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“¡Demasiado tarde!
¡La flecha ya abandonó el arco!”

Imagen subyugante. Veo al arquero en posición de tiro sosteniendo el arco vertical con firmeza certera. Veo al Maestro que ha querido intervenir en el último momento con una corrección final. Veo la flecha, que hace un instante estaba inmóvil en tensa expectativa, volar ya disparada hacia el blanco lejano. Y oigo la exclamación, que es a un tiempo pena y reproche en el entrenamiento exigente. ¡Demasiado tarde! ¡La flecha ya salió!

La reacción ha de ser instantánea para ser eficaz. Un segundo de espera y ya salió la flecha. Una duda y se perdió la oportunidad. Una dilación y desapareció para siempre la frescura del momento. La flecha no espera. La ocasión se agarra al vuelo. Han de estar alerta todas las neuronas del cerebro y todas las fibras del cuerpo para saltar al instante y responder al reto. El retraso es la muerte.

¿Por qué somos tan lentos? ¿Por qué se nos escapan las ocasiones de las manos? ¿Por qué se nos ocurre la respuesta ingeniosa cuando acabó la conversación; por qué vemos la solución solo cuando ha pasado la crisis? Si lo vemos tan claro ahora, ¿por qué no lo vimos entonces? Si tenemos la capacidad de pensarlo ahora, ¿por qué no se nos ocurrió cuando tan bien hubiéramos quedado si lo hubiéramos dicho? ¿Por qué se nos hace tan difícil la espontaneidad a pesar de saberla tan atractiva? ¿Por qué se nos escapa la flecha?

Porque estamos bloqueados por dentro. Todos tenemos la capacidad de ver y sentir, responder y satisfacer con una intervención original en el momento requerido. Pero estamos tapiados por dentro con mil tapias que impiden la reacción y retrasan el efecto. Timidez, miedo, ansiedad, necesidad de quedar bien, dudas de nosotros mismos, complejo ante otros y perfeccionismo a nuestros propios ojos. Y pulimos y pensamos y cavilamos y esperamos…, y vuela la flecha antes de que podamos hacer nuestro comentario. Y ríe el Maestro. ¡La flecha ya abandonó el arco!

Yo a veces me siento como si estuviera atado en nudos por dentro. Deseo de hacerlo bien, de no herir a nadie, de satisfacer a todos, de estar a la altura, de dar en el clavo. Todos son nudos bien atados. Y mientras están allí esos nudos, sé muy bien que no podré intervenir oportunamente ni hacerme justicia a mí mismo ni a nadie. Y también sé muy bien que en el momento en que se desaten esos nudo, despertaré por dentro de repente, me sentiré a gusto, estaré ocurrente, diré felizmente todo lo que quería y sabía decir, y quedaré yo satisfecho y todos conmigo.

Sigo trabajando para quitar nudos. Merece la pena. La espontaneidad es la sal de la vida. ¡Que no se me vuela a escapar la flecha!