Metáfora violenta en la oración antigua:
“La lengua del malvado es navaja afilada.”
Corta, rasga, hiere. La calumnia y el insulto y la mentira. Dondequiera que toca, hace daño. Relámpago de peligro y golpe de muerte. Filo envenenado de orgullo y desprecio. La lengua del hombre es más dañina que cualquier arma en sus manos.
El salmo define el mal: “palabras corrosivas”. Eso me hace despertar alarmado ante la conciencia de mi falta de responsabilidad. La crítica o el chisme que tan fácilmente dejan mis labios, que yo dejo escapar en broma y sin darle importancia, que defiendo como práctica universal y ligereza perdonable, son, en realidad, golpe duro, inhumano y cruel. Soy cruel cuando hablo mal de otros. Soy brutal cuando murmuro, y sin corazón cuando critico. Echo por tierra reputaciones, pongo en peligro relaciones de otros entre sí, mancho el buen nombre de los demás. Y la mancha queda, porque los hombres tienden a creer el mal e ignorar el bien. Mi lengua es instrumento de destrucción, y yo no lo sabía. No hay falta más disimulada que las faltas de la lengua, y haces bien en llamarme la atención, Señor, para que cuide mis palabras y suavice mis frases. Que mi lengua no sea navaja.
“Tu lengua es navaja afilada,
autora de fraudes;
prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.”
Purifica mi lengua, Señor. Cura mi lenguaje y doma mis palabras. Recuérdame, cuando abro la boca, que puedo hacer daño, y haz que todo lo que yo diga sirva para ayudar y no para dañar. No quiero herir a nadie con el filo impenitente de palabras de acero. Al contrario, quiero que mi lengua sea consciente de su potencial para el mal y para el bien. Que mi lenguaje anime, consuele, sane. Que mis palabras ayuden a todos y mi hablar engendre alegría.
Ayúdame, Señor. |