[Veo os gustó lo de Renoir hace un mes (mayo 1), y me animo a añadir otros episodios de la misma biografía del pintor por su hijo, Jean Renoir.]
Mi tía Blanche tenía pasión por las subastas y por las oportunidades. Un día volvió a casa llevando tras de sí a un mozo cargado con cincuenta paraguas. Era una oportunidad, diez céntimos por paraguas, no pudo resistirse. (p. 76)
Volviendo a las mujeres, mi padre también sabía los defectos que tenían. Algo que lo irritaba era que se sometieran a la moda. El principio del culto a la cintura delgada coincidió con la entrada de mi padre en la vida [¡¡¡Renoir nació en 1894!!!]. Seguramente su hermana le pedía que la ayudara a apretarse los cordones del corsé. Para conseguir un buen resultado había que poner la rodilla a la altura de las nalgas de la víctima, que, así afianzada, podía brindar resistencia a la tracción de los cordones de los que tiraba con ambas manos y con todas sus fuerzas el marido o el amante. A Renoir le sublevaba ese suplicio. Decía: “Se les juntan poco a poco las costillas y se van deformando. ¡Y cuando están embarazadas…! Las compadezco. ¡Y todo para que se hagan ricos los fabricantes de corsés que donde deberían estar es en la cárcel!” También lo irritaban los zapatos demasiado estrechos y los tacones altos, pero lo que más le irritaba era el peinado. “¡En vez de dejarse el pelo en paz, lo retuercen, lo martirizan, lo queman, se rizan como corderos o se disfrazan de sauces llorones!” Dejó de salir con una joven porque se pasaba el día retocándose los rizos de encima de la frente. De lo que se trataba era de conseguir una onda cuyo acierto había que medir al milímetro. En cuando la muchacha movía la cabeza, se perdía ese milímetro y ella volvía a enredar en el mechón. “¡La habría matado!” (86) [Esto era hace un siglo. La moda sigue.]
Algunos dichos suyos:
“Sepárate de tu mujer con frecuencia, pero durante poco tiempo. Tras una ausencia corta, te agrada volver a verla. Tras una ausencia larga, corres el riesgo de que te parezca fea; y ella, el de que le parezcas feo. Los que envejecen juntos dejan de verse. El amor es muchas cosas, y no soy lo bastante avispado para explicarlas, pero es también la costumbre.” (82)
“El célebre cuadro El Angelus de Millet ha hecho más daño a la religión con su melosidad cursi que todos los discursos de los partidarios de la Comuna.” (115)
“El ‘típico color local’ es siempre un invento de los forasteros.” (115)
“Somos los corderos de la leyenda. Panurge, durante un viaje en barco, tras una pelea con el pastor Dindeneault, para vengarse, le compra un cordero que tira al mar. Acto seguido todo el rebaño se arroja al agua en pos del compañero. El pastor, aferrado a su último cordero, cae también al mar y se ahoga. Eso hacemos todos, sobre todo los pintores.” (141)
“Los negros tienen suerte. Todavía saben caminar. ¡Otelo debía de ser maravilloso!” (181)
“En Londres no había niebla hasta que Turner la pintó.” (203)
“Aline (mi madre) pisa la hierba sin hacerle daño”. (202)
“¿Puede haber algo más triste que los alrededores modernos de París? Pero desde que existen Utrillo y los honrados pintores dominicales sabemos que de esas calles tan desangeladas se desprende una poesía innegable.” (206)
“Los cuadros no son para llevarlos de un lado para otro, y hay que verlos bajo la capa del cielo que albergó a sus autores.” (207)
“En Argelia descubrí el blanco. Todo es blanco, las chilabas, las paredes, los minaretes, la carretera. Y encima de ese blanco, el verde de los naranjos y el gris de las higueras.” Se deshacía en elogios acerca de los andares y el atuendo de las mujeres, “lo bastante astutas para saber el valor del misterio. En un rostro velado, unos ojos entrevistos se vuelven admirables.” (220)
Mi padre nunca viajaba solo y viajaba en tercera. No era tacaño, pero era muy sobrio y austero. Quienes viajan en tercera suelen ser rumbosos. Rivalizaban en ofrecer a mi padre que compartiera con ellos “la cesta” que todos llevaban consigo. Una buena mujer le decía, mirando compasivamente el bocadillo que se había sacado del bolsillo: “¿Solo va usted a almorzar eso? ¡No me extraña que esté tan flaco!” Algunos salían de viaje tan abastecidos como si fueran a dar la vuelta al mundo. Según iban pasando los kilómetros, mi padre pasaba de la tarta de col y queso borgoñona al estofado provenzal, de los vinillos nuevos de Côte d’Or a los rosados generosos de las orillas del Ródano, todo ello acompañado de comentarios acerca de la cosecha, los problemas familiares, los impuestos, la guerra de Tonkín y el suplicio del corsé “cuando una no tiene costumbre”. Tras los primeros bocados podía suceder que una rolliza granjera no aguantase más, se disculpara, se desabrochase el jubón y le pidiera a una vecina que le aflojase los cordones por la espalda. Así liberadas, las carnes podían expandirse a sus anchas y la empanada de liebre sabía por fin a lo que tenía que saber. (210)
Mi padre admitía, en el mundo moderno, la necesidad del reparto de trabajo entre diversos especialistas, pero no lo aceptaba para él. Si te duelen los pies, llamas al pedicuro; si te duelen las muelas, vas al dentista; ¿qué estás tristón?, le cuentas tus intimidades a un psicoanalista. En las fábricas, un obrero atornilla unos pernos, otro regula los carburadores; hay agricultores que cultivan manzanas, solo manzanas; y otros siembran trigo, solo trigo. El rendimiento es espléndido. Millones de carburadores, quintales de trigo, las manzanas son del tamaño de los melones. Se suplen las virtudes nutritivas que se han perdido con ese gigantismo tomando las vitaminas adecuadas. Y todo va como una seda. Los hombres comen más, van más al cine, se emborrachan más veces. Aumenta la duración de la vida humana y las mujeres paren sin dolor. La obra toda de mi padre, repleta de vitaminas naturales, fue un grito de protesta contra ese sistema; y su vida también lo era. El mundo de Renoir, como pintor y como persona, es una totalidad. El rojo de las amapolas determina la actitud de la muchacha de la sombrilla. El azul del cielo se apoya fraternalmente en la pelliza del joven pastor. Sus cuadros son una demostración de igualdad. Los fondos tienen tanta importancia como los primeros planos. No son flores, rostros, montañas situados unos junto a otros. Es un conjunto de elementos que forman una unidad y los amalgama un amor más fuerte que las diferencias que puedan tener. La flor del tilo y la abeja que se embriaga con ella bogan por la misma corriente que la sangre que circula bajo la piel de la joven sentada en la hierba. El mundo es una unidad. Ese tilo, esas abejas, esa joven, esa luz y Renoir forman parte de él por igual. (230)
Un día llegó un oficial retirado con un renoir falso debajo del brazo y una sonrisa de desarmante honradez. “Señor Renoir, acabo de comprar este cuadro suyo. ¡Pero resulta que no está firmado! ¿Puede usted firmármelo?” El cuadro era una falsificación que saltaba ala vista. Mi padre le dijo: “Déjemelo. Voy a hacerle unos retoques.” Pintó todo el cuadro de nuevo y lo firmó. Solo le faltó comprarle un marco al estafador, que se fue con una pequeña fortuna debajo del brazo. (364)
Cuando me pintaba a mí, y el cuadro que estaba pintando requería cierta inmovilidad, empezaban los problemas porque yo me movía mucho. Entonces me leían los cuentos de Andersen con los que mi padre disfrutaba tanto como yo. El que más nos gustaba era La sopa de morcilla. Nos lo sabíamos de memoria. Al final, cuando la ratoncita explicaba al rey que si no quería casarse con ella tenía que meter el rabo tres veces en la sopa hirviendo, y el rey se casa con ella para ahorrarse esa prueba, mi padre guiñaba un ojo y le iluminaba el rostro un regocijo malicioso. Dejaba de pintar y pedía un cigarrillo. Nos embargaba a todos una tierna emoción. Era un gran placer. (379)
Los ballets rusos tenían a París trastornado. Una noche, los Edwards, nuestros amigos que se habían quedado a cenar, propusieron llevarnos a todos al ballet. Mi padre estaba en pleno ataque de reuma y andaba con dificultad. Pero se dejó tentar. Mi madre se arregló en un abrir y cerrar de ojos. Mi padre seguía con la ropa de trabajo, chaqueta de cuello cerrado, camisa de franela, corbata azul con lunares blancos, y con la gorra, que llevaba siempre calada por temor a que el frío le diera neuralgias. Mi madre quería que se pusiera el frac. El esfuerzo le pareció excesivo y salió tal y como estaba. Al llegar al teatro, Edwards lo cogió en brazos y lo subió al palco ante la mirada estupefacta de los espectadores. La sala era espléndida. El público, que acudía a aplaudir o a silbar esos ballets que iban a revolucionar el arte del espectáculo, hacía gala de un lujo que iba más allá de lo imaginable. Nunca en la vida he vuelto a ver nada que se le pareciera. Los fracs negros de los hombres, de pie detrás de las mujeres, hacían que destacase más el esplendor de éstas. Era como un gigantesco ramillete de hombros desnudos que brotaban de sedas de colores claros. Sobre esa carne, los destellos blancos de los diamantes, los resplandores bárbaros de los rubíes, el frío reflejo de las esmeraldas, la suavidad de las perlas que acariciaban los pechos, prestaban a esas mujeres y, de rebote, a toda la asistencia, una a modo de nobleza, transitoria quizá, pero evidente. No eran criaturas de carne y de sangre, sino los personajes de un cuadro. Toda aquella gente tenía los prismáticos apuntados hacia mi padre, que ni se daba cuenta. Mi madre sonreía divertida: “¡Vaya espectáculo estamos dando! ¡Una chaqueta manchada de pintura y una gorra de ciclista!” Cuando vimos El pájaro de fuego con Nijinski cruzando el escenario de un salto, mi padre exclamó: “¡Como una pantera!” (389)
Los Bernheim, al ver que mi padre empeoraba, le convencieron a ir a ver a un gran especialista. Era en verdad un gran médico. Prometió que en unas semanas devolvería al paralítico el uso de las piernas. Mi padre sonrió, no como un incrédulo, sino como un filósofo. Sabía el resultado de antemano. Pero era un sueño, y prometió seguir ciegamente las prescripciones del médico. Al cabo de un mes se sentía mucho mejor. El médico vino al estudio donde estaba pintado sentado ante el caballete y le anunció que había llegado el momento de poder andar. Tomó a mi padre por los hombros y lo alzó del sillón. Se puso de pie por primera vez en dos años. Veía las cosas desde el mismo nivel que todos. Miraba alrededor con gran satisfacción. El médico lo soltó. Dio un paso por sí solo. Otro. Penosamente. Dio la vuelta al caballete y regresó a su silla de inválido. Le dijo al médico: “Renuncio. Me exige toda mi voluntad y ya no me quedaría voluntad para pintar. La verdad es que –e hizo un guiño malicioso– si tengo que escoger entre andar y pintar, prefiero pintar.” Volvió a sentarse y nunca más se levantó. (426)