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Carlos G. Valles
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Meditación

El rey Uddala envió a su hijo Sevtketu al maestro para que lo formase en ciencia y en verdad. Volvió Svetketu con todos los honores, y su padre le preguntó: “¿Has aprendido aquello que no se puede enseñar?”. “No.” “Pues vuelve al maestro.” El maestro le dijo: “No te lo enseñé porque tú no me lo pediste y porque no se puede enseñar. Sólo se puede indicar. Mira, toma estas cuatrocientas cabezas de ganado, vacas, bueyes, ovejas, cabras. Llévalas al bosque profundo donde nadie llega, cuídalas en silencio, y cuando las cuatrocientas sean mil, vuelve a mí.”

El muchacho partió, escogió el lugar y quedó en solitario apacentando el ganado. Se aburrió. Se desesperó. Se calmó. Se encontró. El silencio apagó las palabras y acalló al pensamiento. Su ser entero se sintió uno con la naturaleza y los árboles y los prados y el ganado y la vida. Aprendió lo que no se podía enseñar. Se olvidó de contar el ganado, de perseguir un fin, de por qué estaba allí. Alcanzó la iluminación. Un día los mugidos del ganado le hicieron caer en la cuenta de que ya no cabían en el valle. Eran ya más de mil. Svetketu sonrió al recordar la misión que lo había llevado allí. Recogió el ganado y lo pastoreó sin prisas hacia la morada del maestro. Al ver al maestro, el discípulo se inclinó profundamente ante él. Y el maestro con la misma elegante generosidad, se inclinó profundamente ante el discípulo. Svetketu había por fin aprendido lo que no se puede enseñar.

Nada que merezca la pena puede ser enseñado. Sólo pueden crearse situaciones en que uno aprenda consigo mismo y con Dios. Ésa es la labor del verdadero maestro.

(Último cambio: 01.02.2018)
(Próximo cambio: 01.03.2018)