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“En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.”
(Borges)

Y porque alguien lo sabe, la aurora se hace plegaria, el desierto, contemplación, y la existencia, sacramento. La presencia del hombre y la mujer en el desierto estéril dan sentido a su extensión y vida a sus arenas. El ser humano, al vivir la creación, la santifica y la devuelve en disfrute agradecido al Creador que se la regaló al principio de todos los tiempos. La aurora es bella porque el hombre y la mujer la ven.

La aurora “acontece”. Los grandes momentos de la vida y de la historia simplemente “suceden”. Las cosas “pasan”. El hombre “es”. En la sencillez de la existencia está la majestad de lo cotidiano. “Todo lo que existe es adorable”, dijo Claudel. Nuestro papel es ver el acontecer como acontecimiento, reconocer al pintor en el cuadro, a Dios en la aurora, a la eternidad en el desierto. Al oler la rosa, alegramos su destino. Al beber el agua, santificamos su existencia. Al mirar a los cielos, consagramos su esplendor. Nos han puesto en mitad de la creación para que admirándola y aceptándola, usándola y trabajándola demos testimonio de su grandeza y vivamos la gratitud de su don. Nuestra presencia da sentido al cosmos.

Y al reverenciar a la naturaleza en todas sus criaturas, evocamos también su respuesta hermana, y ellas ayudan nuestro trajinar y nuestras penas con el consuelo lejano y anónimo de la fraternidad desinteresada. Otro haiku de la misma fuente:

“Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.”

Si la presencia del hombre y la mujer le había prestado alma a la naturaleza, ahora la naturaleza responde y recompensa la presencia con lo mejor de su repertorio de luces y colores, nubes y paisaje, sonidos y cantos. El trino del ruiseñor aleja la tristeza, la brisa de la tarde alivia el cansancio, el color de la rosa redime la vista, el perfume del campo ensancha el alma. Y todo con el desinterés ejemplar de quien no lo sabe, quien no se entera, quien lo hace porque lo hace, sin darle importancia, sin llevar cuenta, sin pedir recibo. El ruiseñor nos consuela con su alegre trino, y la lluvia nos calma con su tenue frescor. Las criaturas nos devuelven el haberlas devuelto a Dios. Ese es el círculo sagrado que justifica al mundo. Sepamos contemplar las auroras. Y sepamos dejarnos consolar por el ruiseñor. Ciclo de hombre y naturaleza. Y en el centro de todo, el Creador.