Moda temprana
Mi sobrina me cuenta que su encantadora hija de cuatro años le acaba de decir: "Mamá, cómprame unos pantalones vaqueros de esos ajustados, que me han dicho que me harán parecer más joven." Con sus cuatro añitos
El camarero veterano
Estábamos cuatro amigos tomando un café en un bar. Era en A Coruña. Nos sirvió un camarero de bastante edad, pelo completamente blanco y modales exquisitos. Sirvió con exactitud y elegancia a cada uno el tipo de café que había pedido, dejó la nota y se retiró. Nos miramos a una los cuatro y nos dijimos: "¿Os habéis fijado qué bien nos ha servido este camarero? Es verdad. Llama la atención. Una eficiencia y una delicadeza extraordinarias. Da gusto ver a un profesional tan bueno."
Tomamos nuestros cafés, charlamos, pagamos, nos levantamos. Yo me acerqué al veterano camarero. Él me miró con cara de sorpresa, pues si un cliente se le acerca, suele ser para protestar por algo. Yo le dije: "Nos ha llamado la atención a los cuatro lo bien que nos ha servido usted. Ya no se ven camareros así. Enhorabuena." Y le estreché la mano.
Se le iluminó toda la cara, se le abrió toda la boca en una gran sonrisa, y murmuró, "Gracias, señor". No fue más. Pero me dejó un buen recuerdo. Y espero que yo a él.
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El valor de una memoria
Veo poca televisión.
Recuerdo la serie que más me ha divertido. La célebre "Yes, Minister",
"Yes, Prime Minister", de la BBC, con Paul Eddington, Derek Fowlds,
y Nigel Hawthorne. Por eso me interesó la autobiografía de Nigel Hawthorne.
También me interesó por otra cosa, y eso lo supe al acabar el libro.
Él nació en Sudáfrica, luchó por su carrera artística en Londres, fracasó,
volvió a África, volvió a Londres, triunfó, gozó e hizo gozar a muchos
en el teatro, en el cine, y en la televisión. Y lo cuenta todo con honradez,
con timidez, con delicadeza, con humor. Y no cuenta más. Pero el libro
encanta. Es "la mejor representación de su vida", de quien tuvo tantas
y tan buenas.
Al final del libro su amigo, Trevor Bentham, revela el secreto: "Cuando
Rowena Webb, de la editorial Hodder & Stoughton, propuso a Nigel que
escribiera su autobiografía, él estaba a punto de comenzar los largos
ensayos para la representación de King Lear de Shakespeare
en su papel principal. Eso -junto con su aguda resistencia a hablar
de sí mismo- le hizo frenarse ante el proyecto y dilatar la respuesta.
Sólo el ataque inesperado del cáncer proporcionó el catalizador que necesitaba para tomar pluma y papel, o más bien teclado y ordenador. Se encontró de repente con una finalidad para escribir; con una terrible fecha final que tuvo que luchar para alcanzar. A través de una operación seria, radioterapia, quimioterapia, ictericia, neumonía, y septicemia, escribió y escribió, agarrándose a la mejor cuerda salvadora que se le podía haber arrojado en sus circunstancias. Acabó el último capítulo en el hospital la semana antes de Navidad, lo repasó todo cuando volvió a casa, y se lo envió a Rowena la Víspera de Navidad -dos días antes de morir."
Una autobiografía escrita cara a la muerte, vibra de puro sincera. Toca, con ala de mariposa la vida y su misterio. Como la mariposa del primer párrafo con que abre el libro:
"Me encontré una mariposa 'pavo real' batiendo sus alas contra la ventana del cuarto de estar. Esas mariposas saben cómo entrar, pero por alguna razón parecen incapaces de recorrer la misma ruta al revés y salir. Traté de atraparla en mis manos abovedadas, pero se me escapaba. Por fin la capturé, y diciéndole palabras de ánimo que estoy seguro me entendió, la llevé a una ventana abierta y la liberé. Al volar hacia la libertad en el jardín, un pájaro salió de no sé dónde barriendo el cielo, la capturó y se la comió. En la vida, nunca sabemos lo que nos espera a la vuelta de la esquina."
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El periódico del día
[Un incidente instructivo en la vida de Nigel Hawthorne.]
"A mi vuelta a Sudáfrica iba yo, después de desembarcar en Natal, en
autobús hacia Johannesburgo, y me llamó la atención la pobreza de algunos
pueblos por los que pasábamos, que yo había olvidado. En una parada
del autobús, un niño de unos siete años, descalzo y desarrapado, me
ofreció el periódico. Me alegró encontrarme otra vez con el Sunday
Times, y lo compré. Lo leí página tras página con antiguo interés.
Sólo al llegar al final caí en la cuenta: el periódico era de hacía
tres semanas.
Por un lado reí al ver que el mundo en que vivimos es tan repetitivo que el periódico de hoy es casi igual al de ayer, y el de esta semana como el de hace tres semanas, y nos cuesta darnos cuenta de la fecha si no estamos sobre aviso. Por otro lado, comprendí cómo aquel pobre niño se ganaba la vida. Recogía periódicos viejos y los vendía como nuevos a pasajeros de autobús tan despistados como yo. Me dio una gran pena. Me dolió mi nueva conciencia británica.
Busqué al muchacho. Había desaparecido. Entré en un café en la parada del autobús que todavía esperaba. Y al poco rato entró el muchacho a vender allí sus periódicos atrasados. Yo no le di tiempo a vender ninguno. Le llamé a mi mesa, me vacié los bolsillos y le puse todo mi dinero en sus manos, quedándome sólo con lo necesario para pagar el café. Él debió creer que yo estaba loco, y probablemente lo estaba. Pero al menos, por torpemente que fuera, yo había aliviado mi conciencia." (p. 8)
A mí ese incidente me ha recordado una experiencia de hace muchos años en la India. Estaba yo en mi ciudad de Ahmedabad, y allí llegó un autobús de turistas alemanes que habían visitado "la ciudad de Mahatma Gandhi", y a quienes habían traído a ver nuestra Universidad de San Javier. Se tropezaron conmigo, me preguntaron si yo trabajaba allí y si podría hacer llegar un dinero a los pobres del lugar, se vaciaron los bolsillos y me llenaron las manos diciéndome uno tras otro que les dolía la conciencia al verse ellos en un viaje opulento rodeados de una pobreza nunca vista. Les aseguré su dinero llegaría a los pobres, y lo hice. Y a mí me llegó, una vez más, el dolor del mayor problema del mundo: la distancia entre ricos y pobres, que aumenta cada día. Ya sé que la generosidad de los turistas alemanes no resuelve el problema, pero el sacudirnos la conciencia es el primer paso hacia su solución. Un periódico atrasado puede despertarnos el alma. Es la mejor noticia.
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Secreto de vida
"Lleva quien deja,
y vive el que ha vivido."
(Machado)
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Cuando un perro vale nueve niños
[Cuento de Albert Taïeb, de Costa de Marfil, en "African Stories",
p. 52, abreviado.]
Scottie era una magnífica perra bulldog. Sana, cariñosa, llena de vida. Nos la dejaron nuestros vecinos, que se iban de viaje, y nuestro guardián, Bourema, se cuidaría de ella, aunque también ayudaría mi hijo de cuatro años, Romain, que adora a los perros. Tendría todos los cuidados del mundo, alimento, limpieza, y medicinas si hicieran falta. Gozábamos con ella en casa y en la playa y en todas partes.
Un día encontré a Scottie tendida con las patas hacia fuera en el suelo del comedor, respirando penosamente, con mi hijo que lloraba a su lado. Bourema me dijo: "Tiene usted que llevarla al médico, señor. No sé qué le pasa. Empezó así hace media hora. Fue después de comer." La llevamos a un veterinario joven que acababa de abrir una clínica para perros con quirófano y todo. El veterinario la examinó a fondo y nos dijo: "No sé qué es lo que le pasa. Tengan cuidado con lo que come. Creo que no hay que preocuparse. Denle estas tabletas, y tráiganmela si le vuelve a pasar. Es una perra preciosa, y se pondrá bien."
Scottie volvió a estar alegre, y yo me olvidé del incidente. Pero unas dos semanas después volví a encontrármela despatarrada en el suelo y jadeando. El veterinario estaba perplejo. "No lo entiendo. Todos los tests dan negativo. Le he puesto otro tratamiento más largo contra cualquier infección. Sigan observándola."
La perra volvió a su habitual buen humor, pero yo ya no tenía paz. Fui a consultar a un veterinario de más edad y experiencia, que me dijo: "Todo lo que me dice usted me parece muy raro. No puedo decir qué es lo que aqueja a la perra sin verla, y lo mejor será que me la traiga enseguida en cuanto tenga un ataque. Tengo una idea de qué es lo que puede ser, pero no quiero precipitarme. Esperemos sea sólo una indisposición."
Pocos días después, Scottie volvió a desmoronarse. Esta vez fue algo más serio. Gemía lastimeramente y echaba sangre por la boca. La llevé corriendo al último veterinario, y él dijo enseguida: "Lo que me temía. Déjeme hacer un par de tests para estar seguro, pero ya no hay esperanza. No queda más remedio que acabar suavemente con su vida en vez de dejarla en esta agonía." Yo me quedé de una pieza: "No lo entiendo, doctor. Aquí está un magnífico animal, con todos los cuidados del mundo, buena comida, limpieza, paseos; ¿y usted me dice que ya no se puede hacer nada por ella?" El veterinario me interrumpió: "Perdóneme por ser brusco, pero usted ha cometido un gran error psicológico. Usted me dice que trataba a su perra como una reina. Calculo que, contándolo todo, su perra le costaba a usted unos cincuenta mil francos [de entonces]. Ahora, ¿puede usted decirme cuánto le paga al guardián que oficialmente se cuidaba de ella?"
- Cincuenta mil francos al mes.
- ¿Y cuántos hijos tiene?
- Nueve o diez, creo.
- ¿Puede una persona cuidar a la larga a un perro que cuesta tanto de mantener como una familia con diez hijos?
- ¿Quiere usted decir que lo hizo el guardián?
- Sea quien sea, el hecho es que a su perra la han envenenado. Todos sus sirvientes saben lo que usted gasta en su perra. Que gaste en su hijo pequeño, lo entienden; pero que gaste en una perra no lo entienden. No se preocupe; a usted no le van a envenenar. Entienden que tenga que haber cierta desigualdad social; pero si usted quiere tener un perro, cuídelo usted mismo.
Las pruebas descubrieron restos de veneno. Scottie había tardado en morir porque le habían dado pequeñas dosis a lo largo de varias semanas. Aprendí la lección de psicología, y me prometí tener más cuidado en el futuro. No dije nada a nadie de lo que me había dicho el veterinario. A mi hijo Romain le dije que Scottie no podía vivir dentro de la casa, y la habíamos enviado a la selva. No sé si me creyó.
Scottie me reveló la injusticia de la pobreza. No se puede tratar a un animal como a una persona. Es decir, a una persona como a un animal.
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