He estado malito. Nueve días de hospital. Me entró un dolor de vientre fuerte por la noche. Pensé que aguantaría y llamaría más tarde durante el día a una pariente doctora para que me viera. Pero el dolor fue tan fuerte que al fin a las 7 de la mañana la llamé. Me dijo cogiera un taxi y fuera directo al hospital en que ella trabaja. La rapidez con que me trataron me salvó. Escáner, rayos X, pruebas de todo, quirófano. Todo en tiempo récord. El cirujano que me operó me dijo después que si hubiera tardado unas horas más lo hubiera pasado muy mal. Llegamos a tiempo. ¿Qué había pasado?
Hace 54 años me operaron en la India de apendicitis. Y este ataque de ahora, aunque parezca mentira, viene de allí. Por cierto que la operación de apendicitis de aquel entonces en el Emery Hospital de Anand en el Guyarat fue divertida. La anestesia no funcionaba y aunque se creyeron que yo estaba anestesiado, no lo estaba y me dolió el primer corte, y a toda prisa me tuvieron que anestesiar echando éter líquido gota a gota directamente de una botella sobre un algodón que me sostenían con la mano debajo de las narices donde se me evaporaba y el olor se notaba en toda la sala. Por poco más quedan anestesiados todos los médicos y enfermeras en el quirófano. Me operó el doctor Cook, célebre cirujano australiano y misionero del Ejército de Salvación, que durante al día operaba en el hospital y por la noche salía con una trompeta a predicar el evangelio. Cuando me ingresaron a mí en su hospital, él ya había salido con la trompeta, me vieron otros médicos y me diagnosticaron cólico hepático. Como todas las camas estaban ocupadas pues el hospital tenía una buena fama bien merecida, me acomodaron en un diván en su despacho y allí quedé solo. A medianoche me vino un dolor fuerte y al querer levantarme para avisar a alguien me caí al suelo y me desmayé. Entonces venía una enfermera a verme, y despertó al doctor Cook. Él vino en pijama, vio lo de cólico hepático en el informe, lo dejó a un lado y no hizo más que una prueba. Me dijo: “Padre [aunque yo no era todavía sacerdote], écheme el aliento.” Me acercó las narices a la boca, me olió, y dijo sin más: “Típico olor de apendicitis aguda. Quirófano número 1 inmediatamente.” Y me salvó la vida. Ojo clínico. Más bien olfato clínico.
Para colmo, después de la operación vino a darme las gracias. Yo le dije que quien tenía que darle las gracias era yo a él, pero me explicó: “Mire usted, yo soy australiano y usted europeo. Nosotros tenemos un apéndice grande. Estos indios, no sé porqué, quizá porque no comen carne, tienen un apéndice muy pequeñito. Hacía tiempo yo no veía un apéndice grande, y al operarle a usted me sentí como en mi tierra, y disfruté mucho. En cuanto saqué su apéndice se lo mostré a todos los médicos y enfermeras que me ayudaban a mi alrededor y les dije: ‘Esto es apéndice, y no lo que ustedes tienen.’ Fue una gozada.” Le contesté que siempre me gustaba dar satisfacción.
No es que la operación hubiera estado mal hecha, pero aun en la mejor operación de vientre pueden producirse luego adherencias, y formar lo que los médicos llaman una brida, que se puede extender de lado a lado y en ella, en algún movimiento brusco en el sueño, quedaron colgados los intestinos y se obstruyeron. Y fue el dolor lo que me salvó. Yo soy bastante sufrido, y me aguanto y no me gusta molestar, y pensé esperar y ya llamaría luego al hospital. Pero el dolor se hizo tan inaguantable que hube de llamar temprano. Y eso me salvó. El dolor puede salvar. Nos avisa.
El efecto de una acción sobre el cuerpo a los 54 años de producirse me hizo pensar en la ley del karma. Todo lo que se hace deja huella. En el cuerpo y en la mente. Inexorablemente. Mi decano de teología en el seminario de Pune, el padre Joseph Neuner que ha cumplido cien años este año, nos decía en clase que el karma era “la ley de congruencia metafísica del universo”. Más sencillo: el que la hace, la paga. O: “Lo que siembra el hombre es lo que cosecha.” (Gálatas 6:8). O: “Cuando tiro una piedra, altero el centro de gravedad del universo.” (Carlyle). O: “Al moverme me asaltan las querellas / de no dejar intactas las estrellas.” (Pessoa) El efecto mariposa. Todo tiene sus consecuencias, para bien y para mal, y estas se cumplen siempre. Eso no es para asustarse sino para consolarse, ya que algún bien hemos hecho en la vida, casi siempre sin darle importancia y aun sin acordarnos, y todo eso da fruto y vuelve en bendición. “Echa tu pan sobre las aguas, y volverá a ti.” (Eclesiastés 11:1)
Yo mismo quedé extrañado del buen humor con que me encontré después de la operación. Cuando me visitaban los amigos yo era el que más hablaba y los animaba a todos, no a idea sino por que me salía de dentro. Todos me decían que tenía muy buen color y muy buen ánimo. Caí en la cuenta de lo optimista que soy y lo mucho que eso me ha ayudado en la vida. Una sobrina me trajo una pequeña acuarela pintada por ella en colores para que me alegrase la blancura total de las paredes del cuarto de hospital. Ahora voy a poner el cuadro en un marco y colgarlo en mi casa. Me alegra la vista. Gracias, Elena. También me ha revalorizado el valor de la amistad. ¡Qué bien se han portado mis amigos! En la India tenía muy buenos amigos, y al volver a España después de 50 años comprendí que ahora necesitaba amigos aquí, y los busqué y tengo un buen grupo que me acompaña en la vida. Han sido mi apoyo estos días.
Sufrir en la vida da credibilidad. Si todo va bien es difícil consolar a quienes les va mal. ¡Claro, como tú no tienes problemas! Pero los he tenido y los tengo y me dan derecho a hablar y consolar y animar y asegurar que a pesar de todo la vida es bella y tiene sentido vivirla. Vale la pena una operación.
A las enfermeras les regalé tres cajas de bombones, una para el turno de mañana, otra para el de tarde, otra para el de noche. Una pregunta. ¿Por qué unas enfermeras son encantadoras y otras inaguantables? Cuesta tan poco el sonreír.
Así como de aquella operación de apendicitis de hace 54 años se produjo una brida, me han advertido que del mismo modo de esta última operación también se me puede producir otra. Espero que tarde otros 54 años.
Un matrimonio joven de mi amistad vino a verme en el hospital cuando yo estaba en el lecho del dolor, y mi dolor se reflejaba en el suyo. Volvieron luego cuando ya estaba yo en casa recuperado, y al verme bien y en pie se les alegraron los rostros a los dos al instante con espontaneidad ferviente. Al ver el súbito cambio en sus caras sentí yo también el afecto y el interés de esos buenos amigos. Ver su alegría al verme bien me hizo sentirme aún mejor. Merece la pena caer enfermo para apreciar el cariño de los amigos.