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atrás - OS CUENTO - 01/05/08

 

[Citas de Isabel Allende en su libro El Oficio de Contar, El Corte Inglés, 2007.]

“Al final de los años setenta yo trabajaba en Venezuela en un colegio para chiquillos fregados (creo que ahora los llaman niños con problemas de aprendizaje…). Un día faltó una maestra de música y me mandaron a cuidar la clase. Me encontré encerrada en un cuarto con veinte salvajes fuera de control que brincaban y se daban de golpes con las flautas y los violines. Estaba yo a punto de huir, aterrorizada, cuando se abrió la puerta y entró una mujer gorda, olorosa a jabón, provista de un balde y una escoba. Supongo que venía a limpiar, pero al ver la situación decidió intervenir y, sin alzar la voz, en un tono tranquilo y amable, dijo: ‘Había una vez…’. De  inmediato se calló el clamor y el aire pareció detenerse. Ella repitió esas tres palabras: ‘Había una vez…’ ¡Y los conquistó! Los monstruos se sentaron en absoluto silencio cuando ella comenzó a contarles un cuento. Esa mujer tenía el don de narrar. No recuerdo el relato, pero recuerdo que estuve prendida de sus palabras, atrapada en el suspenso, el ritmo, los personajes, el argumento. Nos cautivó por igual a los veinte chiquillos hiperactivos y a mí. Eso es lo que intento con cada uno de mis libros: coger a mi lector por el cuello y no soltarlo hasta la última línea.
‘Había una vez…’. Esas palabras son mágicas. Las historias han acompañado a la humanidad desde el comienzo de los tiempos. Algunas, contadas una y otra vez, describen nuestro viaje por la vida y la muerte y se convierten en mitos; el Jardín del Edén, la diosa madre, el diluvio que cubrió el planeta, los héroes en busca del Padre, la lucha entre el Bien y el Mal, los actos de valor, los amores contrariados, los sacrificios necesarios, las batallas contra los dragones de nuestra propia alma. Los grandes temas se repiten innumerables veces, solo podemos tejer nuevas versiones, pero un narrador hábil puede recrear la historia con el encanto de la primera vez.” (p. 12)

“Cuando era niña, me castigaban por decir mentiras; ahora que vivo de estas mentiras me llaman escritora.” (20)

“Escribo mucho, escribo siempre, porque siento que no me alcanzará la vida para contar todo lo que deseo contar.” (23)

“Me crié en una casa donde las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros. Los libros se reproducían de modo misterioso, se multiplicaban como una maravillosa jungla de papel impreso. En la noche, me parecía oír desde mi cama a los personajes que escapaban de las páginas y vagaban por las oscuras habitaciones. Caballeros, doncellas, brujas, piratas, bandidos, santos, y cortesanas llenaban el aire con sus aventuras. Una madrugada, durante uno de nuestros famosos terremotos, las estanterías se vinieron al suelo con terrible estrépito. Horrorizada, comprendí que los personajes no podrían encontrar el camino de regreso a sus páginas y se verían forzados a buscar refugio en el primer volumen a su alcance. ¿Se imaginan la confusión, el caos, el descalabro del tiempo y del espacio literarios? La imagen de esos personajes exiliados de su propio libro me ha perseguida desde entonces. A veces imagino que esos seres perdidos acuden a mí para que escriba una historia en la que ellos puedan sentirse a gusto.” (4)

“¿Qué es un libro antes que alguien lo abra y lo lea? Solo un atado de hojas cosidas por el canto. Son los lectores quienes le instilan el aliento de la vida.” (5)

“No escojo el tema. El tema me escoge a mí.” (8)   

“Como dice mi nieta, yo recuerdo lo que nunca ocurrió.” (10)

[Citas del libro Platón y un ornitorinco entran en un bar de Thomas Cathcart y Daniel Klein, Planeta, Barcelona 2008.]

“Era otoño y los indios de la reserva le preguntaron a su nuevo jefe si el invierno iba a ser muy duro. Educado en los métodos del mundo moderno, al jefe no le habían enseñado los viejos secretos y no tenía modo alguno de saber si el invierno iba a ser frío o no. Para curarse en salud, aconsejó a la tribu que hiciera un buen acopio de madera y  se preparara para un invierno frío.
Algunos días después, tuvo la ocurrencia tardía de pedir consejo práctico, llamó al servicio de meteorología nacional y les preguntó se predecían un invierno muy duro. El meteorólogo le respondió que, efectivamente, creía que el invierno iba a ser duro. El jefe aconsejó a los miembros de la tribu que fueran a buscar mucha más leña.
Un par de semanas después, el jefe llamó de nuevo al servicio meteorológico.

- ¿Le sigue pareciendo que el invierno va a ser duro? – preguntó el jefe.
- Naturalmente –respondió el meteorólogo–. Va a ser un invierno francamente duro.

El jefe instó a los miembros de la tribu a que recogieran cualquier rozo de madera, por pequeño que fuera. Un par de semanas después, el jefe llamó a los meteorólogos y les preguntó cómo les parecía entonces que iba a ser el invierno. El técnico le dijo:
- Nuestra previsión actual es que será uno de los inviernos más fríos de todos los tiempos.
- ¿De verdad? –preguntó el jefe–. ¿Cómo están tan seguros?
A lo que el meteorólogo replicó:
-   ¡Los indios están recogiendo leña como locos!” (p. 51)

“El sacristán de la catedral de Königsberg ajustaba la hora del reloj observando el momento en que Kant pasaba enfrente de ella. Lo que nadie sabía es que Kant ajustaba su reloj con el reloj de la catedral al pasar enfrente de ella.” (84)

“John Lennon: ‘En el principio fue Elvis…’.” (10)

“Cuando le preguntaron si creía en el libre albedrío, el novelista del siglo XX Isaac Bashevis Singer respondió, con cierta ironía, ‘No tengo otra elección’.” (29)

“Discípulo: Hay tantas filosofías en competencia… ¿Cómo puedo saber cuál es la verdadera?
Maestro: ¿Quién dice que hay una verdadera?” (35)

“Nietzsche: ‘Dios ha muerto.’ Graffiti a la muerte de Nietzsche: ‘Nietzsche ha muerto’.” (99)

“Una ancianita cristiana sale cada día al porche de su casa y grita: ‘¡Alabado sea Dios!’ Y cada mañana, su vecino al ateo de la puerta de al lado, le responde gritando: ‘¡Dios no existe!’.
La anécdota se repite durante semanas enteras. ‘¡Alabado sea Dios!’ – grita la dama. ‘¡Dios no existe!’, responde el vecino.
Con el paso del tiempo, la señora empieza a tener dificultades económicas y casi no le llega el dinero para comer. Cuando sale al porche, le pide a Dios que le ayude con la compra y luego dice: ‘¡Alabado sea Dios!’ A la mañana siguiente, en cuanto sale al porche, se encuentra con unas bolsas con la comida que le había pedido a Dios. Naturalmente, grita: ‘¡Alabado sea Dios!’ El ateo aparece de detrás de una mata y le dice: ‘¡Y un cuerno! Esta comida la he comprado yo. ¡Dios no existe!’ La ancianita le mira y se sonríe. Grita: ‘¡Alabado sea Dios! No sólo me has conseguido la comida, Señor, sino que además has hecho que la pagara Satanás’.” (111)

“Un irlandés entra en el pub y pide tres pintas de Guinness. Se las coloca delante y las va bebiendo un sorbo de cada una por turno. Le explica al barman que tiene un hermano en Australia y otro en América y prometieron beber siempre así, y los tres lo hacen, cada uno en su país. El barman queda impresionado ante el amor ejemplar de los tres hermanos.

Un día el irlandés llega al bar y pide sólo dos cervezas. El barman le da el pésame y le pregunta cuál de sus dos hermanos ha muerto, el de Australia o el de América. Él explica: ‘No, no. Los dos están bien, gracias. Lo que pasa es que yo me he hecho mormón y he dejado de beber’.” (37)