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atrás - OS CUENTO - 01/03/09
 
 

[Esto fue algo de lo que les dije a un grupo de jesuitas en una charla el otro día.]

Nos preguntamos por nuestra identidad. Las personas cambiamos, y los grupos también. Heidegger dijo que el hombre nace siendo uno, se hace muchos según va viviendo, y muere siendo uno. Añadimos facetas a nuestra personalidad. También como grupo.

La identidad del grupo se define por el fin al que se dedica. San Ignacio expresó el fin de la Compañía que fundó como “atender a la salvación y perfección de las ánimas propias y las de los prójimos”. Francisco Javier, de los primeros jesuitas, lo aprendió bien y se dedicó a “atender a las almas” en el oriente en un tiempo en que imperaba el dogma “fuera de la Iglesia no hay salvación”, y él repetía en una oración compuesta por el mismo, “¡Mirad, Señor, cómo en oprobio vuestro se llenan de las almas de los infieles los infiernos!”. Él atendió a la salvación de esas almas. Hoy somos más generosos teológicamente, el Concilio Vaticano ha admitido que los no cristianos también pueden salvarse, y con eso el evitar caídas al infierno no parece tan urgente ya que no van tantos. En cuanto a “perfección”, la vida religiosa se llamaba entonces “estado de perfección”, mientras que ahora la llamamos “vida consagrada” porque nos da corte llamarnos perfectos. Es decir, la idea de nuestro fin sigue siendo la misma de “atender a las almas”, pero a nosotros no nos va tanto eso de “salvación” y “perfección”, y buscamos expresiones nuevas.

El padre Arrupe, célebre general de la orden en el siglo pasado, interpretó el fin actual de nuestra misión como “el servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Eso es “atender a las almas” hoy, y responde con expresión feliz a la situación mundial que vivimos en nuestro siglo. No tan feliz fue la expresión también generalizada en nuestros días de la “opción preferencial por los pobres” como actitud definidora del jesuita en su misión, ya que muchos de nosotros pensamos que si esa era nuestra tarea, nosotros no éramos jesuitas porque no trabajamos con los pobres. He leído un libro, escrito por un justamente célebre jesuita, con el título “Fuera de los pobres no hay salvación”, pero no me lo he tomado muy en serio. Un poco exageradillo parece.  

A mí también se me ocurren ideas. Hay una expresión del mismísimo Ignacio, y nada menos que en la bula del papa que estableció a la Compañía de Jesús, que a mí me parece tiene vigencia permanente y fuerza inspiradora. En la “Fórmula del Instituto”, que es la bula del papa Pablo III “Regimini militantis Ecclesiae” (27.09.1540), dice que la Compañía se ha fundado para “la consolación de las almas”. La palabra “consolación” no quiere decir allí darle el pésame a la familia de un difunto, sino “ayudar, dar fuerzas, dar ánimos, animar”. Ese significado tenía en el castellano de aquellos tiempos. Tenemos un testigo en el célebre romance anónimo de entonces que comienza:

“Fontefrida, fontefrida,
fontefrida y con amor,
do todas las avecicas
van tomar consolación,
si no es la tortolica
que está viuda y con dolor.”                                                          

“Tomar consolación” es recobrar el ánimo, refrescarse, recuperar fuerzas como los pajarillos alegres en las aguas frías, sencillamente pasar un buen rato. Y eso es el dedicarse a la “consolación de las ánimas”. Animar a todos, que buena falta nos hace a todos. La vida es dura, y el dar ánimos para vivirla con alegría es nuestra misión.

“La vida es dura, amarga, y pesa.
La noche llega y todo cesa.”
(Rubén Darío)     

En el libro de Los Hechos de los Apóstoles se narra cómo los apóstoles le cambiaron el nombre a un cristiano chipriota que se llamaba José y le pusieron Bernabé, que quiere decir “hijo de la consolación”. En hebreo hay pocos adjetivos, y se usa la expresión “hijo de (sustantivo)” como adjetivo. Por ejemplo, Jesús llamó a Santiago y Juan “hijos del trueno” para significar que los dos tenían un carácter fuerte. “Hijos del trueno” quiere decir que eran enérgicos, atrevidos, potentes. (Que por cierto no encaja con la imagen tierna y delicada que la tradición ha creado de san Juan evangelista. El Greco y Leonardo da Vinci lo pintan casi afeminado cuando lo único cierto que sabemos de su carácter es que era “atronador”.) Y la palabra que en la biblia latina es “consolación”, en la griega quiere decir “exhortación, fortalecimiento, animar, alentar”. “Hijo de la consolación” quiere decir alguien que tenía el carisma de animar a la gente, y tal era Bernabé como se muestra en la Biblia. Fue luego levita, apóstol, compañero de Pablo, y santo. San Bernabé. El que animaba a la gente. Ese sentido del latín es el que tenía la palabra “consolación” en el castellano del tiempo de san Ignacio.

Una vez asistía yo a la consagración de una iglesia nueva en la India. Tiene mucha fuerza la consagración de una nueva iglesia en suelo gentil, y nos reunimos muchos compañeros para el acto. Es la ocasión de encontrarse con amigos a los que no se ha visto hace años, reanudar contactos, saludar a gente conocida, y dejarse saludar por todos. Oficiaba el señor obispo, desde luego, y con él fuimos en procesión unos veinte sacerdotes desde la casa del párroco hasta la iglesia. El problema fue que había cierta distancia entre los dos puntos, y la buena gente disponía solo de unos pocos metros de alfombra roja. Pero lo tenían todo pensado. Extendieron la alfombra. Anduvimos cuidadosamente sobre ella hasta el borde. Nos paramos. Ellos recogieron rápidamente la alfombra de debajo de nuestros pies, y volvieron a extenderla por delante. Así íbamos avanzando poco a poco mientras ello recogían la alfombra por detrás y la volvían a extender por delante, tramo a tramo. Así llegamos solemnemente (y sin reírnos) a la puerta de la nueva iglesia.

El obispo rezó una oración, exclamó “¡Ábrete, puerta!”, y la golpeó tres veces con el báculo. Pero la puerta no se abría. Había quedado cerrada por dentro y no había manera de abrirla. En esto un chiquillo salió de la multitud, corrió derecho hasta la pared de la iglesia, trepó como una ardilla, se metió por una ventana, descorrió el cerrojo de la puerta desde dentro, la abrió de un empujón, y saludó al obispo con las manos juntas. Aplausos.

Después de la misa andaba yo estrechando manos, reflejando sonrisas, saludando a amigos cuando me encontré con un misionero a quien no había visto hacía años. Alegre y simpático, devoto y sencillo, buen religioso y sacerdote ejemplar, lo vi de repente entre la multitud, me acerqué a él, le di un abrazo largo, me quedé mirándole, y le pregunté para abrir conversación, “¿Qué haces, Chomin?” La pregunta era solamente para saber si estaba de párroco o de profesor o de capellán de monjas o de cualquier otra cosa, ¿qué haces, dónde estás, que cargo tienes, qué trabajo haces? Pero su respuesta fue mejor que mi pregunta. Cuando le pregunté ¿Qué haces?, Chomin se encogió de hombros, alargó la sonrisa, esperó un momento, y en su musical acento vasco que no había perdido ni a través del inglés ni del guyaratí me contestó sencillamente: “¡Animar a la gente, pues!”

Animar a la gente. Le dije que me había dado la mejor definición del jesuita, de su identidad, de su función, de su misión. Animar a la gente. No sabía el buen Chomin que estaba resumiendo a san Ignacio, al papa Pablo III, a san Bernabé, y al Fontefrida, fontefrida. Pero me estaba dando una emoción y una expresión que a través de todas las vicisitudes y cambios de siglos y épocas y modas y culturas permanecen intactas, válidas, profundas y sencillas en la definición de nuestra identidad, nuestra personalidad, nuestra tarea, nuestra misión. Animar a la gente. Ahí está san Ignacio, ahí está la Fórmula del Instituto de la Compañía de Jesús, ahí está “la consolación de las almas”, ahí está “el hijo de la consolación”, ahí estamos todos nosotros. Animar a la gente. Esa definición es para siempre. A mí me viene bien, porque mi madre se llamaba María de la Consolación, así es que yo soy también con pleno derecho hijo de la Consolación como uno cuya madre se llame María Dolores es el hijo de la Dolores. Hijo de la Consolación. Quiero serlo también en mis relaciones con los demás.

Eso procuraba hacer yo cuando enseñaba matemáticas en la universidad. Animar a mis alumnos. Claro que había cursos y exámenes y notas y suspensos y sobresalientes, y yo quería que aquellos espléndidos muchachos y muchachas aprobasen y sacaran matrícula, pero lo que yo quería de inmediato en cada clase era que pasaran un buen rato, que se divirtieran, que se olvidasen de todas las preocupaciones de casa y de estudios y de futuro y de relaciones, que se entregasen a una experiencia intensa y gozosa, que disfrutasen al llegar al final de un largo teorema, que gritasen al resolver un complicado problema, que salieran bailando de la clase gritando ¡Lo hemos pasado bien! No siempre era así, pero nunca dejé de intentarlo. Y con frecuencia lo conseguía. Disfrutaba yo y disfrutaban ellos y ellas. Animar a la gente.

Eso hago también cuando escribo libros. Animar a mis lectores. No intento reformar a la sociedad ni salvar al mundo. Dios me libre. No intento enseñar ni resolver ni aclarar ni dirigir. Quiero pasar yo un buen rato escribiendo y que se lo pase mejor a ser posible el lector y la lectora leyendo. Animar a la gente.

Eso hago en mi página Web al pensar qué puedo contar en ella, al escarbar memorias, buscar cuentos, encontrar anécdotas, conseguir llenar las páginas de turno para completar el envío y llegar a mi cita quincenal con mis amigos de Internet. Que quien la lea pase un buen rato, que disfrute, que sonría a la vida, que se anime.

Y eso he querido hacer en esta charla con vosotros. Animaros a todos. Y animarme a mí mismo con vosotros. Animémonos nosotros para seguir animando a todos aquellos a quienes de alguna manera nos vayamos encontrando en la vida. Esa es en definitiva nuestra vocación. Animar a la gente.