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atrás - OS CUENTO - 01/02/10



 
 

El sufrimiento en la vida me hace pensar. Un amigo cercano y joven me ha comunicado le han diagnosticado una enfermedad auto-inmune que le causará la pérdida de las articulaciones hasta la inmovilidad. Muy penoso. El año pasado el hijo mayor de otro amigo íntimo, joven padre de dos hijos de edad escolar, falleció en un accidente de coche. Estas cosas suceden y siempre las oímos, pero cuando me tocan de cerca, me llegan al alma. Y ahora la catástrofe de Haití. Tanta pobreza, y tanta destrucción. Y muchos me escriben precisamente en esta misma Web, ¿cómo puede permitir Dios eso?

No lo sé. Sí sé que la diferencia entre ‘hacer’ y ‘permitir’ se la han inventado los teólogos. No está ni en la Biblia ni en la razón. Dios lo hace todo en ‘concurso’ con nosotros (es la palabra técnica) y si un coche en la carretera llega bien a su término, lo lleva Dios, y si se estrella contra un árbol y se mueren los ocupantes, también lo lleva Dios de la misma manera. No es que lo lleve ‘otro’ y Dios ‘permita’ que se estrelle. Todo es obra de Dios. El llegar bien y el llegar mal. Algunas religiones llegan a poner un dios bueno y un dios malo para explicar la dualidad de la vida, pero tampoco resuelve el caso.

¿Por qué sufrimos tanto? No lo sé. El sufrimiento es un misterio. Es verdad que nos acerca a Jesús que murió en la cruz. Sí, pero, también, ¿por qué tenía que morir Jesús en la cruz? ¿No podía perdonarnos el Padre como hace el padre del Hijo Pródigo en la parábola que Jesús mismo nos contó? Sigue el misterio. El sufrimiento ayuda a crecer. De acuerdo. Pero no le diría yo eso al pueblo de Haití. Dios saca bienes de los males. También podía sacar bienes de los bienes. En el cielo lo veremos claro. Pero en la tierra no lo vemos. Sigue el misterio. 

He leído en una revista de teología una consideración que ayuda algo aunque no resuelve nada. Tendemos a hacer un Dios demasiado familiar, cercano, manejable, manipulable, nos formamos esa imagen y nos  acostumbramos a ese concepto…, y el terremoto de Haití viene a sacudirnos también a nosotros y a echar por tierra esa imagen y ese concepto. Tenemos una idea antropomórfica de Dios, y nuestra familiaridad con él en Jesús nos puede llevar a olvidar su majestad eterna en los cielos. Dios es diferente. Dios es trascendente. Dios es el ‘Totalmente Otro’. Y esto es lo que nos viene a recordar el sufrimiento que no encaja en nuestro concepto de lo que debería ser la bondad, la omnipotencia, y la providencia de Dios según lo concebimos nosotros. No es que esto justifique el sufrimiento, pero sí que nos ayuda a sacar una conclusión práctica de él. Dios está más allá de nuestro pensamiento. Respeto, adoración, silencio. El misterio es parte de la fe. Ese es el verdadero terremoto.

 

 

 

Un estudioso de las escrituras se presentó ante Salomón diciendo:

- ¡Oh, rey piadoso! Sabes bien que he entregado mi vida al estudio de la Torah. Líbrame de nuestro vecino, que de un tiempo para acá no me deja en paz.

Salomón le preguntó de qué manera lo importunaba su vecino.

- Llora y se lamenta noche y día. En cuanto me siento a leer los rollos sagrados oigo sus llantos y me mantienen en vela hasta el alba. Te confieso que, por momentos, se apodera de mí el mal impulso y siento el deseo de estrangularlo.

Salomón lo miró con severidad y dijo:

- ¿Cuántos años tiene, rabí?
- Este año cumplo cuarenta, como cuarenta estuvo Israel en el desierto.
- ¿Y en cuarenta años nadie te ha enseñado a preguntarle a tu vecino por qué llora?
(Carlos Allende, Los Cuentos del Rey Salomón, Océano, Barcelona 2006, p. 57)

Entre las esposas de Salomón había una noble egipcia que vivía apartada de todas las demás. Una noche, una criada entró en sus aposentos y la encontró postrada ante una estatuilla, que representaba a uno de los dioses de su tierra. Se lo comunicó a uno de los sacerdotes del Templo, y este acudió de madrugada ante Salomón.

- ¡Oh, Salomón! ¡Has desposado una idólatra! La han descubierto adorando una estatua negra esta noche en el palacio.
Salomón, que estaba al tanto de la situación, le preguntó qué pedía en sus oraciones.

- Pido que el cielo se apiade de mí y dé larga vida a mi rey – contestó la mujer.

El rey le pidió disculpas por haberla despertado. Cuando la princesa se marchó, se volvió hacia el sacerdote:

- ¿Qué pides cuando rezas tú?
(p. 99)

En una ocasión, en la linde del desierto del sur, Salomón llegó a una encrucijada y se sentó en una piedra a la espera de que alguien viniera en su ayuda. Al cabo de un rato, un hombre se acercó a la encrucijada. El rey sabio le preguntó cortésmente si podía indicarle el camino.

- ¿Quién eres? – dijo el hombre –. Dices que no conoces el camino pero has llegado solo hasta aquí. Por lo que yo sé, podrías ser un bandido o un demonio.
- Soy el rey Salomón – respondió Salomón–. No tienes nada que temer.
El hombre lo miró entonces con sorna, pues Salomón iba cubierto con un tosco manto y no lo había acompañado ninguno de sus seguidores. Había salido en secreto de Israel.

- ¿Dónde están tu trono y tu palacio? ¿Tu cetro y tu diadema? – preguntó el hombre–. Empiezo a creer que estás loco. Antes que un rey, pareces un mendigo.

Sin embargo, no se marchó, pues el extraño empezaba a despertar su curiosidad. Salomón aprovechó para preguntarle cuál era su oficio. Cuando el hombre respondió que era labrador, el rey sabio inquirió a su vez:

¿Dónde están tu casa y tus surcos? ¿Tu arado y tus bueyes?
- Solo estoy aquí de paso –dijo el hombre.
- Yo también –replicó Salomón.
Y se marchó por donde había venido.
(p. 153)
 

‘Hoy la Iglesia se ha convertido para muchos en el principal obstáculo para la fe. En ella solo puede verse la lucha por el poder humano, el mezquino teatro de quienes con sus observaciones quieren absolutizar el cristianismo oficial y paralizar el verdadero espíritu del cristianismo.’

(Joseph Ratzinger, citado en Selecciones de Teología, Enero-Marzo 2010, Vol. 49, 193, p. 44)