“Que la palabra de mi señor, el rey, traiga la paz, pues mi señor, el rey, es como el ángel de Dios para discernir el bien y el mal.”
(2 Samuel 14:17)
Es lo que más necesito en la vida. Saber discernir el bien y el mal. Tarea delicada que requiere equilibrio, atención, y sabiduría. No quiero hacerle daño a nadie, y sin embargo, a veces, sin querer, levanto oposición y provoco roces. Quiero procurar el bien en todo lo que hago, y a veces me paro y examino y dudo y no acabo de ver si lo que me propongo hacer va a ser realmente para bien o quizá torcidamente para mal. Y dentro de mí mismo me divido a veces entre lo que leo en los códigos y lo que me dice la conciencia, y me es fácil apoyarme en autoridades externas, pero no puedo separarme de mi propia conciencia con todo el riesgo de equivocarme y toda la responsabilidad de decidirme. No me puedo guiar ciegamente por manuales impresos ni tampoco ignorarlos con oculta soberbia. Tengo que oír a todos y tengo que decidir yo mismo. Discernir el bien y el mal es tarea difícil.
Es tarea de ángel. Porque el ángel tiene perspectiva, tiene independencia, me conoce a mí y conoce a todos a quienes atañe mi decisión, se sabe las reglas y los documentos, y viene directamente de Dios que está por encima de reglas y documentos. El ángel sabe trazar con geometría delicada y exacta la tenue línea que divide el bien del mal, conoce los terrenos de la conducta humana, prevé las consecuencias de nuestras acciones, mide responsabilidades y aconseja posturas. El ángel de Yahvé es nuestro guía en discernir el bien y el mal.
El secreto de las decisiones es sentirme ángel al tomarlas. Sentirme uno con mi ángel, interesado y desprendido, comprometido y libre, personal y universal, como él que es a un tiempo mensajero de Dios y compañero mío. Adquirir su mirada, apropiarme sus horizontes, ganar su equilibrio, escuchar su consejo. Sentir en mí mismo lo que, en fe y en cariño, creo yo que sentirá él; contagiarme de su presencia, levantarme con su vuelo, llenarme de su luz. Ojos de ángel para ver los caminos de la vida.
La mejor alabanza que recibió David en su vida fue la de aquella mujer que le dijo: “Mi señor, el rey, es como el ángel de Dios para discernir el bien y el mal.” De ese don real se sigue el bienestar de todo el pueblo, porque la palabra de quien sabe discernir entre el bien y el mal es palabra que trae la paz. Paz en el reino. Y paz en el alma. |