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| atrás - OS CUENTO - 01/02/08 |
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Las palabras son importantes. Cuando se acuña una nueva palabra es porque ha surgido una nueva realidad. Ésta todavía no está en el DRAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española), aunque tiene varias páginas de “anti-“, pero está en la calle. No ya antirracista o antifascista o antimachista, sino “antisistema”. Jóvenes antisistema. Grupos antisistema. Manifestaciones antisistema. Revueltas antisistema. Sea cual sea el sistema. Anti. En contra. En contra del sistema. En contra de todo sistema. En contra del sistema como tal. En contra de todo. En contra.
“Sistema” quiere decir etimológicamente en griego “aquello que se mantiene de pie todo junto”. Consistente. Estable. Permanente. Definirse como antisistema es declararse en contra de todo lo que se mantiene en pie. Soy antisistema. Soy anti-existencia. Soy anti-realidad. Soy antitodo. Un activista antisistema puede tomar parte en cualquier manifestación de protesta de cualquier parte del mundo. En contra de esto. En contra de aquello. En contra del bando que está en contra del otro bando. En contra de todo lo que permanece. Abajo con ello. Destruir. Atacar. Arrasar. Que no quede nada en pie. Y entonces nos manifestaremos contra los que han hecho que no quede nada en pie. Somos anti-todo.
De mí prefiero decir que soy pro-todo. A favor de todo. Bueno. Casi. Ya se entiende. Con tal de que no haga daño. ¡Viva todo! No soy partidario de ningún sistema como tal, pero animo a todos. No quiero que mi vida consista en negativos sino en positivo. Soy pro-existencia, pro-realidad, pro-vida, pro-ilusión, pro-todo.
Definirse por negación es el vacío. Y eso es lo que temo en los jóvenes. Me dan pena los jóvenes negativos. Por lo que hacen, desde luego, pero más que nada por lo que piensan. Por como se ven. Por como se definen. Antisistema. Con quemar bibliotecas no se hace literatura. Con destruir edificios no se hace arquitectura. Con romper imágenes no se hace escultura. Con ser antisistema no se reforma el sistema. Y os estáis haciendo daño a vosotros mismos.
Ojalá el DRAE no tenga que incluir la palabra en su próxima edición. |
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Günter Grass en su autobiografía, “Pelando la cebolla” (Alfaguara, Madrid 2007, p. 91) cuenta esta experiencia suya.
“Día tras día se desarrollaba una ceremonia, que oficiaba un subteniente de rostro grave por principio, del que dependía la armería. Él distribuía, nosotros agarrábamos los fusiles. Un hombre tras otro se veía armado. Por lo visto, todo miembro del Servicio de Trabajo debía sentirse honrado en cuanto tenía agarrados la madera y el metal, la culata y el cañón del fusil.
La excepción era un chico muy espigado, rubio como el trigo, de ojos azules y un perfil tan dolicocéfalo que solo se encontraba, como ejemplo, en las láminas para enseñar la crianza de razas nórdicas. Un Sigfrido parecido a Baldur, dios de la Luz. No ceceaba ni mucho menos tartamudeaba cuando tenía que responder a una orden. Nadie mostraba más resistencia en las carreras de fondo ni más valor al salvar fosas mohosas. Nadie era tan rápido cuando se trataba de superar en segundos una pared escarpada. Podía hacer sin flaquear cincuenta flexiones de rodillas. Batir récords en competiciones le hubiera sido fácil. Nada, ningún defecto enturbiaba su imagen. El noticiario, dentro de lo que el Gran Reich Alemán seguía ofreciendo en los cines, lo hubiera podido proyectar en la pantalla como aparición sobrenatural. Sin embargo, él, cuyo nombre de pila y apellido se me han borrado, se convirtió para mí en una auténtica excepción, por su desobediencia.
No quería aprender a manejar un arma. Más aún: se negaba a tocar siquiera su culata o su cañón. Peor todavía: si el mortalmente serio subteniente le ponía en la mano el fusil, lo dejaba caer. ¿Había algún delito más grave que dejar caer al polvo del campo de instrucción el mosquetón, el fusil, la prometida novia del soldado? Con la pala hacía todo lo que se le ordenaba. También en lo que se refiere a su trato con los compañeros, hubiera habido que darle las máximas calificaciones. Estaba siempre dispuesto a ayudar, era un chico de carácter amigablemente bondadoso que hacía sin rechistar lo que se le pedía. Limpiaba las botas de sus compañeros de habitación, manejaba los trapos de limpieza y los cepillos, y solo evitaba coger el fusil, el arma, el mosquetón 98, para el que, como todos, debía recibir instrucción premilitar.
Le impusieron toda clase de servicios de castigo, pero no sirvió de nada. Le hacíamos preguntas, tratábamos de convencerlo, porque realmente nos caía bien, ‘¡Cógelo! ¡Agárralo!’ Su respuesta se limitaba a algunas palabras que pronto se convirtieron en cita que nos susurrábamos unos a otros. No puedo enumerar cuántas veces repitió la representación, que ahora irritaba incluso al mando, pero intento acordarme de las preguntas que le hicieron desde sus superiores hasta el subteniente, y con las que lo acosábamos nosotros.
- ¿Por qué hace eso, hombre del Servicio de Trabajo?
- ¿Por qué haces eso, idiota?
Su respuesta, que nunca variaba, se convirtió en frase acuñada y se me ha quedado para siempre como digna de ser citada:
- Nosotros no hacemos eso.
Lo castigaron, lo arrestaron, lo licenciaron. Fue ‘destacado’, como se decía. No supimos más de él. No supimos quienes eran ‘nosotros’ y no sabíamos perteneciese a ningún grupo especial. Pero no tocó un arma. Se me quedó como digno de admiración, como modelo. Nosotros no hacemos eso.” |
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Akbar fue el emperador de la India que intentó poner de acuerdo a las tres religiones hinduista, musulmana, y cristiana para la unidad de la India aunque no lo consiguió. Hay muchas historias sobre el emperador Akbar y su visir Birbal, en las que Akbar hace de tonto y Birbal de listo. Alguna de ellas.
Un visitante del extranjero vino a la corte de Akbar y desafió a Birbal en plena corte. Le preguntó: “He visto que hay muchos cuervos en su ciudad, y he oído que usted tiene medios para saber todo lo que sucede en su capital. ¿Puede usted decirme el exacto número de cuervos que hay hoy en Agra?”
Todos se sintieron humillados y preocupados pues no había respuesta posible a esa pregunta; pero el visir simplemente dijo que los contaría y le daría la cifra exacta el día siguiente.
Ante la expectativa de todos y la sonrisa victoriosa del visitante, Birbal apareció el día siguiente en plena corte y declaró sin más: “Ayer había en Agra exactamente 47,835 cuervos permanentes y 618 de paso.”
“¿Cómo lo sabe usted?”, protestó el visitante.
“Si tiene usted alguna duda, puede verificar mi cifra por su cuenta”, respondió el visir.”
Todos inclinaron la cabeza y sonrieron bajo sus bigotes. Birbal también se inclinó hacia Akbar y le dijo al oído: “Lo mismo sucede con las tres religiones. ¿Quién puede verificar lo que dicen?”
Akbar era un gran patrón de las artes, y su músico favorito era Tansen. Un día en que el emperador decía que Tansen era el mejor músico del mundo, Birbal le contradijo y le informó que el mismo Tansen decía que el mejor músico vivo era su maestro Haridas. Akbar dio orden de que viniera Haridas a su corte, pero le informaron que Haridas era un hombre libre y no obedecía órdenes. Akbar y Birbal viajaron junto con Tansen a Brindavan, donde se alojaba el maestro, y Tansen le rogó que cantase para el Emperador, quien le recompensaría ampliamente. Haridas contestó respetuosamente: “Me es imposible cantar de encargo. Solo puedo cantar cuando la inspiración me surge de dentro. Y no cobro por mi arte.”
El emperador se sintió decepcionado y se enfureció, pero Birbal le aconsejó despedirse en paz, y luego ocultarse tras un árbol cercano y pasar la noche allí. Al amanecer el nuevo día con el leve resplandor de los cielos, Haridas comenzó a cantar suavemente en su choza y siguió cantando un rato largo toda la mañana con melodías sublimes y sentimiento profundo.
Al final, Akbar se acercó y le dio las gracias. Birbal explicó: “Majestad, Tansen canta cuando se lo manda el rey; y Haridas canta cuando se lo manda Dios. Esa es la diferencia.” |
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