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atrás - OS CUENTO - 01/02/09
 
 

Conocía yo a esa muchacha desde pequeña. La vi crecer, estudiar, graduarse, casarse, irse a vivir a Bombay a casa de su marido, que era la de sus suegros, en el laberinto dinosáurico de la urbe desbordada de humanidad creciente. Siempre es duro para la novia hindú dejar la casa de sus padres e ir a vivir a casa de sus suegros, y en particular de su suegra que ha estado toda su vida casada esperando este día en que va a descargar en su nuera todo el trabajo (y algo más que el trabajo) que descargaron sobre ella cuando llegó de nuera a casa de su suegra en la tradición ininterrumpida de la sociedad india.

Más duro era en este caso, pues la  novia era de una delicadeza frágil en salud y en carácter, había sido educada con mimo en casa de sus padres, de la difícil casta de brahmanes “anáviles”, que son pocos y aristocráticos, y se hace muy difícil encontrar entre ellos parejas núbiles de fácil ajuste; y para colmo en este caso, la muchacha había vivido toda su vida en Ahmedabad, mi ciudad, alegre y comedida, abarcable y disfrutable, mientras que ahora le tocaba ir a la vorágine de Bombay que ahoga en su extensión desmedida al pobre inocente que se pierde en su perímetro. Allá fue ella.

Pasaron meses. Me tocó ir a Bombay a dar unas conferencias, y yo me salvo de perecer en el remolino porque me van a buscar, me traen y me llevan, y no me entero de por dónde paso ni adónde voy. Me quedó justo un día libre e intenté la aventura. Habían puesto a mi disposición un coche con chófer; yo tenía la dirección de la muchacha, y él se comprometió a encontrar la casa. Nos costó hora y media llegar. Bombay es enorme. Otra media hora, encontrar la calle exacta entre la madeja de callejones entrelazados. Por fin la encontramos, subimos la escalera estrecha de la casa de pisos, muy distinta del elegante chalet en que ella había vivido en Ahmedabad. El chófer, eficiente hasta el final, llamó a la puerta.

Salió la misma muchacha a abrirla, pero no me vio. Yo me había escondido en el rincón de la escalera. Vi la cara interrogante de la muchacha “¿Quién llama?” Ella miraba al chófer. Yo salí de mi escondrijo y pronuncié su nombre. “¡Anar!”. Ella me vio y toda la cara se le iluminó. “¡Padre!” Por un momento despareció todo el entorno. Se me agarró llorando y la acaricié despacio. Pasamos al interior. Me presentó a sus suegros. Me trajo el té y, para colmo de suerte, mientras estábamos hablando la llamó su padre por teléfono desde Ahmedabad y hablé yo con él. La muchacha quedó feliz con la visita, sus suegros la miraron con respeto al ver que un personaje como yo había ido a verla en su casa, y su familia en Ahmedabad se regocijó del feliz episodio. A mí me quedó la memoria. Atesoro momentos de cariño.

A veces he hecho viajes largos solo para visitar a una amistad, masculina o femenina, y pasar unos días en renovación compartida del afecto común. Necesito dosis de ternura para paliar la rudeza darviniana de la lucha por la existencia. Necesito saber que alguien al menos me quiere por mí mismo, no por mis libros, mis conferencias, o mis éxitos. Necesito descansar de mis trabajos, de mis esfuerzos, y de mi eficiencia ante quien solo le interesa mi presencia, mi persona, mi afecto, como sabe que a mí me interesa el suyo.

En el verano de mi primer año en la India caí enfermo. No era cosa seria, pero mi cuerpo mediterráneo se resintió ante los rigores del Decán, y toda la piel se me levantaba con olas rojizas de alergia tropical. Me encontraba en el paraíso natural de Kodaikanal, doblemente valioso para mí por la belleza derrochada por la naturaleza allí, y por ser la tierra donde nació mi mejor amigo; pero desde que me agarró la dolencia incandescente, perdí el sentido de lo bello y me retorcí en el lecho de tormento sin otro deseo que salir de aquello como fuese.

De repente apareció en la habitación el Padre Rector. Era persona muy eficiente y rápida, y descargó sin piedad su eficiencia sobre mí. Me dijo sin pararse siquiera a preguntarme cómo me encontraba: “Me he enterado de su situación. He llamado al médico del lugar que no tardará en venir. Él le dará la medicación oportuna. Si en tres días no se alivia, lo enviaré a usted a Madrás con un compañero y lo ingresaremos en el hospital. No se preocupe.” Y se marchó sin haberse acercado a mi cama.

Me quedé furioso. Me quemaba el alma por dentro más que la piel por fuera. Cómo me curen o dejen de curarme es lo de menos; no me moriré de esta, y de peores he salido. Pero, por amor de Dios, tráteme al menos como persona. Míreme a la cara, hable despacio, oiga de mis labios lo que me pasa, dígame que lo siente aunque no sea verdad, consuéleme diciendo que se me pasará pronto aunque ni usted ni yo sepamos cuánto va a durar. Pásese un rato conmigo, siéntese en esa maldita silla y hágame compañía, que es lo que más aprecio cuando estoy solo y enfermo en un país extraño al que acabo de llegar. Él solo era el ejecutivo eficiente; se enteró de que uno de sus súbditos estaba en la enfermería, hizo las diligencias pertinentes al caso, me informó de ellas, y se marchó ¡Al diablo con la eficiencia! Hubiera preferido que me dieran sencillamente una purga pasase lo que pasase que no un diagnóstico profesional con un tratamiento deshumanizado. Era mi primera enfermedad en la India, y se me pasó la alergia, pero me quedó la cicatriz por dentro. Lo cuento para sanarla.

En África fue distinto. Había aterrizado yo literalmente en una comunidad de monjas donde debía dar unas charlas sobre la vida religiosa, charlas que en el momento de llegar yo estaban en peligro, pues tenía temperatura alta, garganta ronca, y debilidad general causada por una gripe inoportuna que casi me hizo cancelar el viaje a última hora. Llegué como pude y vieron mi situación. Estaba yo hecho un trapo. Para sorpresa mía, ellas parecieron alegrarse. ¡Nosotras lo curamos! Fue un grito de guerra. Vieron la oportunidad de tenerme a su disposición como paciente indefenso, y decidieron vengarse de todas las veces que curas como yo les habíamos impuesto a ellas hacer lo que nosotros queríamos. No hubo cuartel.

Un grupo de ellas fue inmediatamente al bosque circundante para buscar las hojas medicinales de secretos aborígenes que ellas conocían bien y usaban con maestría. Recetas caseras de la selva. Mientras tanto, otro grupo había traído un enorme caldero, lo habían llenado de agua hasta arriba y lo estaban calentando sobre un fuego de troncos de leña hasta que hirviera el agua. Ahora comenzaron a echar las hojas en el agua mientras decían algo en lenguas que yo no entendía, y no sé si serían oraciones cristianas o conjuros paganos. Parecían las brujas de Macbeth revolviendo el caldero, pero una cosa estaba clara, y era que se lo estaban pasando en grande. A mí me colocaron después, con el torso desnudo, inclinado sobre el brebaje hirviendo, me cubrieron de mantas por todos lados y me mandaron que revolviera el caldo y respirara hondo y sudara todo lo que pudiera. Me tuvieron así tres cuartos de hora, mientras ellas reían y cantaban bailando en corro a mi alrededor y a mi costa, sin poder yo contestar porque no sabía lo que decían, ni podía moverme de debajo de las mantas.

Por fin cesó el vocerío, alguien dio la orden de “¡Un, dos, tres!”, me quitaron todas las mantas de golpe, me secaron, me hicieron beber un brebaje incógnito, y me metieron inmediatamente en la cama con la orden de no moverme para nada. Caí dormido como un tronco y dormí diez horas. Cuando me levanté tenía la garganta clara, los bronquios limpios, y un gran apetito. Otro griterío. La tribu se aprestaba a darme de comer. No sé si disfrutaron más ellas cuidándome que yo dejándome cuidar. Dejarse querer. ¡Qué frase tan bella del idioma castellano! Y qué realidad tan sencilla en aquella bendita experiencia. Estoy deseando volver a agarrar una gripe. (Latinoamérica: gripa.)