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atrás - OS CUENTO - 01/04/08

 

El lunes pasado, 24 de marzo, víspera de la fiesta de la Anunciación, cumplí 50 años de sacerdote. Nos ordenamos siete compañeros jesuitas en la misión del Guyarat en la India. Tres han fallecido, y de uno de ellos voy a contar una anécdota de aquel día.

El protagonista fue un compañero mío jesuita que falleció el año pasado. Ignacio Zavala Alday. Nuestra ordenación sacerdotal tuvo lugar la víspera de la fiesta de la Anunciación, 24 Marzo 1958, en la localidad de Anand, provincia del Guyarat en la India de manos del obispo indio Edwino Pinto. Mi madre había venido de España para acompañarme en el día más esperado de su vida y más ansiado de la mía. Era también la primera vez que las ordenaciones sacerdotales se iban a tener en un puesto de misión, pues hasta entonces se celebraban todas en el mismo teologado donde estudiábamos, dando como razón que servirían de consuelo a los profesores que tanto trabajaban por prepararnos para el sacerdocio y se consolarían viendo subir al altar a quienes habían adoctrinado en clases y juzgado (y a veces suspendido) en exámenes.

Pero aquel año se pensó que para fomentar las vocaciones sacerdotales nativas en tierras de misión convendría tener unas ordenaciones en una parroquia viva, y para nosotros se escogió la de Anand donde se organizó con entusiasmo el evento religioso y popular. Hubo que erigir una plataforma en el campo de fútbol del colegio adjunto a la parroquia, y se construyó atando firmemente unas con otras cientos de grandes latas de leche en polvo (llenas todavía) que organizaciones internacionales enviaban a la India en aquellos tiempos. Algo crujían las latas mientras los siete candidatos nos desplazábamos litúrgicamente sobre la improvisada plataforma, pero aguantaron nuestro peso y nuestras emociones. Que fueron muchas.

Al acabar la ceremonia nos retiramos a un lado para desvestirnos de los ornamentos. A mi lado estaba Zavala. Se quitó casulla, estola, alba, amito y los fue plegando y dejando sobre la mesa. Quedó un momento de pie mirándolo todo. Entonces volvió sus manos que quedaron con las palmas hacia arriba, y mirando alternativamente de una a otra se preguntó a sí mismo en voz baja cargada de asombro y reverencia: “¿Cómo puede ser esto?” Y se quedó mirándolas.

Fue solo eso. Se lo dijo a sí mismo, pero yo lo oí. Aquellas manos acababan de tocar por vez primera la sagrada hostia. El contacto sagrado. La mano recién consagrada por el óleo del obispo. Manos de sacerdote desde ahora y para siempre. Para traer a Dios del cielo y perdonar pecados sobre la tierra. Manos de Cristo. Mis manos. Parecía mentira. Manos para bendecir y para ser besadas. Manos para tocar a Dios. ¿Cómo puede ser esto?

Todo este sentimiento nacía del hecho que aquella era la primera vez en la vida que tocábamos la sagrada hostia con nuestras manos. Por entonces se seguía estrictamente la regla de recibir la comunión en la lengua sin permitir jamás que los dedos la tocaran. Incluso nos decían que sería pecado. Por eso el primer roce de la blanca hostia en los dedos recién consagrados tenía ese toque de misterio, de milagro, de emoción. De puro gozo parecía mentira.

Me imagino que sacerdotes de ahora que han venido recibiendo la comunión en la mano desde el día de su primera comunión no sienten ningún estremecimiento especial al tocarla de sacerdotes después de haberla tocado tantas veces desde niños. Ya están acostumbrados a tocarla. Soy partidario de recibir la comunión en la mano, pero reconozco que hemos perdido algo de respeto, reverencia, adoración. Gracias por aquel momento, Ignacio Zavala.

Desde el cielo recordarás lo que yo te contesté en aquel momento. Habíamos leído el evangelio de la Anunciación en la Misa, y yo había predicado el sermón. Gabriel y María. La embajada divina. La pregunta de María “¿Cómo puede ser esto?” y la explicación del ángel. El sí de la Virgen. El misterio de la encarnación. Y cuando tú te preguntaste a ti mismo “¿Cómo puede ser esto?”, a mi me sonaron a las palabras de la Virgen al ángel, y te contesté, por lo bajo también para que las oyeras tú solo, las palabras del ángel a la Virgen: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra.” Acuérdate que nos miramos. Y los dos teníamos los ojos húmedos. Nos abrazamos muy fuerte.

Una mujer muy piadosa sentía que su marido no practicaba la religión, y cuando un famoso predicador vino a su pueblo a predicar tres días, logró conseguir que fuese a oír el sermón.

Fue el primer día al templo, se sentó en un banco, se durmió inmediatamente, se despertó cuando todos se levantaban, y se fue a casa.

El segundo día, lo acompañó su mujer, pero se durmió también desde el principio, y su mujer no pudo hacer nada ya que no podía tocarlo en público, y no despertó hasta el final.

El tercer y último día se durmió también, pero un mosquito se posó en su brazo y le picó, con lo que él se despertó un instante, se rascó, y se volvió a dormir. Pero aquel breve instante en que estaba despierto unas pocas palabras del sermón entraron en sus oídos, y la palabra de Dios es tan poderosa que entró en su mente y en su corazón, y eso bastó para convertirlo a una vida piadosa. Se fue de peregrinación a Benarés, se hizo monje, y dejó a su mujer.

Esa es la fuerza de la palabra de Dios una vez que entra en el oído. Una fuerza mucho mayor de lo que se esperaba la mujer.

*
Le pidieron a Tenali Rama, el tradicional juglar del sur de la India, que les recitase la historia del Ramayana. Cómo Rama fue exilado a la selva por su madrastra, fue allí con su mujer Sita, luego Rávana raptó a Sita y se la llevó a Shri Lanka, y de allí siguieron todas las guerras y las hazañas que forman el poema épico.

Tenali Rama comenzó: “Rama y Sita se fueron a la selva…”, y se paró. Le rogaron que continuara, pero él dijo: “Rama y Sita se fueron a la selva. De allí se deduce todo lo que siguió. Allí está todo. Comienza tu camino hacia Dios, y todo se seguirá de ahí. Pero comienza. En tu primer paso están todos los demás. Vete a la selva. Y todo el Ramayana se seguirá. Pero tienes que comenzar.”   

*
El rey se casó con una princesa para tener un hijo. No lo tuvo, y se casó con otra. Esta también resultó estéril, y el rey se casó con otra y con otra hasta siete. Siguió sin hijo y sin heredero que pudiera ocupar el trono tras él.

Triste y desengañado, iba un día paseando por el bosque cuando vio a una mujer de gran belleza. Se enamoró de ella y le pidió que se casara con él. Le dijo: “No quiero ya hijo ni heredero, quiero solo tu amor.” Se hizo su mujer…, y pronto tuvo un hijo. El rey se regocijó y volvió a visitar a sus siete mujeres…, y todas ellas concibieron a su tiempo.

El Buda enseñó: “El deseo de conseguir resultados es el mayor obstáculo para conseguirlos. Quita el deseo y llegará el fruto.”

(A.K. Ramanujan, Folktales From India, Penguin New Delhi 1991. pp. 65, 68, 87.)
 

“El adolescente compra ropa carísima que parece hecha por un enemigo, se la pone al revés de cómo tiene que ser. El calzado es de tipo carnavalesco y el peinado puede resultar un poema multicolor. Los jóvenes detestan cualquier tipo de ‘uniforme’ de los padres, pero buscan las mismas marcas de ropa que los demás jóvenes y sienten predilección por idénticas extravagancias. Los chicos son capaces de dilapidar sus ahorros para adquirir un pantalón que no es de su talla o un jersey que parece tejido por un manco; las chicas, además, intercambian ropa o zapatos con sus amigas. Cuando llevan a casa algo nuevo no se les pasa por la cabeza estrenarlo inmediatamente. Primero se encierran en el cuarto, se ponen el modelo, se miran en el espejo con él, bailan, hacen muecas. Una vez visto el atuendo en todas las posturas posibles e imposibles, entonces, y sólo entonces, osan salir con él puesto. Cuando se encuentran atractivas, tardan bastante tiempo en cambiar al atavío. Pueden llevar el mismo pantalón hasta tres meses seguidos, aunque tengan otros en el armario.

      - Mamá, ¿dónde está mi pantalón?
      - Estaba roto, hija. Se te ve el trasero. Lo he cosido y ahora está en la lavadora.
      - ¿Te has vuelto loca o qué? ¡Coserlo! ¡Lavarlo! Te mato. ¡Nadie va a ir tan horrible como yo! Nadie. ¡Dios mío! ¿Qué me pongo ahora?

Además, las chicas son muy dadas a invadir el guardarropa ajeno, lo que suele desencadenar un sinfín de disputas entre los hermanos.”

(Alejandra Vallejo-Nágera, La edad del pavo, Temas de hoy, Madrid 2006, p. 86)
 

“El pájaro quiere ser nube.
Y la nube quiere ser pájaro.”

“El gorrión se compadece del pavo real
por el peso de su cola.”

“La hierba es la hospitalidad de la tierra.
Verde y suave para recibirnos.”

“Calla, corazón.
Esos árboles son oraciones.”