo mío fue un gran profesor de matemáticas en la universidad en la que yo también enseñaba en la India, y cuando se retiró, se dedicó a dar clases particulares a alumnos aventajados que querían sobresalir en la asignatura. Lo hacía con gran competencia y dedicación. Recientemente ha perdido la vista a distancia, aunque puede escribir perfectamente sus ecuaciones en el tablero y podría seguir enseñando con su gran dominio de la materia. Pero ha dejado las clases. La razón que me dio fue la siguiente: “Puedo ver el tablero y puedo razonar las ecuaciones con claridad. Pero no puedo verles las caras a mis alumnos, y si no les veo las caras, no puedo enseñar.”

Buen maestro. La enseñanza no está en el tablero, sino en las caras de los alumnos. Ellas dicen lo que han entendido, lo que está oscuro, lo que aburre, lo que divierte. El buen profesor enseña mirando a las caras de los alumnos. Y si no puede verlos, no enseña.

Cuando yo enseñaba también matemáticas en la misma universidad, tenía cien alumnos en una gran clase de anfiteatro. Psicológicamente, los más inteligentes se sentaban en las primeras filas, y los más torpes, al fondo. Y al escribir yo alegremente las ecuaciones en la pizarra, veía palpablemente cómo la ola del entender iba ascendiendo fila por fila de la primera a la última. Caras se abrían, rostros se iluminaban, sonrisas florecían…, mientras allá atrás seguían los rostros opacos y los ojos apagados. Yo repetía y aclaraba y esperaba…, ya voy por la fila cinco, por la siete, por la once, por la penúltima…, hasta que las caras de la última fila junto a la pared del fondo respondían, y yo pasaba al teorema siguiente. Por eso entiendo la decisión de mi amigo. Hay que mirar a la cara.

En la clase y en la vida.

Pedía a Dios todos los días la gracia de encontrar un tesoro. Había comenzado a trabajar en el campo pero no le gustaba, y pensaba que a Dios no le costaba nada revelarle en un sueño donde había un tesoro escondido. Alguno habría entre tantos terrenos, y con solo saber donde estaba, lo buscaría y viviría feliz toda su vida sin tener que madrugar y trabajar y cavar y sudar siete días a la semana. Era bien sencillo. Y él tenía la certeza de que Dios le revelaría el tesoro escondido. Dios era omnipotente, y él se lo había suplicado con fe y con devoción. No podía fallar.

Una noche tuvo un sueño. En un campo cercano al suyo, en la ladera del río, al lado de un árbol que él en su sueño identificó enseguida, estaba el tesoro escondido. Al día siguiente exploró el terreno con disimulo, y era exactamente como se le había mostrado en el sueño. El campo, el río, el árbol, y allí, escondido bajo tierra estaba el tesoro que le esperaba para hacerle feliz. Apenas pudo ocultar su alegría, pero pasó todo el largo día, llegó la oscuridad, dejó pasar la medianoche, y se dirigió silencioso con su pala y su pico a cavar en el sitio preciso.

Se puso a cavar. Con prisa por un lado y con cuidado de no meter ruido para no despertar a nadie. El tesoro iba a ser para él solo. Por fin el pico sonó sobre metal. Un cofre grande fue apareciendo poco a poco ante su ávida mirada. Tras muchos esfuerzos quedó libre. Lo levantó. Era pesado. Lo dejó sobre el terreno, lo contempló con satisfacción, forzó la cerradura con el pico, y levantó la tapa. Dentro había un sobre con un papel. Rasgó el sobre con impaciencia, desdobló el papel, lo leyó a la luz de la luna. Decía: “No te creas que con cavar un hoyo se encuentra un tesoro. Eso son cuentos de hadas. Trabaja en el campo y te ganarás la vida.” 

Dios había escuchado su oración.

John MacCain, candidato republicano a la Casa Blanca frente a Obama en 2008, fue aviador en la guerra del Vietnam, fue derribado y capturado, y pasó cinco años como prisionero de guerra. Cuenta esta anécdota de su captura.

“Como prisionero de guerra americano herido en Vietnam, mis verdugos me ataron con cuerdas de tortura y me dejaron solo en una habitación vacía para que sufriera toda la noche. Más tarde, un guardia con el que yo no había hablado entró en el lugar y, en silencio, aflojó las cuerdas para aliviar mi dolor. Poco antes del amanecer, adelantándose al retorno de sus camaradas menos humanitarios, el mismo guardia volvió y reajustó las cuerdas. Nunca me dijo una palabra. Meses más tarde, en una mañana de Navidad, yo me encontraba de pie en el patio de la prisión cuando el mismo guardia se acercó y se detuvo un momento cerca de mí. Entonces, con su sandalia, dibujó una cruz en el polvo. Permanecimos en silencio un minuto o dos, venerando la cruz, hasta que el guardia la borró y se alejó.”

(“Lo que mueve mi vida”, Jay Allison, Plataforma Editorial, Barcelona 2007, p. 141)

El semanario católico londinense THE TABLET trae en una página un anuncio del disco que han grabado tres curas irlandeses canta-autores, y en otra un dibujo en el que un hombre sale del confesionario y le dice al que estaba esperando en la cola: ‘¡Maldita sea! ¡El cura me ha puesto de penitencia que me compre su último disco!’ Me ha hecho reír el chiste.

Y luego me ha dado una idea. Yo también puedo poner de penitencia en el confesionario que se compren mi último libro. Aunque probablemente esa sería la mejor manera de que no lo leyesen.