“Manoaj dijo entonces al ángel de Yahvé: ‘¿Cuál es tu nombre para que, cuando se cumpla tu palabra, te podamos honrar?’ El ángel de Yahvé le respondió: ‘¿Por qué me preguntas mi nombre? Es misterioso.’” (Jueces 13:17-18)
Saber el nombre de alguien es ejercer algún poder sobre él. El nombre revela la persona, la identidad, el linaje. Y cuanto más nos adentramos en el misterio del ser y nos acercamos a Dios, fuente de todo ser, más escasos se hacen los nombres. El silencio de la palabra acompaña al misterio de la fe.
Los ángeles no revelan sus nombres. Solo lo hacen Rafael y Gabriel al presentar sus credenciales necesarias en embajada oficial. Los demás ángeles se callan, y haremos bien en respetar su silencio. Yo entiendo que el respeto a mi ángel es condición para la intimidad. Familiaridad sí, y confianza y cercanía de todos modos; pero también respeto y distancia y misterio. Nunca le pregunto su nombre. Estudio delicadamente tratados teológicos sobre ángeles, enciendo la imaginación y dibujo perfiles en mi mente; pero no invento caprichos ni aireo fantasías ni aliento ligerezas. Y siento pena cuando veo que otros lo hacen. La amistad con los ángeles no se fuerza con métodos y sistemas de aproximación programada, sino con respeto y dignidad y espera. La confianza de un ángel no se gana con preguntarle el nombre sino con tener la educación de no preguntárselo. El nombre guarda el misterio.
Querer saberlo todo puede ser el camino de no llegar a saber nada. La curiosidad inicial nos abre al conocimiento, mientras que la curiosidad entrometida nos cierra sus puertas. El mundo del espíritu es celoso de su misterio. Los ángeles nos comunican lo necesario, y guardan en el secreto los detalles de sus vidas y las listas de sus nombres. No hay directorio angélico de distribución multicopiada. Ignoramos más de lo que sabemos porque lo que sabemos es necesario para nuestro adelanto, y lo que ignoramos es igualmente necesario para nuestra humildad. Sepamos guardar el equilibrio.
Por eso el ángel de Yahvé no revela su nombre a Manóaj, y solo le añade una explicación: “Es misterioso.” El encanto del ángel está en su misterio. Me fascina porque nunca acabo de conocerlo. Siempre guarda la sorpresa, la novedad el rasgo oculto, la salida inesperada. Eso hace de cada visita una alegría y de cada encuentro una aventura. Nunca sé cómo acabará lo que él empieza, y eso da emoción a sus intervenciones. Respetar los misterios del cielo es la mejor manera de comenzar a percibirlos desde la tierra.
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