“A continuación el Espíritu lo impulsó al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo, y los ángeles le servían.” (Marcos 1:12-13)
Los ángeles están haciendo lo que más les gusta hacer: servir a Jesús. Está en el desierto, está ayunando, está en medio de animales, está siendo tentado por Satanás. Pero también está rodeado de ángeles que le sirven. Los ángeles contemplan a Jesús, adoran su majestad, siguen sus pasos, anotan sus palabras, y sobre todo cuidan sus días y noches y velan por su seguridad. Respetan su ayuno, pero custodian su soledad.
Satanás, que al fin y al cabo es un ángel en origen, conoce esos cuidados, y los usa precisamente para tentar a Jesús:
“Entonces el diablo lo lleva consigo a la Ciudad Santa, lo pone sobre el alero del Templo, y le dice: ‘Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará y te llevarán en sus manos, para que no tropiece tu pie en piedra alguna.’ Jesús le dijo: ‘También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios’.”
Los ángeles te recogerán. Puedes tirarte de la torre sin miedo. Sí, pero no porque tú me lo digas. La protección de los ángeles está garantizada, pero no para ser abusada. No hay que tentar a Dios. Ni hay que tentar a sus ángeles. Ahí aprendo yo un principio importante para mi trato con ellos. No abusar. Si el no abusar es siempre señal de buena educación, más lo ha de ser con respecto a los ángeles. No tirarme de cabeza porque sepa que ellos me agarrarán: no descuidar mi paso porque sepa que ellos no me dejarán tropezar; no dejar de pensar porque confíe en que ellos me inspirarán. También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.
Los ángeles están a mi lado para ayudarme a ayunar cuarenta días si hace falta, no para hacer que las piedras del desierto se me conviertan en pan. El saber que están a mi lado me da ánimo para ayunos y vigilias, para firmeza en tentaciones y claridad en determinaciones, para conciencia en responsabilidades y apertura en caridad. Saber que ellos me ven, me ayuda a portarme bien; y saber que ellos me defenderán, me anima a arriesgarme en caminos de acción y de justicia. Ellos vigilan.
La vida es un desierto, y bien lo sabemos. Desierto de arena y sequedad, de hambre y sed, de inmensidad y soledad. Dunas de duda y tormentas de tentación. Solos frente a la vida en su extensión árida todo alrededor. Espejismos de ilusión y de angustia. ¿Cómo resistir a la prueba del desierto, cómo hallar camino en la monotonía de las arenas, cómo mantener la esperanza en la prolongación repetida de sus días y sus noches?
Tenemos a los ángeles. Sabemos que están aquí, al lado, alerta a nuestra presencia, dispuestos a intervenir, sirviéndonos sigilosamente en la prueba de la perseverancia. Dios ha enviado a sus ángeles. Con ellos nuestro desierto se hace lugar de gracia como se hizo para Jesús.
Gracias, ángeles queridos, por haber servido a Jesús en el desierto.
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