Las autobiografías nos enseñan mucho –que es por lo que yo las leo– y cuando un hijo (Jean Renoir) cuenta la vida de su padre (simplemente Renoir), el libro se convierte en autobiografía suya y biografía de su padre, con valor doble. Y además la cuenta con mucha gracia. Renoir fue genial como pintor, y no menos genial como persona. A mí me ha inspirado. Algunas pinceladas:
“Mi padre me confirmó la anécdota del crítico de arte que se paraba a su espalda cuando estaba pintando, lo observaba largo y tendido en sus bocetos, y le decía: ‘Es usted muy hábil y tiene muchas dotes, pero parece como si usted pintara sólo para pasarlo bien.’ ‘Por descontado –respondió mi padre– ¡Si no me lo pasara bien no pintaría!’.”
(Renoir, Mi Padre, Alba, Barcelona 2007, p. 103.)
“Cézzane había abandonado la esperanza de que se interesaran por él los entendidos. Seguía pintando y contando con ‘la posteridad, que esa sí que no se equivoca.’ Un día llegó radiante al estudio que mi padre compartía con Monet. Exclamó: ‘¡Le gusto a alguien!’ Cézzane volvía a pie de la estación de Saint-Lazare, de regreso de ‘la caza del tema’ en Saint-Nom-la-Brètèche, con el paraguas metido debajo del brazo. Un joven lo paró y le pidió que le enseñase el cuadro. Cézzane apoyó el cuadro contra la pared de una casa, bien a la sombra para evitar reflejos. El desconocido se deshizo en elogios, sobre todo al ver el verde de los árboles. ‘¡Se nota el fresco que dan!’ Y Cézzane, en el acto: ‘Si le gustan mis árboles, lléveselos.’ ‘No puedo pagarlos.’ Cézzane insistió y el aficionado se fue con el cuadro bajo el brazo, dejando al pintor tan dichoso como se sentía él. (111)
“Mi padre y sus amigos pintores estaban cayendo en la cuenta de que el mundo, bajo su aspecto más trivial, es una constante magia. ‘Dame un manzano en un jardín de los arrabales. ¡Me basta y me sobra! ¿Para qué quiero las cataratas del Niágara?’” (120)
“Cuando mi padre pintaba, lo que pintaba se apoderaba de él de forma tal que ya ni veía ni oía lo que sucedía a su alrededor. Un día Monet se quedó sin cigarrillos y le pidió algo que fumar. Como no le contestaba, le rebuscó en el bolsillo donde sabía que mi padre metía el paquete de tabaco. Al inclinarse, cosquilleó con la barba la mejilla de mi padre, que fijó una mirada ida en aquel rostro que tenía a escasos centímetros, sin asombrarse en absoluto. ‘Ah, eres tú’, y siguió con el movimiento del pincel que apenas había interrumpido. En el bosque de Fontainebleau pasaba otro tanto con los animales. Los ciervos y las corzas son tan curiosos como los humanos. Se habían acostumbrado a aquel visitante callado, casi inmóvil ante el caballete y cuyos ademanes parecían acariciar la superficie del lienzo. Durante mucho tiempo, mi padre no sospechó siquiera su presencia. Cuando retrocedía para valorar un efecto, había una desbandada. Fue un roce de pezuñas en el musgo, que acompañó una de esas retiradas, lo que le descubrió el comportamiento de aquellos animales. Los tenía pegados a la espalda.” (122)
“Un día exclamó: ‘¡También pintamos para el transeúnte desconocido que se detiene ante el escaparate de un marchante y siente dos minutos de placer al mirar uno de nuestros cuadros!’” (152)
[Sonrío. Renoir pintó para mí.]
“Otro compañero de las veladas de la calle de Saint-Georges era Lhote. Estaba empleado en la agencia Havas y fue a ver a mi padre porque le gustaba la pintura. Mi padre sintió una auténtica amistad por aquel hombre tan diferente de él. Lhote le correspondía con una gran devoción. Hicieron varios viajes juntos, uno de ellos a la isla de Jersey en Inglaterra, donde se quedaron varias semanas, uno pintando y el otro mirándolo pintar y tirando los tejos a las faldas que servían de ornato a la pequeña ciudad. Se alojaban en casa en un pastor inglés. Lhote era muy miope. Un día en que estaba requebrando a la hija del pastor, una linda rubia de dieciocho años, esta le propinó un empujón tan violento que se le cayeron las gafas y no pudo dar con ellas. Llegó a tientas a la habitación contigua para pedir auxilio a mi padre, que estaba tomando café con el pastor. La habitación era oscura y Lhote no veía ya nada de nada. El pastor se puso en pie para ayudarlo. Lhote tropezó con él y pensó que era la hija. Lo estrechó lánguidamente en sus brazos y empezó a besarlo apasionadamente creyendo que besaba a la hija. El buen hombre, pasmado, no podía sino repetir: ‘Please, please misterLhote, en Inglaterra no nos besamos entre hombres.’ Al día siguiente, la hija del pastor se llevó a Lhote hasta un rincón del jardín y le plantó un beso en la boca. ‘¿No le parece que resulta más agradable que con mi padre?’” (171)
“Mi padre descubría el mundo una y otra vez, en cada minuto de su existencia, cada vez que sus pulmones inhalaban una bocanada de aire fresco. Podía pintar cien veces a la misma muchacha, el mismo racimo de uvas; cada nuevo intento era para él una revelación maravillada. [A su hijo Jean, que escribe, lo pintó literalmente cientos de veces.] La mayoría de los adultos han dejado de descubrir el mundo. Creen que lo conocen y se limitan a las apariencias. Ahora bien las apariencias acaba uno de explorarlas enseguida. De ahí esa plaga de las sociedades modernas, el aburrimiento. Los niños sí que viven asombros renovados. Una expresión imprevista del rostro de la madre les sugiere la existencia de infinitos pensamientos misteriosos, de sensaciones inexplicables. A mi padre le gustaban tanto los niños porque compartía con ellos esa capacidad de apasionada curiosidad.” (189)
“Un día estaba yo intentando laboriosamente tocar a primera vista al piano una sonata de Mozart. Mi padre me interrumpió, preocupado. ‘¿De quién es eso?’ ‘De Mozart.’ ‘Me dejas más tranquilo. Me gusta, y por un momento temí que fuera de ese imbécil de Beethoven.’ Y al manifestarle yo mi asombro por el adjetivo, explicó: ‘Beethoven habla de sí mismo de forma indecente. No nos ahorra ni sus penas sentimentales ni sus malas digestiones. Y a mí me dan ganas de decirle: ‘¿A mí qué me importa que usted sea sordo?’.” (204)
“Mi padre contó en sus notas esta anécdota: ‘Le regalaron un cuadro de autor a uno de mis amigos, que estaba encantado de tener ese cuadro indiscutido en el salón y se lo enseñaba a todo el mundo. Un día viene a mi casa… estaba exultante de alegría. Me confesó ingenuamente que hasta aquella mañana no había comprendido por qué el cuadro era hermoso; que, hasta entonces, se había limitado a seguir a la gente y a admirar la firma. Mi amigo acababa de convertirse en alguien que disfrutaba.’” (225)
“Otro apunte: ‘Nunca dejé de pintar ni un día. O al menos, de dibujar. Hay que conservar la mano.’” (244)
“Otro: ‘Cuando ves a Velázquez, se te quitan las ganas de pintar. ¡Te das cuenta de que todo está ya dicho!’” (260)
“La idea de ir a dar a luz a una clínica les parecía bárbara a los franceses de entonces. El niño tenía que nacer rodeado de las sensaciones, de los olores, de los ruidos familiares. Su cerebro, maleable aún, tenía que adecuarse a los hábitos e incluso a los defectos y las supersticiones de los suyos. Una criatura que tomase contacto con el mundo a través de las frías ventajas de una clínica corría el riesgo de convertirse en un ser anónimo y de no heredar los dolores de cabeza de mamá o la afición a los viajes de papá. Mi padre era partidario de los nacimientos en casa porque las clínicas le parecían feas. ‘Abrir los ojos por primera vez y ver una pared blanqueada, ¡qué desastre!’” (263)
“Nunca me castigó por haberme portado mal mientras posaba para un cuadro. ¡Y eso que Dios sabe que me porté fatal muchísimas veces! Decía: ‘Le cogería manía a venir al estudio. ¡Sobre todo no le digáis nada!’ Cuando había sido muy bueno, y mi padre, merced a esa docilidad, había adelantado mucho en el cuadro, no quería que me premiaran. Aborrecía la idea de convertir la vida de un niño en una constante competición para conseguir premios al mérito. No quería que me dieran dinero por haber hecho una tarea. Hacer un favor con la esperanza de recibir un salario le parecía infame. ‘Siempre se enteran demasiado pronto de que el dinero existe.’ Habría querido que no nos cupiera en la cabeza la posibilidad de que algunas cosas como la ayuda al prójimo, la amistad, el amor, pudieran venderse. Más adelante, en el internado, movido por el ejemplo de mis compañeros que ‘comerciaban’, le vendí un lápiz a uno de ellos. Todo ufano, pues me había parecido entender que por esa ley se regía este mundo, alardeé de ello en casa. Para mayor sorpresa mía, me libré de milagro de una azotaina. Tuve que devolver el dinero al comprador e incuso regalarle una pistola que me acababa de regalar a mí mi padrino Georges. Ese temor de nuestros padres a vernos convertidos en ‘comerciantes’, sumado al conocimiento que teníamos de las generosidades y de las frugalidades de nuestro padre, nos inculcó a mis hermanos y a mí una noción definitiva de la relatividad de los valores basados en el dinero.” (380)
“Otra diferencia que me distanciaba de mis condiscípulos era su actitud en lo relacionado con las cuestiones sexuales. Ver fotografías en que aparecieran mujeres desnudas los sumía en un estado de excitación que yo no conseguía entender. Se las prestaban a escondidas y se encerraban en el retrete para contemplarlas durante mucho rato. Algunos se masturbaban ferozmente ante esas representaciones de un paraíso muy terrestre, pero aún lejano. Los curas aumentaban el interés de esas estampas al rebuscarlas, confiscarlas y castigar a los poseedores. Yo no sabía qué pensar. Desde que nací había estado viendo a mi padre pintar a mujeres desnudas, y esa desnudez era para mí un estado natural. Mi indiferencia me valió una reputación de estar de vuelta de todo, totalmente inmerecida ya que para mí en aquello no había misterio. Supe desde muy pequeño que los niños no nacían en las coles. Y era de una inocencia pasmosa.” (400)
“Mi padre sabía que la corrupción es inherente al poder; o, peor aún, la estupidez. Desde que tengo memoria, mi padre vivió apartado no solo de cuanto era oficial, sino de cuanto estaba organizado. Admitía que existieran gobiernos, compañías de ferrocarriles, periódicos y la Academia de Bellas Artes. También admitía que lloviera. Pero, salvo cuando la lluvia le caía encima, prefería olvidarse de que existía, como se olvidaba del reuma cuando no lo hacía gritar de dolor. En cuanto había un comité y unos señores de cuello postizo discutiendo alrededor de un tapete verde, mi padre ya no creía en ese invento.” (404)
“Cuanto más intolerable era el sufrimiento de sus últimos días, más pintaba mi padre. Las noches eran espantosas. Estaba tan flaco que el menor roce de la sábana lo llagaba. Con la excepción del pincel, no podía sujetar ya casi nada con las manos. ‘No puedo ni rascarme.’ Seguía pintando en silla de ruedas. Le teníamos que alcanzar los pinceles. ‘Ese… no… ese otro…’. Llegó a pintar con el pincel atado al brazo. Alargaba el brazo y humedecía el pincel en la esencia de trementina. Hacer ese gesto le dolía. Esperaba unos segundos, como si se estuviera preguntando: ‘¿No será demasiado trabajoso? ¿Por qué no renunciar?’ Una ojeada al tema le devolvía el coraje. Sonreía y nos guiñaba un ojo para tomarnos por testigos de la complicidad que acababa de crear entre esa hierba, esos olivos y ese modelo y su propia persona. Al cabo de un instante, canturreaba mientras pintaba. Empezaba para él un día dichoso, tan maravilloso como el anterior o como el siguiente.” (437)
“Ya no salía del dormitorio por una infección pulmonar. Pidió la caja de colores y los pinceles y pintó unas anémonas que fue a coger Nénette, nuestra encantadora criada. Durante varias horas, se identificó con esas flores y olvidó sus dolencias. Luego hizo una seña para que le quitasen el pincel y dijo: ‘Me parece que estoy empezando a entender algo.’ Murió durante la noche.” (439)