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atrás - OS CUENTO - 01/05/09


 

No entiendo de finanzas, pero no soy ajeno a la historia que me toca vivir. La crisis financiera del siglo XXI ha venido a proclamar la importancia de principios tradicionales de sobriedad y ahorro, y puede ayudar el ponerlos en perspectiva. Cuando yo era joven se nos inculcaba el principio económico de no vivir por encima de los propios medios, de gastar algo menos de lo que se ganaba, y ahorrar para el futuro. Esa era la base de toda economía racional para la persona, la familia, las instituciones, y los estados. Pero las cosas cambiaron en los años que yo iba viviendo. Me he encontrado con un eco de esa cultura y ese cambio en una autobiografía que cuenta con inocencia encantadora el mismo proceso de cambio económico que nos ha afectado a todos a lo largo de una generación y ha llegado a poner al mundo entero en peligro. Alek Wek, la supermodelo internacional de la noble etnia Dinka en el Sudán del Sur, cuenta su experiencia cuando, después de años de pobreza extrema entre las dificultades y luchas de su país, llegó a las pasarelas de moda, se estableció en Nueva York y pensó en comprarse casa. Se paró un día con su agente americana, Mora, frente al escaparate de una agencia inmobiliaria con fotos y precios de casas en la categoría de “Casas en Venta”.

- Esa parece bonita –dijo Mora señalando al anuncio de una casa de tres pisos en ladrillo rojo con un precio de 395,000 dólares.
- ¿Me estás tomando el pelo? Bien sabes que yo no tengo nada cerca de esa suma de dinero en el banco.
- Tomas un préstamo, Alek. Una hipoteca.
- ¡De ninguna manera! En la cultura Dinka es inconcebible tomar dinero prestado. Mi madre siempre nos inculcaba que nadie debe comprar nunca nada que no pueda pagar allí mismo al contado. La idea de una hipoteca es tan opuesta a todo lo que soy que no puedo ni comenzar a entenderla. ¿Vas a pedirle prestados al banco cien mil dólares para acabar pagándole doscientos mil dólares a lo largo de toda tu vida? Eso es ridículo.
- Nada nos impide que vayamos a ver casas. Tu vete haciendo una lista de las que veamos.
- Vale, pero no me compraré nada que no pueda permitirme al contado.

Al cabo de unos años también yo me enteré, en medio de mi persistente ignorancia de finanzas, que aquello de no endeudarse era una postura anticuada. Era de tontos vivir por debajo de nuestros medios cuando ahora podíamos vivir por encima. La nueva economía se llamaba deficit financing, y por lo visto era la que seguían los gobiernos, los capitalistas, los entendidos, los listos. Eso acabó también haciendo Alek Wek con toda naturalidad:

“Seguimos en el coche y vimos unas diez casas aquella mañana. Nos reímos mucho. Yo no hacía más que pensar cómo me iba a ser posible pagar aquellos precios. Mora me lo ponía todo muy sencillo, aunque yo no dejaba de asustarme. Si pagaba una entrada del diez por ciento, podía ir pagando el resto de mes en mes hasta que cumpliera cincuenta años. Parecía una locura, pero también caí en la cuenta de que no era tanta locura como el pagar la renta del piso. Al fin y al cabo me quedaba con la casa.

Fuimos visitando algunas de las casas con letreros ‘Se Vende’, y al llegar a la que habíamos decidido sería la última, caí en le cuenta de que era precisamente la de ladrillo rojo que habíamos visto en el escaparate de la agencia inmobiliaria y que tanto me había gustado. No sé por qué pero me recordó la casa de mi niñez en Wau, en el Sudán, aunque la verdad es que no se parecía en nada. La casa tenía un ambiente, una energía que me llegaba directa al corazón. Decía sencillamente ‘Casa’. Costaba mucho, y en Timbuctu se habría podido comprar un barrio entero por ese precio. Pero esto era Nueva York. Compré la casa. De repente me encontré que era miembro de la prestigiosa comunidad de propietarios con una hipoteca por pagar y con cañerías que arreglar.”
(Alek Wek, Alek, Virago, London 2007, p. 177)

Ese fue el cambio radical y universal. Lo que es una anécdota simpática en la vida de la supermodelo, era imagen de la nueva actitud de la sociedad afluente. Todo se volvió muy sencillo de repente para todos. Los bancos ofrecían préstamos e hipotecas, mientras que en las tiendas se fiaba y en los grandes comercios se popularizaba la venta a plazos. Compra ahora y paga después. Vuela hoy y paga mañana. Es decir, gasta más de lo que tienes. La burbuja. Al principio aparece muy redonda e iridiscente, pero cuando se pincha, revienta. Y hemos pinchado. Y hemos reventado. Los bancos tienen su culpa por su codicia, y nosotros tenemos la nuestra por nuestro consumismo. No se trata de inyectar dinero a instituciones, sino de racionalizar costumbres. La lección es para todos. Ganar menos y gastar menos; y ayudar a los que al ganar menos caen en la indigencia. Le oí decir muchas veces a mi hermano banquero: “Cuando baja la bolsa, tú y yo dormimos lo mismo, pero alguien duerme esa noche debajo de un puente.” Ese es el gran reto de nuestro tiempo.