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atrás - OS CUENTO - 01/04/10
 
 

Un gran amigo mío durante muchos años en la India acaba de fallecer, y quiero rendirle tributo. Era el profesor P. C. Vaidya, jefe del departamento de matemáticas en la Universidad Estatal del Guyarat. Brahmán, intelectual, maestro, comunicador, escritor, fundador de la primera revista de matemáticas en una lengua vernácula de la India, alma y vida de la introducción de la ‘nueva matemática’ de mediados del siglo pasado en la India. En una ocasión yo le invité a dar una charla en nuestra Universidad de San Javier, y al presentarle ante nuestros profesores y alumnos dije: ‘Si yo hubiera hecho por el Evangelio lo que este señor ha hecho por las matemáticas, yo sería un santo.’ ¿Qué fue lo que me hizo decir eso?

Yo tuve la suerte de estudiar en la Universidad Loyola de Madrás en el último curso de la carrera de ciencias exactas la asignatura del Álgebra Moderna que comenzaba a extenderse entonces por Europa y acababa de llegar a la India de manos de un jesuita francés, el padre Charles Racine que fue mi profesor. Siempre se presentaba con el intento de chiste de que no era ni álgebra ni moderna, pero hacía furor por entonces. Teoría de conjuntos, grupos, anillos, cuerpos, matrices, espacios vectoriales eran temas que andaban ya por revistas especializadas del ramo pero que todavía no habían llegado a las aulas. Racine puso en mis manos la célebre Théorie des Ensembles de Nicolás Bourbaki que yo disfruté con avidez, y los matemáticos saben de qué hablo porque Bourbaki nunca existió pero revolucionó el gremio.

Cuando llegué a Ahmedabad a enseñar matemáticas en nuestra Universidad de San Javier, la asignatura no existía allí ya que, como nos había dicho el mismo Racine textualmente, ‘la palabra “conjunto” (ensemble) no se ha pronunciado todavía en clase en la India’, aunque eso ahora parezca imposible. Para introducir la nueva asignatura, Vaidya, que sabía que yo venía de graduarme en ella en Madrás, me pidió a mí que en las vacaciones de aquel verano (el mes de mayo allí que corresponde al calor de agosto aquí) dirigiera yo un curso de Álgebra Moderna para profesores de postgrado, para que así, yendo de arriba abajo, la nueva asignatura fuera pasando de profesores de postgrado a profesores de universidad y así sucesivamente a colegios y a escuelas hasta filtrarse año a año a todos los niveles por todo el estado. Así fue como me encontré yo dando clase a los profesores de postgrado antes de haber dado ni una sola clase a los alumnos. Eso me introdujo a mí de pie en la Universidad Estatal. En la primera clase les cité con toda malicia el libro de Nicolás Bourbaki como el primero en la bibliografía para el curso, sabiendo perfectamente que ninguno de ellos sabía francés. Me sonreí malvadamente cuando vi a los buenos profesores escribir cuidadosos en sus cuadernos Théorie des Ensembles pensando en que ninguno de ellos iba a poder leer el tal libro. Alguna ventaja tenía que tener uno, y un pequeño truco siempre viene bien para ganar autoridad. A Vaidya le debí siempre esa generosa introducción en la Universidad.

Mayo es el mes de los termómetros en Ahmedabad y yo sudaba copiosamente al ir en bicicleta todos los días en temperaturas de 42º con mi sotana blanca arremangada torpemente sobre la bici al Guyarat College donde se tenía el curso, pero mereció la pena. Si yo sudaba corporalmente, a ellos les hice sudar mentalmente. Todos aprendían con entusiasmo los nuevos conceptos y teoremas y problemas para poder pasar pronto a explicarlos ellos mismos en sus clases. Un día les pedí en clase a mis aventajados alumnos que me propusieran un ejemplo matemático de una relación binaria que fuera simétrica y transitiva, pero no reflexiva, y prometí de premio un caramelo que llevaba en el bolsillo y que puse sobre la mesa. El profesor A. R. Rao, ilustre decano de geometría, levantó la mano, yo le invité a venir al tablero, él expuso su ejemplo y yo les pregunté a los demás profesores si estaban de acuerdo con él. Todos dijeron que sí. Pero entonces pasó algo intrigante. Yo me había retirado al fondo de la clase detrás de todos ellos, y aunque la demostración del profesor y el consenso de todos eran arrolladores, yo sentí dentro de mí mismo que el ejemplo no era correcto. Algo fallaba en él. Yo estaba seguro. ¡Pero yo no sabía qué era lo que fallaba! Es decir, todo mi cuerpo y mi cabeza y mi alma y mi ser entero protestaban que aquello estaba mal, yo lo sentía en mis venas y en mis neuronas y en todos mis huesos, pero no tenía ni idea de cuál era exactamente el fallo concreto en el argumento que parecía perfecto. Y algo tenía que decir yo. Fue un ataque de angustia científica existencial que se apoderó de mí y me inmovilizó por un momento. Ejemplo vivido en toda su intensidad por mí de que no es solo el cerebro aislado el que entiende y asimila y razona y ‘sabe’ sino el cuerpo entero. Aquí mi cuerpo vibraba con la negativa, mientras que mi razón no encontraba la causa. Perplejidad total.

Menos mal que el aula era larga y yo avancé desde el fondo hacia al frente despacio, muy despacio, midiendo cada paso para retrasar en lo posible el momento de la verdad. ¿Qué iba a decir yo? ¿Cómo podía yo darle el caramelo al profesor Rao si yo sabía íntimamente y visceralmente que el ejemplo era falso? ¿Pero cómo podía yo decir que era falso si no podía demostrar su falsedad? Llegué a la tarima. Subí. Me volví hacia la clase, y en aquel mismo instante me saltó la chispa en el cerebro. Ya sabía yo por qué el ejemplo era falso. Me sonreí a mí mismo y a mis oyentes que no sabían lo que les esperaba. Pregunté a la clase: ‘¿Le damos el caramelo al profesor Rao?’ Todos dijeron, ‘¡Sí!’ Yo tomé el caramelo, jugué con él un momento deleitablemente cruel en mis manos, y luego dije despacio: ‘Lo siento muchísimo por dos razones. Por tener que estar en desacuerdo con todos ustedes, y porque aprecio al profesor Rao como matemático y como amigo. Pero el ejemplo es falso.’ Se hizo un silencio incrédulo y expectante. Yo me volví al tablero. Escribí las ecuaciones que demostraban el defecto en la prueba presentada por el profesor. La relación era simétrica y no reflexiva, lo cual era correcto, y también parecía ser transitiva y lo era en algunos casos, pero no en todos los casos como debería haber sido, y a mí se me acababa de ocurrir un caso concreto en que no lo era. Ese era el fallo. El profesor Rao se levantó y quiso defender su ejemplo, pero Vaidya le dijo cariñosamente, ‘Siéntate, siéntate, el padre tiene razón.’ Todos lo vieron, y al final él mismo también. Yo me comí el caramelo. Me supo a gloria.

Vaidya y yo nos dedicamos a llevar el mensaje de la matemática moderna de pueblo en pueblo, de colegio en colegio, de clase en clase, con verdadero celo apostólico y con total desinterés económico. Yo recordaba la fama del gran matemático inglés G. H. Hardy (cuya obra yo traduje al guyaratí por encargo de la universidad) que introdujo el rigor en la demostración matemática a lo largo y a lo ancho de toda la Commonwealth a mediados del siglo pasado, y de quien él mismo decía que enseñaba la matemática moderna a los alumnos con el fervor de un misionero predicando la Biblia a caníbales. Algo así hacíamos nosotros dos. Una verdadera misión. Fundamos la primera revista matemática en una lengua india de la que él quiso hacerme a mí el editor, cosa que rehusé diciéndole que yo valía para escribir pero no para hacerles escribir a otros, y en ella publicábamos cada mes él y yo artículos sobre las últimas tendencias, descubrimientos y retos de la matemática moderna.

Yo leía con fruición tres revistas matemáticas sin fallar ni un número. The American Mathematical Monthly, The Mathematical Gazette, The Mathematics Teacher. Las esperaba con deleite concupiscente y las leía con avidez en la biblioteca de la Universidad de donde no debían sacarse. Un día me interesó llevarme una de las revistas a casa para copiar una serie de resultados, y fui a pedirle permiso al bibliotecario para ello. Me contestó: ‘Puede usted llevársela siempre que quiera. Usted es el único que lee esas revistas.’ He disfrutado con esas lecturas tanto como con cualquier otra lectura de todas las que me han ido interesando y fascinando a lo largo de la vida. Temas de literatura, de música clásica, de lenguas y culturas, de historia, de Latinoamérica, de cristología, de Biblia, de san Pablo, de san Ignacio, del Oriente, de Zen, de informática, de autobiografías. Y derivaba entonces tanta satisfacción de animar a mis estudiantes de matemáticas en sus teoremas y en sus exámenes como derivo ahora de animaros a la vida en medio de vuestros problemas y vuestras crisis a quienes me seguís en mis libros y en la Web. Todo de corazón y con alegría e ilusión. Fue una etapa maravillosa en mi vida, y recuerdo mis clases y lecturas y congresos y reuniones de matemáticas con el mismo fervor y gozo con que recuerdo mis ejercicios espirituales y sermones y confesiones y eucaristías y todo mi ministerio sacerdotal. No admito que una actividad sea inferior a la otra. Soy tan persona cuando doy una clase de matemáticas como cuando digo misa. Lo importante es hacer con toda el alma lo que hacemos, y hacerlo por el bien de los demás. Todo es servicio. Todo es alegría. Vaidya, a pesar de ser brahmán que es la casta sacerdotal en la India, y de saberse en consecuencia de memoria las escrituras hindúes en sánscrito, era ateo, y su vida fue mucho más llena y profunda que las de muchos creyentes. Menos mal que para entonces había yo leído ya la célebre frase del teólogo americano Paul Tillich, ‘Quien toma algo decididamente en serio en la vida –sea su fe, su profesión, o su mujer– no es ateo.’ Lo que nos define es la entrega.

Vaidya había escrito un libro de texto sobre Dinámica Matemática que fue un gran éxito entre estudiantes y profesores y vendió varias ediciones. Cuando los programas de la asignatura iban a cambiar con la matemática moderna, el editor del libro se enteró, y como sabía que Vaidya tenía influencia en la universidad, le dijo que consiguiese que el cambio no se llevara a cabo, ya que si se cambiaba el programa, el libro dejaría de publicarse. Vaidya le contestó que era él quien había cambiado los programas. No le interesaba el dinero sino el bien de la educación.

Los exámenes escritos en la universidad los corrigen profesores que cambian cada año, y ni ellos saben de qué alumnos son los exámenes que corrigen, ni los alumnos saben qué profesor corrige su examen. Pero a veces alguien se las arregla para enterarse. Un tal alumno se presentó un día en la casa de un profesor de matemáticas, le dijo que sabía que su examen estaba en sus manos, que le daría el número de su folio, que era verdad que él no lo había hecho bien en el examen, pero le ofrecía una cantidad de dinero si lo aprobaba. El profesor le contestó indignado, ‘¿No sabes que yo soy antiguo alumno del profesor Vaidya?’ Tal era la reputación de mi amigo.

Cuando le vi por última vez le pregunté cuantos años tenía ya. Me contestó con voz firme, ‘Menos doce.’ Es decir, 100 menos 12. Contando de 100 para abajo. 88. Ha muerto a los 93. Estaba bien de salud y de ánimo hasta que su mujer falleció veinte meses antes. La soledad tras tantos años de convivencia lo llevó a su fin en veinte meses. Eran un matrimonio ejemplar. Su hija Smita, discípula mía, me ha comunicado su muerte. He visionado un vídeo en el que hace poco explicaba todavía sus temas favoritos. Me ha emocionado ver su rostro y oír su voz. Vivir con grandes hombres ha enriquecido mi vida. Vaidya fue uno de ellos.