“¿Quién se hospedará en tu tienda?
¿Quién habitará en tu monte santo?
Quiero vivir junto a ti, Señor, pero pierdo a cada paso el sentido de tu presencia. Ese es mi dolor. Me olvido de ti sin más, y puedo pasarme horas y horas como si tú no existieras. Los momentos de oración durante el día me recuerdan tu existencia, pero entre horas te pierdo y ando a la deriva todo el rato. Quiero recobrar el contacto, quiero “hospedarme en tu tienda” y “habitar en tu monte santo”. A eso me invitas muy bellamente en tu salmo. Ahora dime cómo puedo hacerlo en mi vida.
Escucho atento tu respuesta, y, cuando has terminado la lista de condiciones, caigo en la cuenta de que ya las conocía y de que todas se reducen a una: el mandamiento del amor y la equidad y la justicia para con todos mis hermanos. Son tus palabras:
“El que procede honradamente y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua,
el que no hace mal a su prójimo ni difama a su vecino...”
ése podrá habitar en tu montaña y disfrutar de tu presencia.
Una vez te preguntó un joven: “¿Qué he de hacer...?” Y tú le contestaste: “Ya sabes los mandamientos...”. Tu respuesta a mi pregunta “¿Qué he de hacer?”, es siempre: “Ya lo sabes.” Sí, es verdad que lo sé; y sé muy bien que lo sé. Y también recuerdo tu reacción ante otra persona que te preguntó lo mismo y a quien contestaste lo mismo: “Pues ahora ve y hazlo, y tendrás vida.”
Dame fuerzas para ir y hacerlo. Para amar al prójimo y hacer justicia y decir la verdad. Para ser justo y amable y cariñoso. Para servir a todos en tu nombre, con la fe de que al servirles a ellos te sirvo a ti, y haciendo el bien en la tierra conseguiré entrar en tu tienda y “habitar en tu monte santo” para siempre.
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