“¿Hasta cuándo..., hasta cuándo..., hasta cuándo?”
El grito repetido del alma en espera. ¿Cuánto tiempo me queda, cuánto he de esperar, cuánto tardará? ¿Cuánto me costará aprender a orar, dominar mi genio, llegar a la madurez, conseguir la paz?
He empleado ya tantos años, tantos esfuerzos; he hecho tantos propósitos y malgastado tantas gracias; he dejado pasar tantas ocasiones y retrocedido tantas veces... que te explicarás por qué me impaciento y pregunto y vuelvo a preguntar:
“¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?”
Sueño con una fecha futura, con un salto adelante, con una victoria decisiva. He oído hablar de “conversión”, “segunda conversión”, “iluminación”, “liberación”, “samadhi”, “satori”, que son palabras que los humanos usamos para describir la experiencia de encontrarte a ti o encontrarse a sí mismo, el paso definitivo que libera al hombre en la tierra, le hace abrir su alma a ti y sus brazos al mundo entero, y lo consagra en amor y libertad como ser humano realizado en su esperanza y en su fe.
Sé que hay un momento de gracia en la vida de la persona, en que el cielo se abre y se oye una voz y las alas de una paloma se agitan en el aire, y la vida cambia por entero, se abre una visión nueva y se avanza para siempre con el poder del Espíritu. Lo sé, pero no lo he sentido. Todavía estoy haciendo cola a orillas del Jordán.
“¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?”
Y entonces escucho tu respuesta: ¿Para qué preguntas que hasta cuándo? ¿No caes en la cuenta de que ya estoy contigo, de que mañana es hoy, el futuro es ahora, mi gracia está en ti, el mundo está ya redimido y mi Reino ha llegado? La gracia es la gloria, y la lucha es la victoria. No sueñes con días por venir, disfruta el amanecer de hoy. Aprecia lo que posees y trabaja con lo que tienes. Ya eres libre: Muéstratelo a ti mismo y al mundo, y habrás hecho tu contribución a la libertad de la raza humana. Aprende el secreto; conseguir la liberación es saber que ya eres libre. Mi Hijo ha muerto por tu libertad, y yo he aceptado su muerte al levantarlo de entre los muertos. Si crees en su muerte y su resurrección, crees en tu propia liberación; proclama tu fe mostrándola en tu vida.
¡Creo, Señor! Creo que he recibido el Espíritu Santo y poseo sus dones. Me esfuerzo ahora por combinar en mi vida los dos movimientos vitales de poseer y esperar, pedir y recibir, darle las gracias al Espíritu por estar ya en mí, y seguir pidiendo a diario; “Ven, Espíritu Santo”; apreciar lo que tengo y esperar tener más; vivir el presente y abrazar el futuro; regocijarme en la plenitud que ya poseo y entrever la nueva plenitud que aún he de recibir; combinar el cielo y la tierra, la promesa y el cumplimiento, el tiempo y la eternidad. Feliz combinar que forma mi vida.
Tú me entiendes bien, Señor, y entiendes este doble movimiento en mi alma, el anhelar y el descansar, la sed y la satisfacción, la impaciencia y la felicidad. Tú eres, Señor, quien acusa los dos movimientos; tú quieres que pida y que dé gracias, que me sienta feliz con lo que tengo y que aprenda a pedir más, que viva en satisfacción y en esperanza. A las dos corrientes me entrego, Señor, bajo tu inspiración y con tu gracia.
Esa es la lección viva que aprendo en este Salmo que comienza por quejarse, “¿Hasta cuándo?”, y acaba proclamando:
“Yo confío en tu misericordia;
alegra mi corazón con tu auxilio,
y cantaré al Señor
por el bien que me ha hecho”.
Así lo haré, Señor, de todo corazón.
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