Un estudioso de las escrituras se presentó ante Salomón diciendo:
- ¡Oh, rey piadoso! Sabes bien que he entregado mi vida al estudio de la Torah. Líbrame de nuestro vecino, que de un tiempo para acá no me deja en paz.
Salomón le preguntó de qué manera lo importunaba su vecino.
- Llora y se lamenta noche y día. En cuanto me siento a leer los rollos sagrados oigo sus llantos y me mantienen en vela hasta el alba. Te confieso que, por momentos, se apodera de mí el mal impulso y siento el deseo de estrangularlo.
Salomón lo miró con severidad y dijo:
- ¿Cuántos años tiene, rabí?
- Este año cumplo cuarenta, como cuarenta estuvo Israel en el desierto.
- ¿Y en cuarenta años nadie te ha enseñado a preguntarle a tu vecino por qué llora?
(Carlos Allende, Los Cuentos del Rey Salomón, Océano, Barcelona 2006, p. 57)
Entre las esposas de Salomón había una noble egipcia que vivía apartada de todas las demás. Una noche, una criada entró en sus aposentos y la encontró postrada ante una estatuilla, que representaba a uno de los dioses de su tierra. Se lo comunicó a uno de los sacerdotes del Templo, y este acudió de madrugada ante Salomón.
- ¡Oh, Salomón! ¡Has desposado una idólatra! La han descubierto adorando una estatua negra esta noche en el palacio.
Salomón, que estaba al tanto de la situación, le preguntó qué pedía en sus oraciones.
- Pido que el cielo se apiade de mí y dé larga vida a mi rey – contestó la mujer.
El rey le pidió disculpas por haberla despertado. Cuando la princesa se marchó, se volvió hacia el sacerdote:
- ¿Qué pides cuando rezas tú?
(p. 99)
En una ocasión, en la linde del desierto del sur, Salomón llegó a una encrucijada y se sentó en una piedra a la espera de que alguien viniera en su ayuda. Al cabo de un rato, un hombre se acercó a la encrucijada. El rey sabio le preguntó cortésmente si podía indicarle el camino.
- ¿Quién eres? – dijo el hombre –. Dices que no conoces el camino pero has llegado solo hasta aquí. Por lo que yo sé, podrías ser un bandido o un demonio.
- Soy el rey Salomón – respondió Salomón–. No tienes nada que temer.
El hombre lo miró entonces con sorna, pues Salomón iba cubierto con un tosco manto y no lo había acompañado ninguno de sus seguidores. Había salido en secreto de Israel.
- ¿Dónde están tu trono y tu palacio? ¿Tu cetro y tu diadema? – preguntó el hombre–. Empiezo a creer que estás loco. Antes que un rey, pareces un mendigo.
Sin embargo, no se marchó, pues el extraño empezaba a despertar su curiosidad. Salomón aprovechó para preguntarle cuál era su oficio. Cuando el hombre respondió que era labrador, el rey sabio inquirió a su vez:
¿Dónde están tu casa y tus surcos? ¿Tu arado y tus bueyes?
- Solo estoy aquí de paso –dijo el hombre.
- Yo también –replicó Salomón.
Y se marchó por donde había venido.
(p. 153)