Personas "eco" y
ganas de vivir
[Martín Prechtel habla así de su Maestro, Nicolás
Chiviliu Tacaxoy, el chamán más famoso de la historia de los zutuhiles
y de todo el sudoeste indígena de Guatemala:]
"Audible por lo menos a una distancia de más de un kilómetro sobre el
agua, la risa de Chiv era su seña de identidad, que lanzaba una sensación
de protección y amistad para todos nosotros. Combinaba las cualidades
del barrito de un elefante, de la tos de un anciano, de la risa de una
adolescente en el momento de captar la gracia de un chiste y del hondo
suspiro de nuestra vieja diosa Madre del Maíz cuando se ha recolectado
a su hijo el maíz y ella se queda sola en las montañas. Su risa contenía
todo eso y más. Alegría, poder y pena, todo estaba allí. Cuando su risa
descendía sobre una persona, la dominaba, y destruía todo pensamiento
inútil de su mente agobiada, liberándola de la infelicidad, obligándola
a reírse con él, pero conminándola a concentrarse en la cuestión que
se trataba.
En el pueblo [Santiago Atitlán] lo más importante era la risa. En cualquier
momento, cuando trabajaban jugaban o descansaban, a todos les gustaba
reír. Les encantaba estar reunidos, bromear y reírse de las cosas de
la vida.
Se llamaba "personas eco" a aquellas que reflejaban en sí mismas esa
alegría del vivir. Se sabía quién era una "persona eco" por el hecho
de que quien los veía tenía más ganas de vivir que antes."
["Los secretos del jaguar", pp. 118, 128, 142 -... y que el nuevo año
nos traiga más ganas de vivir.]
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Lección de dos bebés
Me paseaba yo meditativamente repasando la charla que iba a dar dentro
de poco rato esa misma tarde. La charla iba a ser sobre el saber asumir
la responsabilidad de nuestros estados de ánimo, es decir, que la mayor
parte de lo que sucede no está en nuestra mano, pero lo que sí está
siempre en nuestra mano es como nosotros decidimos reaccionar ante los
acontecimientos que nos suceden, con enfado o con gusto, y como nos
sentimos ante cada situación.
Iba a comentar la máxima de Epicteto que traduce así Quevedo:
"No son las cosas mismas
las que al hombre alborotan y le espantan,
sino las opiniones engañosas
que tiene el hombre de las mismas cosas."
Es decir, que no debemos culpar de nuestros malestares a los acontecimientos
que nos suceden, sino a nuestra reacción ante ellos. Lección difícil
de aprender.
Caminaba yo en mi paseo por una calle ligeramente en cuesta, bien adoquinada
con sólido pavimento firme en su suelo aunque irregular en la pisada.
Bajando en dirección opuesta a mí venía una mamá con su bebé en el coche
de niños que daba tumbos sobre los adoquines, con lo que el bebé lloraba
a gritos y su mamá lo consolaba: "Sólo un poquito, mi vida, sólo un
poquito y llegamos al paseo y verás qué bien vamos por allí." Y procuraba
llevar el cochecito con la mayor suavidad posible por los adoquines.
El niño seguía llorando.
Seguí andando, y otra mamá con otro bebé en su coche bajaba por la misma
cuesta dando los mismos tumbos sobre el irregular pavimento. El bebé
iba pegando saltos en el cochecito, riendo y cantando a tono con los
tumbos: "Bumpati bum, bumpati bum...", y su mamá reía con él y los dos
disfrutaban.
Me dije: ilustración ideal para lo que voy a decir en público esta tarde.
Los adoquines son los mismos, y un bebé llora y el otro canta al pasar
por ellos. Se ve que Epicteto tenía razón: "No son las cosas mismas...".
Ya tenía hecha yo con esto la introducción de mi charla. Y así lo hice.
Les conté mi paseo por las calles de la ciudad y la reacción de los
dos bebés. Y se rieron conmigo. Me hicieron buen servicio los adoquines.
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Antes del móvil
[Eudora Welty, escritora norteamericana, cuenta las conferencias con
teléfonos de manivela y palancas antes de los móviles.]
Esta misma señora era una de las que llamaban por teléfono a mi madre
y hablaba por los codos. Yo sabía quién la llamaba cuando mi madre contestaba
sólo de cuando en cuando cosas como "no hace falta que lo jures", o
"¡no me digas!", o "faltaría más". Se quedaba de pie junto al teléfono,
escuchando contra su voluntad, y yo me sentaba en las escaleras, cerca
de ella. Nuestro teléfono tenía una barra que había que mantener apretada
durante todo el tiempo de la comunicación. Cuando su amiga por fin se
despedía, mi madre me pedía que le ayudara a soltar la barra porque
se le habían paralizado los dedos de tanto apretar.
- ¿Qué te ha dicho? -le preguntaba yo.
- No ha dicho absolutamente nada -suspiraba mi madre,- tenía ganas de
hablar, eso es todo.
["La palabra heredada", p.17]
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Dar en el blanco
El discípulo dio con la flecha en el blanco y lo mostró orgulloso al
Maestro. El Maestro le preguntó: "¿Sabes por qué has dado en el blanco?"
El discípulo explicó: "Sí. Tensé el arco ni un punto más ni un punto
menos de lo necesario; apunté con exactitud al centro del blanco; respiré
hondo; reposé tres instantes en la posición; solté la flecha al soltar
la respiración y la seguí con el pensamiento. Así alcancé el blanco."
El Maestro sentenció: "Aún no has aprendido nada."
Pasó el tiempo, y el discípulo volvió a dar en el blanco. Quedó inmóvil
con su arco contemplando la flecha clavada. El Maestro se acercó y le
preguntó: "¿Sabes por qué has dado en el blanco?" El discípulo contestó:
"No". El Maestro sentenció: "Ahora has aprendido".
[El largo aprendizaje ha de llevar a la espontaneidad de la acción.]
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Agradecimiento
[Un episodio resumido de la autobiografía de Martín Prechtel que he
citado al principio.]
Una tarde al regresar me encontré con mi choza invadida por cinco policías
uniformados de azul; no eran del pueblo, iban fuertemente armados y
su semblante era hosco. Despedí a todos mis clientes, y cuando se hubieron
marchado, el jefe de los policías ordenó a sus hombres que esperaran
afuera en la calle, y se puso a hablar conmigo.
- Le he estado observando durante dos semanas.
- Sí, ya lo sé.
- ¿Ah sí? -dijo sorprendido, y continuó- : Así ya sabrá que me han enviado
para descubrir algo incorrecto y detenerle y soltarle en un volcán de
por ahí. Personalmente no puedo encontrar nada que sea motivo de queja.
He visto a personas que entran aquí enfermas y salen curadas y nadie
tiene nada malo que decir de usted. Así que me puse a pensar. Verá,
tengo un dolor terrible en la espalda -me explicó agarrándose a los
riñones- y he visitado doctores, curanderos, quiropracticantes y hospitales.
Ahora estoy tomando codeína, Valium y Demerol, pero nada me sirve. Tengo
dolores constantes. ¿Cree que me podría ayudar?
Un hombre que había sido enviado para arrestarme y asesinarme decidía
que quería que le curara mientras cuatro guardias blancos hacían guardia
en el exterior durante nuestra consulta.
- Por supuesto, capitán, puedo intentarlo, pero no se lo puedo garantizar.
Quítese el uniforme, por favor, las pistolas, la ropa y demás, y échese
en este petate. ... Ya veo lo que le ocurre, amigo. Ha matado usted
a alguien y eso le hace sentirse mal. El alma del muerto le causa dolor.
Intentó ponerse de pie, pero el dolor se lo impidió; pude agarrarle,
calmarle y persuadirle para que me lo contara. No cabía duda de que
había dado con la verdad. Me contó:
- Un vendedor del mercado al aire libre que hay en la estación de autobuses
de la población costera de Mazatenango envió un mensaje urgente diciendo
que estaban siendo robados a punta de pistola. Nos dirigimos allí a
toda prisa y vi a un muchacho que se escapaba; el vendedor dijo que
era el ladrón. Le grité al chico que se detuviera, pero continuó corriendo,
así que saqué el revólver y le amenacé con disparar. Entonces se volvió
y como vi que tenía una pistola, le disparé a la cabeza y le maté. Pero
sólo había robado tres pomelos, y la pistola no era más que un trozo
de madera pintada que parecía una pistola, y sólo tenía quince años...
Se echó a llorar, hablando entre sollozos amargos sobre sus propios
hijos, uno de los cuales sólo tenía quince años, y sobre lo mal que
se sentía por aquella muerte; decía que le habían ascendido al cargo
que ahora tenía por matar enemigos del Estado.
Dejé que llorara mientras le preparaba una buena cantidad de medicina
en mi fuego; luego le obligué a beber las infusiones hasta que se durmió
profundamente sobre el petate. Durmió treinta y seis horas y se sintió
bien. Le dije:
- Abandone el oficio de policía. No va con su forma de ser; acabará
matándole. Debe dejarlo. En cuanto al pago, me ha dado la vida, el pago
más alto que pueda darse. No me ha matado, así que estamos en paz.
Me miró, se puso a reír y se alejó con sus compinches.
Una noche, semanas después, mientras un anciano paseaba, un enorme perro
que pertenecía a una de las pocas familias blancas residentes en el
pueblo le atacó y le arrancó un pedazo de pantorrilla. El hombre, solo
y desesperado en la oscuridad, mató al perro con su machete y casi se
desangró. El amo blanco del animal le envió a prisión por matar al perro.
No se hizo ninguna mención de las heridas del hombre, pero después de
pasar un solo día en la prisión, el abuelo fue devuelto al pueblo, libre
de cargos. Nunca antes se había oído hablar de ese tipo de liberaciones
milagrosas. Nadie había salido de prisión sin que hubieran transcurrido
años de peticiones, sobornos y burocracia, y resultaba increíble que
le hubieran pagado el regreso en autobús a casa. A los indios en especial
nunca se los trataba así. Sin embargo, durante los dos años siguientes
todos mis parientes o amigos que tuvieron conflictos con el gobierno
o la policía fueron inmediatamente exonerados, liberados o bien nunca
fueron llevados a juicio.
Un día, mientras estaba yo en misión oficial fuera del pueblo, tuve
que cambiar de autobús en Mazatenango. Mientras esperábamos, nos paseamos
por el mercado del pueblo. Mientras mirábamos los tenderetes, me sentí
complacido y asombrado al ver al capitán, veinticinco kilos más gordo
y vestido con un mono, plantado en la parte superior de una caja detrás
de montones de peras y mangos. Le flanqueaban dos guapas criaturas y
sonreía abiertamente debajo del sombrero de paja. Nos estrechamos la
mano al tiempo que nos cargaba de fruta.
- Tomé su sugerencia como un consejo, y dejé el cuerpo de policía. Sin
embargo, esperé dos años. ¿Se dio cuenta? Me refiero a toda esa gente
que no fue multada, golpeada o encarcelada. Me esforcé para que los
dejaran en libertad, a ellos y a muchos otros; intenté ayudar en lo
que pude, sin que se notara, antes de presentar la dimisión. ¡Así conseguí
pagarle! Ahora me dedico a vender fruta.
Allí mismo, dos años antes, en ese mismo mercado, había matado a un
muchacho. Ahora estaba allí sentado y vendía fruta, en medio de su familia,
pobre pero en casa. Había convertido el dolor en vida al dejar en libertad
a mi gente.
[p.303]
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Poema
[Doy aquí la cita completa del pasaje de Epicteto que he iniciado arriba en traducción de Quevedo, y que es una de las páginas favoritas de mi vida por su sabiduría y su belleza.]
"No son las cosas mismas
las que al hombre alborotan y le espantan,
sino las opiniones engañosas
que tiene el hombre de las mismas cosas.
Como se ve en la muerte;
que, si con luz de la verdad se advierte,
no es molesta por sí, que si lo fuera
a Sócrates molesta pareciera.
Son en la muerte duras
cuando, necios, tememos padecella,
las opiniones que tenemos della.
Y siendo esto en la muerte verdad clara,
que es la más formidable y espantosa,
lo propio has de juzgar de cualquier cosa.
Por esto, cuantas veces
tu seso le turbaren ilusiones,
culparás a tus propias opiniones,
y no a las cosas mismas,
ya propias o ya ajenas,
pues ellas en su ser todas son buenas.
Por esto debes advertir en todo
que quien por su maldad o su desprecio
al otro culpa, es necio.
Que quien se culpa a sí, y a nadie culpa,
ya que no es ignorante,
es solamente honesto principiante.
Mas el varón que ni a sí ni a otro acusa
en cualquiera trabajo o accidente
es el sabio y el bueno juntamente."
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