“Se le apareció el ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso.”
(Lucas 1:11)
Gabriel abre el Nuevo Testamento. Él da un vuelco a la historia, finaliza una etapa, inaugura la redención. Allí está en el Templo sagrado que unía a Israel, en el “santuario del Señor”, en frente del sacerdote Zacarías que ha entrado solo, en el turno privilegiado que le toca sólo una vez al año, a quemar el incienso ante el “santo de los santos” mientras la multitud devota espera fuera a la hora de la oración. Allí está para ir después a Nazaret y completar su misión y dejar en marcha el plan que Dios había pensado desde el día en que Adán y Eva salieron del paraíso, y que ha ido fraguándose profeta a profeta y rey tras rey hasta que ha llegado la plenitud de los tiempos y ha florecido la rama de Jesé, y la creación está de parto, y Dios en persona va a visitar a su pueblo. Gabriel abre el nuevo escenario. Empresario del drama de la redención.
Ángel de los comienzos. Prólogo de narraciones. Obertura de festivales. Él sabe dar noticias insólitas, acallar miedos incipientes, resolver dudas, explicar planes, dar nombre a niños por nacer, proporcionar pruebas, comunicar gozo. Él es el jefe de la diplomacia celeste, el embajador plenipotenciario, el enviado de confianza, el ángel de la encarnación. Él suaviza los comienzos, establece los contactos, acierta a expresar misterios divinos en palabras humanas. El tacto y la claridad marcan sus intervenciones. Si la palabra “ángel” quiere decir “mensajero”, Gabriel es el ángel de los ángeles.
Tengo mucho que aprender de Gabriel. Mi punto flaco son las relaciones públicas. No tengo talento diplomático. No sé de contactos, influencias, etiquetas, recomendaciones. No frecuento reuniones, no conozco personajes, no cultivo a los poderosos, no organizo apoyos. Digo lo que siento con claridad culpable, y no preparo canales de aceptación con previsión razonable. No quiero herir a nadie, y mis expresiones son delicadas, pero tampoco hago esfuerzos positivos por ganarme a personas indiferentes, que siempre las hay y siempre pueden obstaculizar actuaciones, y siempre pueden también suavizar su oposición si se las trata con tacto preventivo. No lo sé hacer. Y quizá me convendría aprender a hacerlo para facilitar entendimiento y agilizar resultados. Hay una diplomacia meritoria que conviene aprender en respeto a las demás personas y en mejora de relaciones humanas. Su maestro es Gabriel.
Una vez que Gabriel ha entrado en escena, sabemos que todo irá bien. Que entre también en mi vida para mejorar mis embajadas. |