“Revelación de Jesucristo; se la concedió Dios para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto; y envió a su ángel para dársela a conocer a su siervo Juan, el cual da testimonio de todo lo que vio.”
(Apocalipsis 1:1-2)
El ángel de la revelación. Ángel que describe y anima y ensancha nuestros horizontes y afianza nuestra fe al recordarnos con la imaginación de sus visiones y la garantía de su testimonio que Dios es el Señor de la historia, que todos los tiempos están en su mano, que él gobierna el futuro como ha gobernado el pasado, y que su pueblo no tiene nada que temer porque su trono es eterno y su palabra es para siempre. Ángel de confianza y firmeza y alegría. Visión de gloria en trance de promesa. Ángeles en la historia.
El libro entero de la revelación de Juan está lleno de ángeles. Cada iglesia tiene el suyo. “Las siete estrellas son los Ángeles de las siete Iglesias, y los siete candeleros son las siete iglesias” (1:20). Y las siete Iglesias somos todos, y a todos nos alcanzan las advertencias y los ánimos que los ángeles dan a cada una. Otro ángel “sube del Oriente” con el sello del Dios vivo en su mano para marcar con él la frente de los siervos de Dios. Otros gobiernan vientos y mares y fuegos y estrellas, y abren sellos y tocan trompetas y derrotan a demonios y protegen a los elegidos y los conducen hasta el trono del Cordero. Ellos organizan la historia y preparan la eternidad. Son muchos, y su presencia llena los cielos.
“En la visión oí la voz de una multitud de ángeles alrededor del trono, de los Seres y de los Ancianos. Su número era miríadas de miríadas y millares de millares.”
(5:11)
Estamos en buenas manos. Cada ángel es una creación en sí mismo, y hay números sin número de esos ángeles en las alturas de los cielos y en los caminos de nuestra vida. Caminos que nos llevan a la Jerusalén Celestial, la Novia del Cordero, la Ciudad Santa que es imagen y realidad del gozo eterno que nos espera, y en ella nos esperan los ángeles que nos han acompañado en el peregrinar.
“Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. Tenía una muralla grande y alta con doce puertas; y sobre las puertas, doce Ángeles.”
(21:10-12)
Los ángeles que nos conducen sobre la tierra guardan las puertas de nuestra ciudad eterna en el cielo. Por ellos entramos los que con ellos caminamos. Un ángel cerró la puerta del paraíso de la tierra, y doce nos acogen en el del cielo a puertas abiertas. “Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para daros testimonio”, dice la última página de la Biblia (22:16). La ley de Moisés fue “promulgada por los ángeles” (Gálatas 3:19), y la plenitud de la revelación se nos transmite ahora por sus manos en abundancia definitiva. La compañía de los ángeles afirma la vida.
Ángeles de las puertas del cielo: mantenedlas bien abiertas para que todos entremos por ellas. |