|
|
| |
---
PÁGINAS ANTERIORES--- |
|
| |
| atrás - OS CUENTO - 01/05/08 |
|
|
|
Cuando visité las cataratas de Iguazú tuve un guía oficial muy simpático y muy profesional. Era ya mayor, llevaba más de diez años enseñando las cataratas a turistas según nos dijo, y lo hacía con un entusiasmo, una dedicación, un fervor que añadía su artística presentación al espectáculo maravilloso de los 275 saltos en tres kilómetros de extensión.
El salto “Álvar Núñez Cabeza de Vaca”, su descubridor para el occidente, que las llamó “Saltos de Santa María”, el “Salto de Adán y Eva”, y sobre todo “La Garganta del Diablo” que acerca el majestuoso caer de las aguas grandes (Iguazú quiere decir “agua grande”) a la mirada atónita, encantada, embrujada del espectador que contempla casi al alcance de su mano la furia de las aguas en su caída geométrica, perpendicular, artística, sonora. El arte de la naturaleza en la majestad de la selva.
Me hizo reír el nombre de un salto: “Salto Ramírez”. No muy poético. Me recordó que en el tiempo que precedió a la segunda guerra mundial, los franceses habían construido una línea de fortificaciones a lo largo de su frontera con Alemania, que llamaron “Línea Maginot”; los alemanes contestaron solemnemente con la “Línea Sigfrido” al otro lado de la frontera…, y los españoles, para no ser menos, pusimos también algunos cañones en los Pirineos apuntando a Francia por si acaso, y los llamamos “La Línea Gutiérrez”, que era el nombre del ingeniero que la proyectó. También los apellidos corrientes tienen sus derechos.
Casi nos hicimos amigos, y yo le dije al guía al despedirnos:
- Le admiro por el entusiasmo con que nos ha enseñado usted las cataratas.
- Digo lo que siento, señor.
- Ya lo veo, pero también me ha dicho usted que lleva más de diez años enseñando día a día el mismo paisaje.
- Así es.
- ¿Y no le aburre eso un poco? Repetir todos los días lo mismo, por grandioso que sea el espectáculo, ¿no degenera en rutina y repetición y desgana?
- Admito que a veces sí, pero procuro animar a los visitantes y apreciar yo mismo la suerte que tengo de contemplar todos los días esta maravilla que ustedes pagan por venir a ver y a mí me pagan por enseñarla.
- Le felicito.
- Y ahora permítame una pregunta. Usted me ha dicho que es sacerdote, ¿no?
- Sí, lo soy.
- Y usted dice misa todos los días.
- Sí.
- Es decir, que usted también repite más o menos las mismas oraciones cada día.
- Así es.
- ¿Y no le aburre eso?
- También yo procuro animar a mis oyentes y doy gracias por mi suerte.
- Sí, pero yo le llevo una ventaja a usted: yo cambio de oyentes todos los días, y usted tiene siempre los mismos. Yo también le aprecio a usted, y acuérdese de las cataratas.
Me acordaré toda la vida.
|
  |
| |
Para mí las cataratas fueron uno de los paisajes más bellos que he visto en mi vida. Para una mirada más pragmática quizá pudieran ser oportunidad industrial para construir una central eléctrica. Rabindranath Tagore cuenta la siguiente experiencia suya en las aguas del Ganges:
“Un día navegaba yo por el Ganges en una pequeña embarcación. Era un perfecto atardecer de otoño. Acababa de ponerse el sol, y un silencio cósmico descendía sobre el horizonte. La superficie de las aguas, sin una arruga, reflejaba los matices del crepúsculo. Las arenas de las orillas se extendían a ambos lados del río como las escamas iridiscentes de un monstruo marino.
Mientras nuestro barco navegaba en silencio por el medio del río, saltó súbitamente un pez enorme, desapareció al punto entre las aguas, y sus escamas fugitivas dibujaron por un instante en el aire un arco iris de transparencias mágicas. Había surgido de sus dominios en las profundidades para añadir un trazo de color y alegría al día que bajaba a su ocaso.
Yo sentí que había recibido el saludo encantado de un mundo misterioso, y en mi corazón había penetrado un rayo de luz. Entonces, súbitamente, oí al timonel del barco que exhalaba un suspiro de resignación: ‘¡Vaya pescado!’
Para él la aparición del pez era la imagen del pescado, cocinado y servido en un almuerzo festivo. Había visto el pez solamente a través de su apetito. Su deseo condicionaba su visión. Se perdió la belleza del momento… ¡y no se comió el pez!
¿No es así, a veces, la vida?”
(Sádhana o la vida espiritual, Afrodisio Aguado, Madrid 1957, p. 150)
|
  |
| |
|
Tagore reflexiona en el mismo libro:
“Nuestro trabajo no es nuestro descanso. Sin embargo, el río halla su descanso en su carrera al mar; el fuego, en su arder; la flor, en exhalar su perfume; mientras que para nosotros nuestro trabajo no es nuestro descanso. Nuestro trabajo nos agobia porque no nos dedicamos a él de corazón, no nos damos, no nos entregamos.
¡Ojalá puedan nuestras almas volar ardientes hacia ti como la llama, correr hacia ti como el río, exhalar tu perfume como la flor!”
(175)
Pone otra comparación:
“Si un salvaje, en su ignorancia, al ver el cuidado y el respeto con que los hombres blancos trataban y guardaban los billetes de banco creyese que poseían un poder mágico para obtener con ellos todo lo que uno quisiera, se procuraría esos billetes, los guardaría, los escondería, los adoraría de mil maneras…, hasta que al fin, cansado de sus esfuerzos, vería tristemente que esos papeles carecen absolutamente de valor y en sí mismos no valen para nada.
Todo lo que hemos recibido en esta vida es para usarlo, emplearlo, cambiarlo, darlo. Nuestro corazón es para entregarlo. Si lo guardamos enterrado, no sirve para nada.”
(119)
Y nos cuenta esta leyenda de Kabir, el santo de Benarés en el siglo XV, que vivió para acercar a hinduistas y musulmanes en la adoración del único Dios.
“Cuando Kabir murió, los hindúes querían incinerarlo, y los musulmanes, enterrarlo, cada uno según su costumbre. Cuando estaban discutiendo, Kabir se les apareció y les dijo: ‘Levantad el sudario que cubre a mi cuerpo, y ved lo que hay debajo.’ Lo hicieron así, y en lugar del cuerpo encontraron un puñado de flores Champa, con su pétalos blancos alargados y sus estambres de oro.
La mitad de ellas la enterraron en Maghar los musulmanes, que hasta la fecha reverencian el nicho que aún existen el lugar de los hechos; la otra mitad se la llevaron los hindúes a Benarés para incinerarla.
Conmovedora conclusión, perfectamente apropiada a la vida del hombre que había derramado el perfume de sus poemas sobre las más bellas doctrinas de dos grandes creencias.”
(218) |
  |
|
| |
| |
|
|
| |
|
|
|
|
|